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Él no ha dejado que se confunda la fama con la razón, ni la figuración con la credibilidad. En la era de los clics, ha sabido diferenciar perfectamente lo que llama la atención de lo que realmente es importante.

Por Daniel Coronell

“Viva moneda que nunca se volverá a repetir”
Federico García Lorca

En medio del cataclismo que está viviendo el periodismo colombiano quizás lo más grave sea la desaparición de la columna de Antonio Caballero. Por décadas, Antonio ha sido la voz más importante de la publicación en la que trabajó hasta esta semana. La cascada de renuncias, todas dignas y plausibles, volvió la de Caballero una más. La ausencia de su columna –que ojalá sea temporal– merece capítulo aparte por lo que él ha significado para el periodismo de opinión, para la defensa de los más débiles y para el uso del idioma.

El principal mérito de Antonio Caballero es ser exactamente lo contrario de quienes hoy son los ganadores.

Mientras a golpes de billete, la revista Semana se convirtió en una caja de resonancia del poder y vitrina de propaganda de la extrema derecha, para atacar enemigos, desdibujar evidencias y amparar la impunidad del expresidente Álvaro Uribe; Caballero, miembro de la aristocracia bogotana, se rebeló hace años contra su origen y se dedicó a mostrar, denunciar, analizar y caricaturizar los abusos que sufre la gente del común.

Lo fácil habría sido ponerse al servicio del más fuerte, del que firma el cheque, del que manda. Él escogió para su vida el camino contrario.

Mientras campean los ignorantes ricos, enriquecidos o por enriquecer, la cultura inmensa de Caballero desnuda la pobreza intelectual de esas luminarias de ocasión. Él no ha dejado que se confunda la fama con la razón, ni la figuración con la credibilidad. En la era de los clics, ha sabido diferenciar perfectamente lo que llama la atención de lo que realmente es importante.

Caballero sabe que algo va de la filtración a la investigación. Una cosa es reproducir documentos en crudo, al tambor de la conveniencia de una fuente, y otra bien distinta es sentarse a estudiar y a entender, a cruzarlos con otros papeles y a situarlos en el tiempo, para entregarle al lector información relevante que separe el trigo del afrecho. Jamás ha incurrido en la frivolidad de opinar sobre lo que no conoce.

Hasta hace un poco más de dos años, Antonio Caballero escribía sus artículos a máquina y los enviaba por fax. Los correctores de estilo jamás pudieron pescarle un error. Ni una tilde que faltara, ni una coma mal puesta. Tampoco había errores históricos, aunque sus citas salían solo de su memoria oceánica y de sus libros. Ahora escribe en computador y tal vez disfrute de las ventajas de la red como todos nosotros. Un viejo miembro de la redacción de la desaparecida revista Alternativa me dijo: “Antonio era nuestro Google, en esa época”.

Es admirable su capacidad para conectar la historia con lo que está sucediendo o para encontrar la metáfora precisa como aquella de su columna “Jinete de Tigre” escrita hace doce años pero vigente hoy:

“Creo que es de un pensador chino la idea de que ejercer el poder es igual a cabalgar un tigre: el jinete no se puede desmontar, porque en ese mismo instante el tigre se lo come. Tiene que seguir montando para siempre. Si Uribe deja saber ahora que se quiere bajar se lo comerían los suyos, sintiéndose engañados, traicionados. Las Yidis y los Teodolindos, los para-políticos y los empresarios, los Santos, los Londoños, los Nogueras, los Mancusos, los Macacos. Y mientras más se quede y más frondoso crezca su rabo de paja –la nacoparapolítica, la corrupción, las violaciones de los derechos humanos–, más obligado está a seguir quedándose, pues sólo el tigre que monta impide que se lo coman también sus enemigos: la oposición a la que tanto ha calumniado, las Cortes a las que ha tratado con tanta arrogancia, las ONG a las que tanto ha despreciado. Si Uribe deja el poder, termina en el exilio, y perseguido por la justicia internacional; o en la cárcel, y juzgado por la justicia colombiana”. (Marzo 5 de 2008)

Así de simple, claro y premonitorio.

Recientemente, cuando las páginas de Semana empezaron a poblarse con el lenguaje de la radio sensacionalista –¡Explosivo!, ¡Atención!, ¡Primicia!– Caballero siguió razonando y escribiendo sin estridencias, con su lenguaje sobrio que pone cada cosa en su sitio.

Los lectores pueden estar o no de acuerdo con Antonio Caballero pero nadie puede desconocer la calidad de cada columna suya. Escribe musicalmente, con un compromiso estético extraordinario, como si sus artículos además de contar tuvieran la misión de embellecer el mundo, como si fueran a vivir para siempre.

Hace unos años Juan Carlos Iragorri entrevistó a Caballero para un libro sobre él que tituló Patadas de ahorcado. La razón del nombre está en la última respuesta de Antonio:

–¿Cómo le gustaría pasar a la historia?

–La historia es de los vencedores y me temo que, aunque me haya ido bien en la vida, yo soy de los vencidos. Pero pataleo, como hacen los ahorcados…

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