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Por Ana Bejarano Ricaurte

Según Jorge Luis Vargas, director de la Policía, el cambio de uniforme verde oliva por uno azul le permitirá a la institución asumir su rol civil. Semejante afirmación sería risible si no fuera alarmante, pues desde la Carta del 91 —hace treinta años— la Policía es un cuerpo civil.

Ese gesto es en realidad una necedad: la de cambiar una estética intrascendente, que conlleva un gasto enorme e injustificado en plena crisis económica. Desde una mirada más detenida, es también un síntoma de una manía muy colombiana: la de cambiar todo para que todo siga igual.

En 1849, el periodista francés Alphonse Karr escribió sobre esa estrategia de distracción en su periódico Les Guêpes. Más adelante, en 1958, Giuseppe Tomasi di Lampedusa publicó El gatopardo, una novela que retrata a la perfección a cualquier aristocracia resistente al cambio: “Si queremos que todo siga como está, necesitamos que todo cambie”.

Existen muchos ejemplos de ese espejismo en nuestra historia republicana. La obsesión de la clase política colombiana con el cambio de nombre de entidades y proyectos fracasados revela también que el ingenio burocrático ha dado para poco. El Seguro Social ahora se llama Colpensiones; la Caja Agraria se volvió el Banco Agrario de Colombia.

En cuanto a los ministerios, la historia no es muy diferente. El de Defensa reemplazó al de Guerra porque hacia 1965 el enemigo interno se volvió más seductor que el enemigo externo. En 1995, el de Gobierno pasó a ser el de Interior al imaginar que bastaba con ello para convertirnos en un país descentralizado. Y así. La lista de entidades o proyectos que terminan reemplazando a otros solamente con un cambio de nombre es extensa.

¿Por qué somos un país tan presto a las alteraciones superfluas, o en nada estructurales? Como si una capa de pintura solucionara el moho que se come a una pared. Porque, como se ha dicho antes, Colombia es un país sin memoria. Acá olvidamos fácilmente, nos distraemos. Tal vez por eso numeramos las calles en lugar de darles nombres que evoquen su pasado.

El olvido que ya somos, promovido desde lo público, ha permitido que las soluciones a políticas malogradas vengan en forma de retoques cosméticos, bajo una apariencia de cambio, para que la gente que lo exige piense que ya viene. Así, las causas de tanta injusticia y mediocridad en la conducción del Estado permanecen iguales, y a la larga no importa, porque pronto esa misma gente olvida, o surge algo más urgente.

Esos cambios vacíos descansan también en la condescendencia con que nos miran quienes nos gobiernan. Ellos creen que nos satisfacemos con poco, o con nada, realmente. Tanta certeza de que parecemos bobos es porque lo somos. Y de que gracias a ello tienen el poder de manipularnos con el más pedestre de los recursos: la renominación pomposa de lo mismo.

Por eso el cambio de uniforme de la Policía resulta tan colombiano. Por eso, también, el pasado 20 de julio los agentes salieron a estrenar uniforme repartiendo el mismo jarabe de palo y asfixiando de nuevo la protesta social legítima.

Según el Observatorio de Democracia de la Universidad de los Andes, en 2020 el 65 % de la ciudadanía desconfiaba de la Policía. Ese descrédito no será solventado con estrategias estéticas, sino con una reforma policial estructural, tanto en los códigos como en su cultura. La transformación debe incluir un régimen especial para que sus miembros puedan objetar de conciencia las órdenes con las que no comulgan, pero es un tema para otra ocasión. Entrenamiento de cuerpos antimotines, y no antiprotesta. Una mirada honesta, desnuda, ante el espejo. No es cambiar el uniforme, sino a quienes lo deshonran. Pero es una reflexión larga y dispendiosa. Por eso es mejor alterar el disfraz sin cambiar al personaje.

¿Cuánto costó el cambio de uniforme? ¿Quiénes son los afortunados contratistas que se beneficiaron con semejante botín? ¿Cómo pagamos, en plena pandemia y con famélicos presupuestos, semejante despropósito? Nada de eso importa, porque el azul gatopardo de Vargas es la promesa de cambio que permitirá que nada cambie. Como los códigos QR, artificios costosos que no permiten identificar policías pero los hace ver muy electrónicos.

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