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Por Daniel Samper Pizano

Los colombianos nos aprestamos a cumplir nueve meses de cautelas antivirus: encierro, tapabocas, lavado de manos, distancia prudente con el prójimo. Se aproxima, pues, la primera generación nacida del confinamiento: los bebés de jaula. Al mismo tiempo se desvanecen usos y ritos milenarios. Reina inquietud, por ejemplo, acerca de la suerte que correrán los besos. La pandemia cambió el abrazo y el beso de saludo por un ridículo golpecito de codo. Se teme que desaparecerá el beso como fórmula social y, a lo mejor, como expresión de amor o erotismo.

A muchos alarma esta perspectiva, pero a mí me parece sano que se revise la costumbre de besar. Es verdad que semejante impulso florece desde el hombre primitivo, cuando la mujer de las cavernas masticaba la cola de tigre que había cazado el hombre de las cavernas y pasaba la masita boca a boca al niño de las cavernas. Tal vez sea esta, como dice Voltaire, “la costumbre más antigua de mundo”. El provocador francés relata que durante cuatro siglos “los primitivos cristianos y cristianas se besaban en la boca durante sus reuniones” y en ocasiones acicalaban el beso con cosquillas y cositas así. En la Europa renacentista los cardenales podían besar a las reinas en los labios; parece un privilegio, pero ¡había cada reina desdentada! ¡Y cada cardenal con pianola! Antes de la Revolución Francesa, una parisina aristocrática ofrecía su boca al caballero que la visitaba por primera vez. Durante la Revolución, entregaba la cabeza entera.

El romanticismo propició los besos, como prueban los boleros, último botón del género: Bésame mucho, Mil besos, En un beso la vida, ¿Adónde van los besos?… Los poemas de la época también eran foco de besos, pero castos y escasos, pues los prohibía el Partido Conservador. Después de la I Guerra Mundial el beso con roce y ardentía hizo furor en el cine: ¿quién no habría querido ser King Kong con una bella Ann Darrow desmayada en su peluda garra?

El beso, aceptémoslo, está sobrevalorado. Las más de las veces sobra o resulta repelente. Solo un porcentaje pequeño de los besos cumplen misión importante en el amor o en el cariño: los que se aplican a la pareja, a los bebés, los niños y los familiares muy cercanos. Los demás son innecesarios, contraproducentes o abominables. En todo caso, prescindibles. Los grandes besólogos ofrecemos la siguiente clasificación:

1) Beso reverencial: i.e., el anillo del Papa, baboso contacto que aburre al propio pontífice. Los papas modernos prefieren besar pistas de aterrizaje. Glosa: superfluo y arcaico.

2) Beso ritual: los templarios, en ceremonia fraterna, lo aplicaban en la boca, el ombligo y ¡uff! — al final de la espalda. Los futbolistas, para celebrar el gol, besan la argolla de matrimonio y la cara sudorosa del anotador. Glosa: de grotesco a desagradable.

3) Beso social: uno o varios en la mejilla, según el país, según la mejilla y a veces según el sexo. Glosa: perfecto como transmisor de enfermedades.

4) Beso antisocial: el que dan ciertos delincuentes antes de despachar a su damnificado. Judas a Cristo para venderlo; Judith a Holofernes a punto de decapitarlo; Bruto a tiro de apuñalar a Julio César; los Corleone al despedir a sus víctimas. Glosa: vil.

5) Beso familiar: adecuado entre personas cercanas, pero poco recomendable con tías bigotudas o primos halitósicos. Glosa: depende.

6) Beso de amor: con este conviene tener mucho cuidado, porque igual puede ser un acto sublime o una aventura aterradora si se trata de fumadores pertinaces, aficionados a la comida condimentada, enemigos de la odontología, vampiros o caníbales. Con sinceridad, ¿cuál de mis lectoras daría un beso de lengua al cantante Phill Collins, cuya exmujer reveló que duraba hasta un año sin cepillarse los dientes? Glosa: mucho cuidadito.

Resulta difícil pronosticar si el beso sobrevivirá o no a la pandemia. La sicóloga gringa Helen Fisher asegura que los seres humanos necesitan tocarse, por lo cual el beso regresará al terminar la emergencia. Sin embargo, cuando el primer homínido bajó del árbol a dormir en una cueva nadie pensó que el rabo se extinguiría. “¡El rabo vuelve, el rabo vuelve!”, aseguraban las Helenas Fisher de aquellos tiempos. Pero el rabo no volvió y es incalculable la falta que hoy nos hace para andar por la calle de rabo cogido con la amada, para abrir la puerta al llegar del mercado, para contestar el celular sin soltar el timón, para aferrarnos al tubo en Transmilenio…

La solución, amigos, está en manos de los colombianos, capaces de distinguir entre beso y pico. Es preciso catalogar los ósculos útiles como besos: corresponden a las categorías 5 y 6. Las demás pertenecen a los picos, que son besos inanes, fatuos, fríos, obligatorios, dispensables, desagradables y torpes. Así pues, la fórmula sería: “¡Arriba los besos, abajo los picos!”.

Esquirlas. 1. Milagrero. Presidente Duque, no siga fomentando el pensamiento mágico e irracional en los colombianos. Ya nos ha vendido tres Vírgenes en ocho meses; a ese ritmo le cabrán las famosas once mil en el cuatrienio. Si la Virgen de Santa Catalina, su promoción de esta semana, es tan potente que su estatua se mantuvo en pie durante el huracán, ¿por qué no fue generosa y les hizo el milagrito a los pobres isleños que lo perdieron todo? 2. En bajada. Como colombiano rechazo el nombramiento de Néstor Humberto Martínez en la embajada en España. Y como español pido al gobierno de Pedro Sánchez que no acepte como embajador a quien ha sido enemigo artero de un proceso de paz que España apoya.

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Categories: Daniel Coronell

2 Comments

BESOS Y PICOS

  1. Yo sinceramente NO creo que vayan a nombrar a ese delincuente Cianuro Martinez como embajador; y menos aún creo que el gobierno español dará su beneplácito para semejante bandido tan despreciable. Pero todo descaro puede ocurrir en un gobierno descarado. Después de Trump, nada nos debe extrañar.

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