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Por Daniel Samper Pizano

Se equivocó Mao, se equivocaba: no solo de la punta del fusil nace el poder. En Colombia, durante muchos años nació de los sillones capitoneados de los aristocráticos clubes de Bogotá. El Jockey Club desde 1874 y el Gun Club desde 1882 fueron en el siglo XX más que unos sitios plácidos para tomar whisky, almorzar razonablemente bien, ponerse en manos de una manicurista prometedora y comer prójimo. Funcionaban más bien como epicentros del poder y, por consiguiente, de la corrupción. Oligarcas y hombres de negocios de los dos partidos se reunían allí al margen de riñas políticas y partían, compartían y departían. Repartían puestos, poderes y canonjías; departían sobre los acontecimientos nacionales y mundiales; y compartían tragos y tacos de billar. En el Jockey se gestionaba la presidencia y en el Gun los ministerios, pero en ambos había bazares de nombramientos y contratos y también se planeaba el ajedrez político.

Allí estaban los que tenían que estar. La biografía de Alfonso López Pumarejo en Credencial Historia destaca que “era clubman, sibarita y tertuliano de profesión”. Un expresidente conservador señaló que “el Gun Club ha sido testigo de excepción de los acontecimientos sociales y políticos más importantes”. Y no estaban los que no debían estar. Es famoso, y algunos aún lo celebran, el infamante veto o bola negra con que el Jockey repudió a Jorge Eliécer Gaitán cuando pretendió hacerse socio de la casa.

La guerra entre godos y liberales era menos dura en los clubes que en el campo y las alianzas se sellaban mientras el portero atajaba cortésmente a las esposas que pretendían entrar en horas impertinentes o a salones inadecuados. Que, de hecho, eran casi todos los de estas instituciones machistas y clasistas. En tiempos en que Carlos Lleras Restrepo prohibió a los liberales que dirigieran la palabra a los conservadores, los clubes fueron una especie de Caguán donde el ucase no regía.

Muchos pactos cuajaron bajo las tiesas cabezas de venado del salón de cacería y muchos amaños se sudaron en los baños turcos. En esa época, hace cuarenta o setenta años, eran más importantes los contactos con otros socios que con la gente de la calle. Para esto último estaba el campo de tejo Villamil: un par de fotos en mangas de camisa y manos en el tejo bastaban para mostrar la voluntad popular del líder. En los clubes de los cachacos finos se cortaba el ponqué nacional y en clubes de otras ciudades las empanadas locales. Los campestres y deportivos eran escenario de cosas menores: campeonatos, bailoteos sabatinos, tés de señoras, tímidos adulterios… Lo grande pasaba en la calle 15, una cuadra arriba de la carrera séptima, o en la 16, una abajo. Los partidos políticos tenían importancia en aquella época y sus caudillos sabían que el foco de acuerdos y componendas habitaba en las alfombradas sedes. El poder nacía de unos tragos en el Jockey o en el Gun.

A medida que el país creció y las regiones adquirieron más trascendencia se atenuó el poder centralista de Bogotá. En la propia capital, cada vez más grande y atascada, los clubes empezaron a oler a naftalina, hasta que acabaron trasladándose al norte, lejos de la presidencia, el Congreso y las Cortes, donde hoy cumplen un noble papel gastronómico y de vida social, pero poco cuentan en los altos quehaceres políticos.

Mientras tanto, surgía el núcleo que iba a reemplazarlos: la rosca. La rosca era una entidad ajena a protocolos, sillones y meseros uniformados. Se trataba de una asociación práctica de intereses económicos y administrativos no necesariamente partidistas, pues el Frente Nacional había practicado una inevitable emasculación a los furores banderizos. Ahora había que repartir la baraja dentro de un grupo pequeño, sin reparar en colores, o mezclándolos: la rosca por encima de los partidos. Sus jefes negociaban quién se quedaba con qué: cuál era el escogido para manejar la plata del municipio o departamento, a quién se hipotecaba la licorera, quién se lucraba con la secretaría de obras… Y, mucha atención, cómo iba a llenarse el mosaico de cargos. La rosca configuraba un alegre círculo de empleo y manejos administrativos que, bajo la batuta de ilustres caciques con poder electoral, se quedaba con todo. Fuera de ella no había salvación. El factor parentesco daba puntos, pero no era lo más valioso. Si estaba bien diseñada, la rosca proyectaba en el espacio una espiral que terminaba con algunos de sus miembros apoltronados en el Congreso o, con la ayuda de Dios, en el ramillete ministerial.

En los años setenta y ochenta la Unidad Investigativa de El Tiempo publicó una serie de roscogramas departamentales que destapaban de qué manera caían sobre los bienes públicos unos personajes y grupúsculos que elegían y se hacían elegir. Estaba en auge este formato de asalto regional. Luego cambió, porque la dinámica de la corrupción es admirable. La rosca aún se mueve –los clubes, ya muy poco — pero ha aparecido una criatura que la desborda. Es más sólida porque la atan lazos de sangre. Es más voraz. Y es más inescrupulosa. Sobre ella regresaré en una próxima columna: el clan.

Esquirla. Se reúnen tres poderosos medios de comunicación que viven de la lengua española –El Tiempo, El Espectador y Caracol—a fin de crear un punto común de información sobre finca raíz. ¿Y qué inventan? “Showroom Inmobiliario”. ¡Showroom! ¿Por qué no vitrina, escaparate, muestrario, exposición, exhibición, vidriera, caseta, pabellón? ¿Tanta vergüenza les produce el idioma que hasta hace poco era el orgullo de los colombianos? ¿O es que piensan que el inglés les produce más money?

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