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Por Daniel Samper Ospina

Tras una amable charla con Gustavo Petro, cálida y divertida como los pantalones de piyama con que atendió el encuentro por Zoom, recibí un correo que llamó mi atención. Y, como lo cortés no quita lo valiente, me despedí de los pantalones de piyama con fina cortesía y me ocupé valientemente de lo que revelaba: según el corresponsal anónimo, la candidatura de Petro marcha a todo vapor gracias al trabajo incansable de tres jóvenes ejecutivos que tienen como obsesión subirlo a la presidencia. Constituyen su primer anillo de trabajo: el sanedrín que lo llevará a la Casa de Nariño en un viaje que, a diferencia del de La Habana, no parece tener regreso.

No se trata de muchachos de la Nacho, de pelo largo y mochila tejida, entre otros clichés. La estrategia es mucho más sofisticada. Hablamos de un equipo de ejecutivos modernos y conservadores, egresados de universidades privadas de derecha, que sobrellevan una vida de esmerado comportamiento moral; creen en los valores católicos tanto como en el libre mercado; y trabajan sin descanso para que el solio de Bolívar se llame de ese modo en honor a Gustavo, el exlibretista, y para que Hassan Nassar le entregue el puesto a Hollman Morris, con lecciones para convertirse en adivino incluidas.

Imaginaba a Petro montado en las camionetas compradas por Duque, todavía olorosas a nuevo y a Chitos, mientras escribía en su cuenta de Twitter frenéticos trinos sin puntuación con las ideas que se le ocurrían en el camino, y las dudas se me agolpaban en la cabeza: ¿cómo será el gobierno de la Colombia Humana? ¿Renunciarán los ministros al tercer mes, como cuando era alcalde? ¿Convocará una constituyente para refundar la patria él también? ¿Utilizará a Ecopetrol de caja menor o la redireccionará hacia la siembra de aguacates? ¿Ofrecerá cuotas burocráticas a Alejandro Ordóñez o le expropiará las tirantas?

Para rematar, por las noches me atormentaba la misma pesadilla: que sus más rabiosos tuiteros, borrachos de poder, abrían una correccional en el desierto de la Guajira, un Gulag Humano, para reformar a quienes votamos en blanco. En la enorme cantera abierta, nos obligaban a forjar acero a golpes de martillo para el metro subterráneo de Bogotá; Claudia López levantaba en una carretilla piedras tan grandes como las que se le vuelan por culpa del exalcalde; Jorge Enrique Robledo, descamisado, echaba pica como antes labia, y caía exhausto; Sergio Fajardo, rapado a ras de cráneo, empujaba rocas del tamaño de ballenas, mientras susurraba “Se puede”, para darse ánimo.

Yo observaba en silencio los vejámenes contra Humberto de la Calle, condenado al trabajo forzado de corregir gramaticalmente los trinos del gran líder, hasta que no soportaba la ignominia.

—¡Guardia, es un señor mayor, tengan compasión! —les rogaba.
—Es verdad —imprecaba De La Calle—: no me dan los ojos para poner más comas…
—¡Puntúe, anciano tibio: y corrija la sintaxis! —respondía un bravo tuitero, en medio de carcajadas.

Posteriormente nos confinaban en gigantescas aulas doctrinales para enseñarnos a amar al líder humano con todas sus contradicciones: justificar la vez que promovió el voto en blanco para votar por Mockus, o aquella otra en que consideró un gesto democrático ayudar a elegir a Alejandro Ordóñez.

Petro. Su presencia me produce una confusión de sentimientos. Noto su brillantez. Aplaudo su apertura. Me ilusiona imaginar que luchará contra los clanes familiares de la política, con ayuda de su hijo Nicolás, a quien hizo elegir como diputado. Pero a veces me entrego a un mar de desconfianza tan grande como su ego.

Quise entonces saber la identidad de los tecnócratas que inexorablemente lo van a llevar al poder, y contraté a un exmilitar uribista para que lo averiguara.

—Ubíquelos y perfílelos —le pedí, mientras le consignaba una cifra de varios ceros a la ultraderecha.

A vuelta de pago recibí un sucinto informe que incluía tres nombres.

El primero era Miguel Ceballos. Lo perfilaban como un dandy de gomina y pañuelo en la solapa, elegante foulard los fines de semana y costosa bata de seda con copa de brandy en mano en noches de seducción. Su misión para la campaña de Petro era sencilla: volver trizas la paz para que la gente salga a votar berraca en el 2022 por alguien que la reivindique.

El segundo era un mando medio: Iván Duque. Lo describían como un talentoso hombre de espectáculo dispuesto a lo que fuese para cumplir su sueño de conducir un Talk Show: incluso a convertirse en presidente. Su misión: elaborar un coctel de desgobierno y autoritarismo que favorezca a bancos y ahonde las desigualdades, para abonar terreno de modo ideal a los discursos populistas.

Y el jefe de cuadrilla: Francisco Barbosa. Joven abogado con un extraordinario concepto sobre sí mismo, convirtió la Fiscalía en policía política con la misión de perseguir a la oposición; hundir la Ñeñepolítica, para enardecer ánimos, y a la vez acosar de modo vulgar a Petro, con el fin de despertar solidaridad en torno a él.

Este, pues, es el sanedrín de Petro: el sanpetrín. Con esa sofisticada estrategia lograrán, incluso, que quienes dispersaron fuerzas independientes con su voto en blanco, terminen apoyándolo. Basta con abrir los ojos para darse cuenta. Como De la Calle cuando corrija los trinos del amado líder.


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Categories: Daniel Samper

2 Comments

COSAS QUE AYUDAN A PETRO

  1. Esto ya estaba “cocinado”, Perro es el próximo mandatario, la pregunta es: sigue siendo el mismo perro con distinta Guasca?

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