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Por Daniel Samper Pizano

Recién llegado al colegio, luego de vivir algunos años en Europa, Antonio Caballero era un alumno flaco, alto y callado que solía vestir suéter de lana y pantalón de paño. Personalmente simpatizaba con él sin conocerlo, pues había corrido la noticia, no sé si cierta o falsa, de que era sobrino del rector, don Agustín Nieto Caballero, e hijo de Eduardo Caballero Calderón, un antiguo alumno del Gimnasio Moderno que fundó en 1927 la revista del colegio, El Aguilucho, y escribió un libro, Tipacoque, que, a mis quince o dieciséis años, ya había leído y subrayado varias veces. 

No se me escapaba el detalle (esos detalles no se escapan en los colegios) de que, pese a que Antonio tenía mi edad, pues ambos habíamos nacido en 1945, entró cómoda y directamente a un curso por encima del mío. Un año menos de clases, un año menos de tareas, un año menos de exámenes, un año menos de pensión.

Era usual que los directores de El Aguilucho, mayores entonces que nosotros, convocaran a los alumnos de los últimos grados con fama de “escribir bien” —facultad casi siempre descompensada por fallar en matemáticas— para solicitarles su colaboración. Ya había acudido a dos o tres de esas reuniones de literatos, a las que también asistía silencioso Antonio, cuando tuvimos nuestra primera conversación.

—De modo —le dije con la mayor cordialidad mientras caminábamos— que se ahorró un año de colegio por palancas con el rector.

Antonio me oyó con esa sonrisa mezcla de timidez y picardía que solía esgrimir.

—Por supuesto que no —susurró con el mayor cariño—. Es porque soy muchísimo más inteligente que usted.

En ese momento supe que seríamos amigos toda la vida, y que la amistad con él guardaba, entre sus más afectuosas expresiones, el lanzamiento y recibo de pullas. No sé si en la edición de El Aguilucho de ese año, o quizás del siguiente, Antonio publicó un cuento que nos dejó maravillados a los literatos. Contaba la historia de “un niño pobre de lo más extraño” que destroza con un palo la vitrina donde exhiben un juguete que él admira, pero, en un gesto de dignidad, deja tirado el juguete y se larga satisfecho con lo que ahora habría sido calificado como un acto de vandalismo. La historia del niño, la vitrina y el palo no era muy original. De hecho, años después Serrat escribió una canción parecida. Pero la narraba con tanto talento y el final era tan inesperado que la tengo presente hasta hoy. 

* * *

Volví a encontrarme con Antonio unos años más tarde. Yo acababa de entrar a trabajar en El Tiempo y él publicaba en el suplemento dominical del diario unas caricaturas esperpénticas donde diversos monstruos, sapos de largas lenguas, enredaderas prensiles y vómitos elásticos perseguían y acosaban a un pobre señor sospechosamente parecido al presidente Carlos Lleras Restrepo y excitaban con sus movimientos serpentinos a una solterona caliente. Toño definía este macabro y divertido estilo como “el absurdo trágico”. A menudo, cuando él visitaba el edificio del periódico en la Avenida Jiménez para entregar sus dibujos (los llamaba cartones), charlábamos un rato o tomábamos un tinto. En una de esas visitas me contó que iba a publicar un libro con los cartones y me pidió que escribiera el prólogo. Me sentí muy honrado, pero no cometí el error de confesárselo.

—Fíjese cómo lo aprecio —me dijo—, que estoy dispuesto a hacerlo famoso con este libro. 

A esas alturas Antonio ya no solo era admirado y temido por sus monos sino que había empezado a ejercitar la pluma de los Caballero, una envidiable facilidad familiar para escribir que les llega a través de los leucocitos, el cromosoma X o el ácido desoxirribonucleico. Hablo de los años sesenta. Es posible que escribiera sus primeras columnas o comenzara a comentar las corridas de toros, no lo sé. En Wikipedia está todo, como dijo mi doctor Fajardo. Pero no duró mucho tiempo, porque poco después organizó una rifa de sus dibujos para pagarse un tiquete a Europa. Sin permiso, naturalmente, de las autoridades de Rifas, Juegos y Espectáculos, nos enflautó boletas a sus amigos y amigas; amigas que siempre tuvo en abundancia, gracias (reconocía él) a su truco de hablar pasito, lo que las obligaba a acercarse para prestar oídos. Nunca supe si el sorteo premió a un ganador, pero el producto le permitió viajar a París, donde lo sorprendió el histórico mayo del 68. Quizás escribió algunas crónicas sobre estos desórdenes que lograron impresionar su talante escéptico. Quizás de allí sacó algunas ideas para su única y celebrada novela bogotanense, Sin remedio, que empolló durante años y publicó en el 84. Quizás…

Contaba Eduardo Caballero Calderón por esa época que, inquieto por el futuro de su volátil hijo, lo sentó frente a frente y le preguntó:

—Dime, Antonio: ¿qué es lo que tú quieres ser en el futuro?

—Expresidente de la República –le contestó el malvado.

* * *

Unos años antes, Toño había conocido en Bogotá a un exiliado español que se refugió de urgencia en la embajada de Colombia en Madrid cierta tarde en que Franco ordenó liquidar un pequeño movimiento político que le estorbaba. Juan Tomás de Salas, el exiliado, cultivó numerosos amigos en Bogotá y se colgó en el corazón la nacionalidad colombiana. Al regresar a Europa, Antonio dio vueltas por varios países, entre ellos Inglaterra, donde trabajó en la BBC y The Economist. En Londres volvió a encontrarse con Salas. Este acababa de fundar Cambio16, una revista que se convirtió en torpedo contra la dictadura franquista y abrió las puertas al periodismo democrático en España. Antonio participó en la aventura, y él y varios colombianos supimos que Salas era siempre tierra firme y mano amiga. 

En un nuevo regreso, cuando Antonio cumplía cuarenta años, llegó a Alternativa. Al lado de Gabriel García Márquez, Enrique Santos Calderón y otros compañeros, ayudó a construir una revista de izquierda diferente a las demás. El semanario contaba con algunos colaboradores externos, como yo. Aunque la publicación, imitando a Time, no firmaba los artículos de la Redacción, muchos textos delataban la autoría de Antonio. Resultaba fácil reconocer su estilo punzante, elegante, salpicado de metáforas inteligentes, de sentido del humor y de una dosis de mala leche, a veces injusta —todo hay que decirlo— y casi siempre agria como el yogur. También eran ya típicos sus temas favoritos: el fracaso de la lucha contra la droga, el imperialismo norteamericano, la idiotez natural de prácticamente todos nuestros gobernantes. Quebrada Alternativa, Caballero consolidó su carrera de columnista en El Espectador, hasta que llegó octubre de 1987. 

Daniel Samper Pizano, Enrique Santos Calderón y Antonio Caballero en 1991.
Daniel Samper Pizano, Enrique Santos Calderón y Antonio Caballero en 1991.

Ese año se produjo una desbandada de posibles víctimas de la violencia paramilitar y mafiosa. Fueron asesinados varios periodistas y muchos otros tuvimos que exiliarnos ante las amenazas de los narcos y sus aliados, pues el Gobierno era incapaz de ofrecernos el amparo que proclama jubilosa la Constitución Nacional. Cuando el DAS no era el asesino, como le pasó a Galán, era el que aconsejaba al “protegido” que se marchara ipso facto del país. Entonces volvimos a encontraros Toño y yo, esta vez en Madrid. Pasados El Aguilucho, El Tiempo y Alternativa, nos cobijó Salas en Cambio 16. Allí estuvimos doce años, hasta que los terremotos inatajables en la industria de la comunicación acabaron con la revista, y la desilusión y el cáncer con Juan Tomás. 

Antonio era, sin duda, la mejor pluma de los alrededores. Contra lo que muchos pensaban, también fue un gran trabajador. Escribió crónicas y ensayos inolvidables, y lo vi trasnochar más de una vez a fin de cumplir un horario de entrega. Padeció, por culpa del exilio, la ruptura de su matrimonio. Mi mujer y yo le dimos posada durante varias semanas. Todas las noches, al llegar, saludaba como los maridos fatigados (“¡Yuuu juuu!”), tiraba las llaves en el cajoncito de la entrada, se servía un whisky y encendía otro cigarrillo apestoso. 

Su dominio del lenguaje le permitía hacer “muchas gracias de nada”, como aquel título clásico de Les Luthiers: inventar una joya a partir de una humilde palabra. Eso sí, no era un buen periodista de noticias: lo que le sobraba en cultura, inteligencia y estilo le faltaba en olfato para las chivas. El 27 de noviembre de 1983 a la medianoche, cuando se cayó en Madrid el vuelo 011 de Avianca que debía recoger pasajeros para llevar a Bogotá, Caballero era uno de esos colombianos que esperaban con su maleta en el aeropuerto.

—Aún no pudo creer— le decía Salas cuando entrábamos en modo de discusión periodística— que en vez de tomar notas para escribir un reportaje memorable hubieras preferido marcharte tranquilamente a dormir.

Antonio sonreía, hacía un gesto de resignación y alegaba inalterable.

—Yo soy otro tipo de periodista.

* * *

Ese otro tipo de periodista, pudimos saberlo, era el de un columnista de opinión ilustrado, independiente y altamente incómodo a los poderosos. Y valiente. Cuando todos se ablandaban, él seguía tieso. Su descarnado perfil de Álvaro Gómez Hurtado al morir el jefe conservador provocó entonces repulsa y hoy se recuerda con admiración. Le costó trabajo, como a casi todos sus contemporáneos, entrar en la era digital, y durante un tiempo insistió en entregar sus columnas escritas con una vieja Lettera 22. No obstante, dominó el teclado electrónico y grabó videos con ayuda de Isabel, su hija. Además, gracias a una idea de la Biblioteca Nacional bajo la administración de Consuelo Gaitán, publicó en edición digital una informada y deliciosa historia de Colombia y sus oligarquías, a las que él pertenecía pero, para su mayor honra, traicionó. En 2018 apareció la edición impresa. Fiel a sus tradicionales pullas de colegio, la dedicatoria que me firmó dice así: “Para Daniel, que a cada libro que le regalo me responde con ocho suyos. Un abrazo”. 

La dedicatoria de Antonio Caballero a Daniel Samper Pizano.
La dedicatoria de Antonio Caballero a Daniel Samper Pizano.

Cuando se publicaba la revista Semana de antes —es decir, cuando existía la revista Semana—, Caballero formaba parte de un formidable elenco de comentaristas. Pasó lo que pasó y dos de ellos fundaron Los Danieles. Yo entré poco después y algo más tarde Antonio se sumó al elenco. Otra vez, pasado medio siglo, nos reencontramos trabajando juntos en el mismo medio. Parecía un chiste. 

—El título de la obra —le comenté riendo— es algo así como “De El Aguilucho a Los Danieles”.

En un salto tecnológico inimaginable, Toño apareció en las pantallas de nuestro portal leyendo sus columnas, lo que permitió a sus lectores convertirse en oyentes de esa voz ronqueta y susurrante que repartía mazazos a discreción. Eso fue en noviembre de 2020 y ya Antonio llevaba meses enfermo. Dice la filosofía popular que a nadie le gusta morirse, y a él tampoco. Pero, a falta de otra opción, estoy seguro de que a Caballero no le parecería del todo mal irse rodeado de su familia, admirado por sus lectores y acompañado por sus pares, gente que, como él, creemos en lo mismo, luchamos por lo mismo y lo hemos tenido siempre como portaestandarte.

(—¡¿Portaestandarte?! –habría protestado Antonio en este punto—. Carajo, usted cada vez escribe peor…).

FIN

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