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Por Orlando Solano Bárcenas

 El 5 de mayo en curso la señora Gobernadora del Departamento del Atlántico, Dra. Elsa Noguera, envió un tweet (@elsanoguerabaq) lamentando la muerte de un joven en Candelaria, Atlántico. Durante el transporte del cadáver aparecen decenas de personas levantando y agitando el ataúd en señal de duelo, bajo forma aparente o abiertamente festiva. Por ser época de confinamiento debido al Covid-19 llama la atención la posible violación de la normativa expedida en los planos nacional y regional, esencialmente en lo referente a no guardar el aislamiento social recomendado, ni el porte del correspondiente tapabocas. Señala la alta funcionaria que todos queremos despedir a nuestros seres queridos, pero que, si no se actúa con seriedad, “este será un ataúd entre muchos”. Y lanza esta reflexión: “La mejor forma de honrar a los que se van es cuidando la vida de los que se quedan ¡Esto es en serio!”. https://twitter.com/elsanoguerabaq/status/1257488865742422024

Este hecho puede suscitar diferentes reflexiones y enfoques sobre la muerte, la velación del cadáver, el transporte del ataúd, la inhumación y el duelo de familiares y amigos del difunto. Se trata del fin de una vida. Hecho físico, la partida definitiva, y hecho “social”, el duelo familiar y del entorno. Nacimos para morir. La muerte es también fenómeno “cultural”, jurídico y psicológico. La muerte conmociona a supérstites y al grupo de pertenencia. Es un fenómeno social complejo que da lugar a varios ritos y oficios, los mortuorios: funerales o exequias, velación, transporte del ataúd, inhumación. Se trata de una serie de actos y ceremonias en los que la sociedad participa en mayor o menor grado según la importancia del muerto o las circunstancias del deceso. La música suele estar presente, la sacra o la popular. La dimensión es personal, familiar, religiosa, social, cultural. Donde más se “socializa” esta imbricación de ritos es en el transporte del ataúd, por ser acto realizado en las vías públicas. En conjunto expresan los más recónditos sentimientos de la humanidad y los juicios de valor recaídos sobre el muerto en lo referente a criterios de importancia, respetabilidad o riqueza. Un difunto ateniense importante, por ejemplo, era lavado, perfumado, expuesto en el vestíbulo de su casa, llevado por una comitiva encabezada por los acordes de músicos y el llanto de los deudos, ya en el sitio de la inhumación tenían lugar los discursos, las elegías y para terminar, el banquete. En la misma línea, al difunto romano de renombre se le hacía un ceremonial casi igual: músicos, plañideras, mimos, servidumbre, parientes, elegía, pira, cenizas, urna, mausoleo de la familia, banquetes, juegos fúnebres. Los pobres solo podían tener: ataúd común, inhumación sin ceremonia, oraciones fúnebres y a veces acordes de cítara que le alegrasen el “viaje”.

Elemento esencial de los ritos funerarios es el ataúd, esa caja negra donde descansará eternamente el fallecido, como lo expresa la canción del juglar Enrique Díaz: Después de la caja negra, /creo que más nada se lleve/Después de la caja negra compadre/creo que más nada se lleve. El uso del ataúd es frecuente, pero hay culturas que no lo admiten al dejar el cadáver expuesto a las aves o, por no ser necesario, en la pira. Se observa que en materia de ataúdes se expresan igualmente los rangos, las clases y los estatus y sobre todo la socialización antes y durante el transporte hacia el lugar de la inhumación.

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Etapa emotiva y cultural es la del “duelo”. En él se dan situaciones de pérdida que conmueven, que hacen aflorar sentimientos de dolor y, aunque parezca contradictorio, de alegría. ¿Síndrome de dolor y síndrome de alegría? ¿Duelo normal y duelo patológico? ¿Duelo individual y duelo social? La muerte es cesación física de vida y puede ser pervivencia cultural, social. La muerte no es negación de la realidad, ella es la realidad del que se va. ¿Lo es para los que se quedan? Cada comunidad vive la muerte como la siente, pero hay ciertas constantes que tienden a la universalidad. La muerte humana es fenómeno natural, pero también social. La propia muerte es total, la muerte para-los-otros es “social” y puede ser pervivencia según la comunidad donde se dé. Es esta la que da eso que llaman la “inmortalidad” …mientras perdure el recuerdo. En la muerte no se está solo, el muerto queda en el que le sobrevive, así sea como dolor o como agradable recuerdo. El que se va es un ser-para-la-muerte, para el que se queda el “ido” es un ser-para-el-recuerdo. Caduca el muerto, el vivo lo mantiene vivo. El primero debe aprender a morir, el segundo a mantenerlo vivo. Al primero de enseñarle al segundo -al vivo-, que le permita vivir en él, en el recuerdo. El que se va debe saber que la inmortalidad se la dará el que se queda, en el recuerdo. Si el que se va le ha dejado claro al que se queda que se va “bien”, este odiará menos la muerte y recibirá una lección de vida; le enseñará que él también podrá pervivir en otros y es este el legado que le deja: que la partida puede ser menos muerte si es más consentida.

El hombre que se va con aceptación de la muerte es ese no-ser que espera pervivir en la memoria de su entorno con buena fama, con el recuerdo agradable que deja, en la estima social en que vivirá, que es también perduración en otros, es decir, vida en otros. ¿Vida ancilar? No. Vida, vida. Nada menos que vida ahora social o “comunitaria” en un grupo que es memoria y que puede dar o quitarle la inmortalidad. Para el que hizo obra buena el-no-olvido, para el que obró mal el peor de los ostracismos, el olvido por censura. La inmortalidad puede no quedar grabada en el mármol o en el bronce, pero sí en el recuerdo; sobre todo en el recuerdo que trae alegría, porque es virtud de buenas obras y justicia; o, simplemente, porque fue buen amigo, buen pariente, buen vecino. Es así como el difunto continúa o puede seguir continuando, por su parte espiritual, familiar, grupal; lo otro, el cuerpo, no era sino un lastre, un fardo pesado o ligero, pero fardo, al fin y al cabo. La muerte afecta el Yo individual, pero no afecta el Yo que pervive en el recuerdo del Nosotros, que es virtud social que se expresa en la vida pública. La vida “significativa” es aquella que se ha vivido plena y libremente en comunión con el grupo social de pertenencia y como contribución a la realización y logro de un bien común.

Las actitudes de Occidente ante la muerte han evolucionado (o ¿involucionado?) de una muerte unida a la cotidianidad de la vida familiar a una muerte rechazada, alejada, enviada a los extramuros de la ciudad. Hoy en día se quiere huir de la muerte. La muerte antes contribuía a hacer sociedad, vida social; era una muerte “domesticada” porque los muertos en cierta forma convivían con los vivos y el cementerio servía a menudo de lugar de sociabilidad, de danza y de comercio. La muerte antes estructuraba la sociedad. Hoy, en el ahora, la muerte es tabú; es una muerte “salvaje”. El inconsciente colectivo contemporáneo la rechaza, la huye, la teme, la prohíbe y hasta se abstiene de representarla, salvo para los hombres de Estado. Para los humildes, la nada. Hoy en día la proximidad entre la muerte y los vivos no es tolerada y es por esto que los cementerios son construidos cada vez más lejos de las ciudades (Philippe Ariès: L’homme devant la mort. Le temps des gisants, Paris : Seuil, coll. « histoire », 1985, p. 36- Ariès, P., Essais sur l’histoire de la mort en Occident du Moyen Age à nos jours, Seuil, Paris 1977).

Antaño, la “vida de la Muerte” al interior de la sociedad era menos temerosa que la de hoy en día. En esas épocas la Muerte danzaba, tenía sus bailes y coreografías. Era la popular y artística Danza Macabra, rica expresión del folclor europeo de fines de la Edad Media, siglos XIV al XV. Era infaltable en los períodos de crisis. Se expresaba bajo la forma de una zarabanda que mezclaba los vivos con los muertos y expresaba la vanidad de las distinciones sociales burlándose del destino tanto de papas como de emperadores, de curas como de simples hombres de la ciudad. Era una lección de vida para recordarles a todos que la muerte los igualaba, que ni el más poderoso podía escapar a ella, que ninguno está por encima de la ley. También era consuelo para los pobres. Con el rico y con el pobre danzaban los esqueletos de los muertos, haciendo cabriolas, burlándose y arrastrando hacia la muerte a los vivos y siempre desplegando sus atributos de coronas, espadas e instrumentos de música, sobre todo en períodos de crisis cuales guerras, hambrunas y la pavorosa peste, a menudo representadas por los Cuatro Jinetes del Apocalipsis (como los de Vicente Blanco Ibáñez) diezmando la población al ritmo de músicas no siempre tristes. La peste de la “muerte negra”, dio lugar a danzas macabras en la Alemania del fatídico año de 1463. Era un mensaje social de igualdad ante la muerte puesto que se pudre tanto el rico como el pobre. Es el destino ineluctable del hombre y la realidad de la igualdad de todos ante la muerte, siempre al compás de cuatro muertos, músicos de formas alargadas, desgarbados, despellejados, con el abdomen abierto. Ellos, los muertos, se inclinan irónicamente ante su víctima, agarrando con fuerza al vivo que se llevan, en orden jerárquico y con todas sus insignias, arreos, y los alamares de sus cargos. Todo esto será convertido en polvo. Los muertos que arrastran a los murientes son músicos que invitan a los hombres a danzar, para recordarles que fueron grandes y ahora serán simples y anónimos. El desfile danzante se hace por la ciudad y por oficios. Cada personaje danza con su muerte o su muerto. Pero, la Muerte entra súbitamente en escena interrumpiendo brutalmente el trabajo y la alegría de vivir sin hacer distingos entre las clases. El mensaje tiene un fuerte contenido social, traduce la igualdad ante la Muerte, porque se lleva por igual al rico, al hombre o a la mujer, al niño, al joven o al viejo. Con la Danza de la Muerte quedan entonces abolidas las fronteras entre las clases. También las existentes entre vivos y muertos porque estos siguen ahí, conviviendo con los vivos.

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Hay lugares en el mundo contemporáneo donde morir es una fiesta. Se significa con ello que se debe vivir con alegría porque la música ayuda a soliviantar el dolor, sus acordes cubrirán el llanto, la sensación de pérdida será menor y la despedida final menos dolorosa. Así lo entiende el buen miembro de familia que -previsivo- deja pagado su funeral/parranda con largueza en la abundancia en comidas, bebidas, bailes y horas de música porque a mayor asistencia más queda expresado el aprecio que se le tuvo. En estas culturas en la forma del ataúd se “personaliza” al que lo ocupará, si bebedor la tendrá de botella, si zapatero de zapato, si piloto de avión así la tendrá. Verdadera constante en estos ritos funerarios es la música. Naturalmente la que hacía bailar al muerto, a cuyos acordes marchará al más allá. La fiesta del muerto es compleja o completa: se le dan licores (es el llamado “trago del muerto”, el primero que se sirve y que es obligación echarlo al suelo como se hace en nuestra Guajira), cigarrillos, comida; se canta, se baila, se sacrifican animales porque la abundancia aleja la tristeza y, llegado el momento del cortejo hacia el cementerio, el ataúd es balanceado hacia adelante y hacia atrás, hacia arriba y hacia abajo. En la Nueva Orleans a ritmo de jazz o de marchas militares de la vieja Francia se lleva al muerto, seguramente muy feliz; por su lado, los deudos mitigan el dolor con la música y el bourbon. Empero, lo verdaderamente extremo en materia de fiestas mortuorias, aunque lo menos frecuente, es sacar al muerto de la cripta y llevarlo en procesión nuevamente a la casa. En la actualidad los funerales se realizan en lugares destinados especialmente para este tipo de cosas, lo que no impide que los familiares se encarguen de cumplir el último deseo del fallecido sin importar lo raro o exótico que sea la petición según la posición, vestimenta, adornos, profesión u oficio que desempeñaba: si boxeador, con guantes y pantaloneta; si motociclista, sobre una moto; si bandido, con sus armas; si profesor de baile, con su trusa; y así hasta dejarlo satisfecho.

Los videos de africanos que bailan con ataúdes en los hombros (los danzarines de féretros, los “portadores profesionales de féretros” o professional dancing pallbearers), causan furor en el mundo y ya forman industria, una de ellas con más de mil empleados. Se trata de un ritual funerario que se extiende rápidamente. Existen en casi toda África, América Latina (México, Perú o velorios “chicha”, Colombia, Argentina, El Salvador y en general en toda Centroamérica), Estados Unidos (esencialmente en Nueva Orleans), en Nueva Zelanda en los funerales maorí. En Ghana hacen furor y son muy fastuosos, de altos costos en parafernalia y tanto, que se dice son más altos que los costos de las bodas. Al parecer los fallecimientos causados por el COVID-19 han aumentado este tipo de entierros “armonizados”, como lo demuestran decenas de videos (incluido uno de la muy prestigiosa BBC) que circulan en las redes en los que se aprecian solemnidad, coreografías, llanto-alegría, festejos, viandas y mucha bebida, en los que se viven como auténticos; en los de narcos (acompasados con los famosos narcocorridos), bandidos y similares abundan las drogas y los disparos de armas de fuego de corto y largo calibre. Si usted quisiera ver un fallecido previsivo y feliz abra este link y déjese llevar de la sana envidia: https://youtu.be/UVeCeIc-iAc

La toma de la decisión sobre los preparativos del funeral puede durar meses. Mientras tanto el cadáver es conservado en costosos y abarrotados cuartos refrigerados. Algunos consideran este tipo de funerales como “novedosos”.  Pero, no hay tal. Ellos vienen de costumbres ancestrales que se iniciaron con el urbanismo de las primeras sociedades gregarias. Pero, el Renacimiento casi que las censuró al convertir los cementerios de intramurales a extramurales a causa del réfoulement de la muerte (a George W. Bush Jr. le censuraron mover el cuerpo rítmicamente al son de un góspel durante una ceremonia fúnebre en la catedral de Dallas). No obstante, esa costumbre se encuentra en pleno retorno, porque es propio de algunos muertos “regresar” (revenant) si no los han honrado con “funerales festivos” que demuestren el cariño que dicen haberles profesado deudos, amigos y vecinos.

La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) ha llamado la atención a los Estados miembros de la Organización de Estados Americanos (OEA) sobre la necesidad de hacer respetar y garantizar los Estados miembros los derechos de familiares de las personas fallecidas en el marco de la pandemia del COVID-19, de permitir los ritos mortuorios de manera adecuada a las circunstancias y de contribuir a la preservación de su memoria y homenaje en asuntos fundamentales a los derechos humanos de los parientes de los fallecidos en estas circunstancias (i); facilitar la entrega oportuna de los restos mortales en transportación de cuerpos y ataúdes (ii); no restringir sin fundamento la celebración de funerales (iii); facilitar la preservación de la memoria y de los homenaje a las personas fallecidas (iv); no cremar o enterrar los cuerpos sin una debida identificación  (v); ofrecer la posibilidad de sepultar los cuerpos a los familiares fallecidos de acuerdo a sus propias creencias,  ritos y costumbres  acciones que aportan un cierto grado de cierre al proceso de duelo, contribuyendo a mitigar las secuelas del trauma, luto y dolor dado que la muerte se relaciona en algunos casos con profundas elaboraciones simbólicas y religiosas porque el culto o rito mortuorio adquiere una importancia fundamental para que las personas puedan realizar más fácilmente el duelo y reelaborar sus relaciones con la persona difunta (vi); cuyos restos mortales merecen ser tratados y enterrados  con respeto y de acuerdo a sus creencias, libertad de conciencia  y se reconozca el valor que su memoria tiene para sus seres queridos porque “este derecho es uno de los cimientos de la sociedad democrática que en su dimensión religiosa, constituye un elemento trascendental en la protección de las convicciones de los creyentes y en su forma de vida” en particular, y en los casos relacionados con comunidades indígenas y afrodescendientes permitiéndoles realizar los rituales fúnebres o acudir a los sitios sagrados de acuerdo a su cosmovisión y religiosidad, para respeto de su identidad e integridad cultural, que son aspectos del derecho a la vida privada y familiar campos en los que se establece la prohibición de injerencias arbitrarias por ser parte esencial de la personalidad de los individuos, ligados a la individualidad específica, así como en la forma en que se relaciona una persona con los demás, a través del desarrollo de vínculos en el plano familiar y social (vii). Por su lado la Corte Europea ha hecho énfasis en el respeto en la manera en que se debe tratar el cuerpo de un familiar fallecido, el derecho de asistir al entierro y rendir homenaje a la tumba de un familiar pueden constituir interferencias a la vida privada y familiar (i); la responsabilidad de los Estados cuando los cuerpos son enterrados antes de que los familiares sean informados de las muertes de sus familiares (ii). La CIDH considera que los Estados contribuirán asimismo a garantizar preservar la memoria, trato digno y homenaje de las personas que han muerto como resultado de la pandemia y es por esta razón que en la Resolución 1/2020 “Pandemia y Derechos Humanos” se ha reiterado que los Estados se encuentran obligados a respetar y garantizar los derechos humanos sin discriminación alguna; aun cuando válidamente se podrían limitar algunos derechos con el fin legítimo de salvaguardar la salud, los Estados deben asegurar que tales medidas cumplan con el principio de legalidad, y no resulten innecesarias y desproporcionadas y asegurar la supervisión de la implementación efectiva de sus obligaciones.

El cortejo fúnebre realizado en Candelaria, Atlántico, amerita algunos comentarios a la luz de los fenómenos sociales arriba expuestos: es un fenómeno de funeral-fiesta que aparentemente es “moda” cuando en realidad es ancestral; su realización no debe dar lugar a censura de la opinión pública por ser expresión de llanto-alegría respetables ; el poder no debe tratar de impedirlos, salvo por motivos reales de perturbación del orden público como lo pide la CIDH; personalmente opino que es un derecho del fallecido, de sus familiares y hasta de su entorno o comunidad, protegido en el plano del derecho interno y del supranacional En este caso, sin embargo, la señora Gobernadora pudo tener razón al hacerle a los que cargaban el féretro un llamado de atención dadas las estrictas reglamentaciones nacionales y locales en épocas de la pandemia COVID-19. En efecto, estaba haciendo uso de la facultad de policía en su calidad de autoridad departamental. Un llamado cordial a la salvaguarda del interés superior de la salud pública en momentos de absoluta crisis social se hacía necesario. Faltaría indagar por la actitud oficial asumida por el alcalde de la población de Candelaria. Los romanos, que eran sabios y también supersticiosos, conocían sus obligaciones para con los Lémures, esos muertos que había que tenerlos contentos para que fuesen bienhechores; al igual que debían tener felices a los Manes, esas almas de los muertos que exigían que se les ofreciesen vino, miel, leche, flores, bailes y cantos porque, de no hacerlo, saldrían de sus tumbas para cobrar venganza sobre parientes olvidadizos o sobre gobernantes incumplidos. La señora Gobernadora del Atlántico puede estar tranquila por el momento, al igual que debe estar muy atenta a las recomendaciones de la CIDH. También los gobernantes de todo el país. Es un asunto muy grave de derechos humanos.


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Categories: Notas Ciudadanas

2 Comments

DE RITOS FUNERARIOS Y PARRANDAS EN ÉPOCAS DEL COVID-19

  1. Largo el texto, como la misma muerte, eterna, con muchas explicaciones casi repetidas, tal vez para que entendieramos al fin y al cabo que allí llegaremos sin que le podamos hacer el quite y aunque cojamos muchos caminos.

    Está pandemia, es un show que nos quieren mostrar cómo terrorífico, pero no hay tal, es otra forma de llegar a ese estado último de los seres vivos. Porque temerle?

    Un saludo al autor

  2. Agradezco al autor el larguísimo escrito que, confieso, no he leído completo. Ya se sabe que “lo bueno, si breve, dos veces bueno” que es lo que dejó sentenciado, Don Baltasar Gracián, en su “Oráculo manual y arte de prudencia” allá por el Siglo de Oro de nuestras letras (lo he visto en wikipedia).

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