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Por Antonio Caballero

En medio del pandemónium de la pandemia sanitaria, de la cada vez más sangrienta protesta social, de la inexistencia política del presidente Iván Duque y de su gobierno, de los agobios de los desastres del invierno, al menos una idea. Y del lado más inesperado. Dice Bruce MacMaster, presidente de la Andi, que los nuevos impuestos que se consideran necesarios para sostener las finanzas del Estado se les cobren a ellos, los empresarios, y no a la gente corriente, como pretendía la reforma tributaria del insensato presidente Iván Duque y su insensato ministro de Hacienda Alberto Carrasquilla. Es, por fin, una buena idea. Y más viniendo de donde viene: de los ricos. Aunque no es verosímil que este gobierno ciego la tome en cuenta.

Y, en todo caso, nadie ha respondido a la propuesta. Un ya largo silencio. Un terrible silencio. ¿Que nos cobren a nosotros los empresarios, los industriales, que somos los creadores de la riqueza y del empleo, los hacedores de Patria? ¡No! ¡Que nos paguen! ¡Y plomo es lo que hay!

Era una buena idea. Y aunque la hubieran sugerido, como cosa evidente y necesaria, todos los economistas que escriben en los periódicos, nada habían opinado los banqueros, por ejemplo, que son los que, proporcionalmente a lo que ganan, menos pagan: no habían dicho ni mu. Y es que no son empresarios, estrictamente hablando: son banqueros. Era una buena idea desde el punto de vista de la justicia, pero, por lo visto, neonata naufragó. Suele ocurrir así en Colombia con las buenas ideas, como la de la paz.

Por lo cual paso a otro tema: el de la interminable, desde su nacimiento, guerra entre Israel y los palestinos. Desde que el gobierno británico, en los años veinte del siglo pasado, y luego la ONU en los cuarenta, les otorgaron a los judíos sionistas el control de Palestina, que treinta siglos antes había sido suya por conquista militar, perdida luego por otra nueva conquista militar. Pasada en el curso de los siglos de mano en mano de unos imperios a otros —el romano, el bizantino, el otomano, el inglés— y que ahora está volviendo a ser de los judíos de la misma manera: por las armas. Allá vivían durante siglos, más o menos pacíficamente, los árabes palestinos, también venidos por conquista. Llegaron, o volvieron, los judíos sionistas, a esa tierra según ellos a ellos prometida por Dios en persona.  Expulsaron de una tacada a 700 mil palestinos hace 75 años, cuando la creación del Estado de Israel. Nunca ha venido la prometida creación de un Estado de Palestina, y sus sobrevivientes malviven en sus menguantes territorios, cada día más carcomidos por los ocupantes en los últimos 54 años de creciente invasión militar y poblacional. Miren ustedes los mapas.

De la tal invasión el más reciente ejemplo es el que hace unos días desató el actual choque armado: la expulsión forzosa de árabes palestinos de sus tradicionales casas de Jerusalén para entregárselas a colonos judíos. A eso respondió Hamás, uno de los varios grupos armados palestinos, desde su reducto de la Franja de Gaza, con una voleada de miles de cohetes contra ciudades de Israel: a su vez detenidos o anulados por la “cúpula de hierro” de las defensas israelíes. Y seguida por bombardeos y cañoneos por aire, mar y tierra sobre las bases de Hamás en Gaza. Doble ofensiva y contraofensiva, o, como lo explican ambas partes, doble “defensa propia”, que ha dejado ya  —milagrosamente— solo decenas o tal vez cientos de muertos. Mutua o recíproca “defensa propia” que ha sido acompañada en varias ciudades de Israel, llamadas “mixtas”, es decir, de habitantes judíos y árabes, por choques sangrientos entre civiles de los unos y los otros, que llevaban décadas viviendo en relativa paz. Linchamientos de los unos a los otros, incendio de sinagogas judías. Hasta cuando escribo, el viernes 14 de mayo, no han hablado las agencias de prensa de incendios de mezquitas musulmanas.

El conflicto es local. Y tiene raíces, como se ha visto, centenarias, o incluso milenarias: desde los tiempos del Yavé, o Jehová, del profeta Moisés, exacerbados hace más de mil por el Alá del profeta Mahoma, y después por los cristianos de la Cruzadas, y finalmente por los diplomáticos de la reina Victoria de Inglaterra. Pero también tiene medios muy actuales, o muy recientes. Porque ¿de dónde saca la guerrilla palestina de Hamás los miles de cohetes que lanza sobre las ciudades de Israel? Del Irán, que a su vez los fabrica con tecnología rusa. ¿Y de dónde saca Israel sus aviones, sus helicópteros artillados, sus tanques que cañonean desde la frontera? Israel tiene su propia y muy avanzada industria militar: pero la sostiene con fondos de los Estados Unidos.

Lo cual quiere decir que no se ha terminado la Guerra Fría. Aunque esa fue una guerra laica, ahora está siendo reforzada por una guerra religiosa. Vamos de para atrás en la Historia.

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