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Por Antonio Caballero

Estamos gobernados por payasos. Que por añadidura van vestidos de payasos. Tal vez Joe Biden y Xi Jinping, y por supuesto Angela Merkel, sean excepciones de seriedad, de lo que los romanos llamaban “gravitas”, entre la muchedumbre de bufones: el británico Boris Johnson con su despelucada peluca amarilla, lo que era Donald Trump con la suya tan amorosamente repeinada, Vladimir Putin con sus fotos de cazador de osos siberianos con el torso desnudo. Y en una escala más modesta el salvadoreño Bukele con su gorra de beisbolista puesta al revés o el peruano Castillo con su sombrerote de paja de la sierra andina. Todos disfrazados, como nuestro presidente Iván Duque vestido de policía. Grotesco.

Pero más grotesco todavía es lo que acaba de hacer Duque frente al gobierno de los Estados Unidos: pedirle que le resuelva un problema fronterizo nacido de su propia incompetencia (cuando declaró confiadamente a comienzos de su gobierno, hace ya tres años, que “a la dictadura venezolana le quedaban unas pocas horas contadas” gracias a la eficacia de su llamado “cerco diplomático”). Ahora quiere Duque, de rodillas, como es lo habitual en la muy cantada “alianza estratégica” entre Colombia y los Estados Unidos, que estos declaren a la Venezuela de Nicolás Maduro “país promotor del terrorismo”, y lo castiguen en consecuencia. Como si creyera – como sin duda cree – que los Estados Unidos tienen el derecho divino de juzgar y castigar a los demás países del hemisferio, y del mundo. No tardará en pedir que invadan militarmente a Venezuela, como lo han hecho veinte o treinta veces en toda América Latina en los últimos dos siglos, y otras tantas en el mundo entero en los últimos cien años.

Eso, en cuanto al servilismo ante el imperio, al que Duque acude como árbitro. A ver si cuando salga de su cargo actual vuelven a darle puesto en el BID en Washington para que pueda practicar  el inglés en que habla consigo mismo.

Pero peor es lo que se refiere a su obsesión retórica con Venezuela, a la que acusa de todos los problemas de Colombia. De la violencia en la frontera, del misterioso atentado contra la brigada en Cúcuta, del todavía más misterioso contra el helicóptero presidencial del que él y sus ministros salieron milagrosamente incólumes, y que al parecer dirigía un oficial retirado del Ejército. Pero así como los abusos policiales dan pie para que el presidente se solidarice públicamente con ellos haciéndose retratar disfrazado de policía, el atentado cometido por un exmilitar bandido, dice el presidente, no hace de él un bandido ni contamina su condición de exmilitar. Pese a toda prueba de lo contrario, las fuerzas armadas están por encima de toda sospecha. Si acaso, “manzanas podridas”. Y “¡AJÚA!”, como entona con voz marcial el general Zapateiro.

Para sumarse a la siempre culpable Venezuela le cae ahora del cielo a Duque el Perú de Pedro Castillo: otro castrochavista. Lo que él necesita: más disculpas para su incompetencia. Y eso sin contar las disidencias de las Farc, el  ELN, y el omnipresente y todopoderoso narcotráfico, enemigos despiadados de la virgen de Chiquinquirá. La cual, para citar al presidente, “nunca nos ha abandonado.”

Aunque parece ser que esta vez sí.

En todo caso, con su petición de sanciones a Venezuela por parte de la Providencia, a Duque lo tiene sin cuidado el agravamiento de las tensiones entre los dos países fronterizos  e interdependientes. Ni le importaría que, llegado el caso de una invasión armada, esta desatara una guerra entre los dos: una de esas guerras entre vecinos que suelen quedar como  secuela de las intervenciones militares norteamericanas: entre las dos Coreas, entre los dos Vietnams, entre Vietnam y Camboya, entre Siria e Irak. Por el contrario: eso le demostraría a su vanidad que su “cerco diplomático” tiene dientes. Y da igual que sean ajenos.

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