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Por Daniel Samper Ospina

Como todos los días, saqué a las mellizas al parque porque las gordas se desesperan en la casa y Carlos Felipe, mi marido, ahora se la pasa de mal genio, y es grite aquí, grite allá, haga mala cara con ese teletrabajo por toda la casa, mejor dicho, mijitico, horrible (tú lo vieras, coge ese Zoom y le dice al uno que es guerrillero, al otro que es un hijuetantas y, bueno, como un loco, como es Carlos Efe: tú lo conoces).

Bueno, saqué a las niñas, pero resulta que no le cabía un solo escolta más al parque, lo más  de raro: hasta bueno, pensé, porque uno sale con sus hijos y vaya a saber con qué se encuentra: que migrantes, que gente pidiendo, que vendedores ambulantes, que marihuaneros: tantos riesgos que hay, mija, que si uno empieza no termina nunca…

Me acerqué y efectivamente allá estaba el viejito ese canoso que te conté la vez pasada: ¿sí te acuerdas? Un señor muy amable que anda con un vestido de paño muy elegante, pero que se pone Crocs, mija, ay no, un personaje: hay unos viejitos que dios mío….

El señor estaba ahí con su niño.

Yo los conocía del jardín infantil al que llevaba a las gordas, el de “Mis primeros huevitos”, porque el viejito llevaba a ese mismo jardín a su chiquito. Pero vieras cómo se le estiró el gordo, ahora está gigante, y con unos hoyitos que se le hacen en los codos y en los cachetes para comérselo, divino.

—Ve —me le acerqué al viejito—. Está gigante tu gordo: ¿sigue igual de juicioso?
—Qué va —me dijo el viejito todo bravo, todo sincerote—: ¡vos vieras las penas que me está haciendo pasar!
—¿Pero todavía lo tienes en clases de música?
—Nada, home, no… Si es que ahora no me da pie con bola. Y encima adora la gaseosa…

Y era verdad: las quería eximir de impuestos el gordo sinvergüenza, divino.

Bueno: el viejito desesperado me contó que el niño toma Coca Cola a toda hora, y a él le preocupa (porque además prefiere productos Postobon) y que le quita los dulces a los niños de Bojayá para comérselos él, y que eso lo pone a mil. Y se notaba porque estaba todo acelerado: hacía malabares con la pelota, se trepaba en el pasamanos, jugaba a que era presentador: mejor dicho, la locura.

—Trata de que le baje al dulce o no te duerme —le dije al señor, así quedara como una metida—. Y si me dejas que opine, a veces también es bueno ponerles límites.

Y se lo dije porque el gordo andaba como un loco: eso en ese columpio parecía que se iba a caer. Y así como en el jardín lo vestían divino, con unos pantalones cortos escoceses para derretirse, esta vez andaba terrible. Todo le quedaba como grande.

El viejito se animó a hablarme:

—El niño no me recibe frutas, ni siquiera naranjas —me dijo.
—Hay que enseñarles a comer de todo —le respondí, porque es verdad.
—Que días le di jugo de banano y fresa y me lo devolvió: me tocó hacérselo tragar y darle otro para que aprenda.

Yo ni sé qué le dije al viejito, pero él siguió:

—¿La señora, disculpe, que les da a sus chiquitas de desayuno? —me preguntó.
—Huevo —le dije—. El huevo es muy nutritivo.
—Yo a este no le puedo dar huevitos porque apenas ve una cacerola me hace una pataleta horrible…
—¿Y si se los da tibios?

El niñito subía y bajaba como loco y comenzó a jugar en la arenera y a embarrarse todo y a embarrar a todo el mundo.

En esas empezó a llegar un montón de gente a tomarse el parque, pero tú vieras la cantidad: mucho estudiante mechudo, mucho hippie. Y yo dije: ay no, otra vez vienen estos acá a molestar, a dañar cosas y que se armen trancones. Porque yo sí te digo una cosa: vienen, arman el trancón, se tiran el Transmilenio, y al final ¿quién paga? Pues uno porque le llega tarde la empleada.

Te digo que el parque se llenó, llegó un montón de gente con pancartas de protestas, y todos sacaron unas cacerolas que las tenían todas vueltas nada, y empezaron a darles: y dele, y dele, y dele a la cacerola. Y el niño que oye eso, y se tapa los oídos, y arranca con una pataleta que ni te puedes imaginar: se le prende al señor de las piernas, así, las abraza durísimo, no le soltaba las rodillas, muerto del susto.

Y el viejito era cálmelo y cálmelo, pero el niño berreaba más duro, mija, y el viejito furioso, y mientras tanto llegue y llegue gente hasta que empieza ese niño a vomitar. Y ahí fue que el viejito se puso furioso y arrancó a perseguir al niño dizque para que se tomara el vómito, pero como loco. Ahí llegaron un poco de jóvenes que comenzaron a cantar con palabrotas, porque esa es la juventud de hoy en día, mija, qué tristeza, todo es vandalismo y grosería. Ya en ese momento habían llegado unas patrullas de la policía, entonces el viejito arrancó a ordenarles que usaran su derecho de dispararles a los vándalos. Les gritaba que ellos no fueron a recoger café. La locura.

Yo agarré a las niñas de la mano muerta del miedo y me fui derechito para la casa. Nunca había visto nada así, te juro. Ya en la casa estaba Carlos Efe, y eso era furioso por no sé qué problema que tenía en el trabajo y gritaba por ese Zoom como loco.

Te juro que casi me devuelvo. Pero las gordas se pusieron necias porque llegaron muertas de hambre. Entonces les hice un juguito de banano y fresa que se tomaron felices. Es que ellas sí están muy bien educadas.

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