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Por Daniel Samper Ospina

Había una vez un anciano carpintero que quiso fabricar un títere con un hermoso tronco que encontrose en el bosque. Se empeñó tanto en tal propósito el abuelo que el juguete le quedó precioso: de su cincel emergió un títere de madera regordete, de nariz redondeada, mejor del todo que aquel que labró en 2014 y cuyo entrecejo quedole espantoso. En cambio, esta era la marioneta más hermosa que sus manos habían tallado, al punto de que, al rematarla, suspiró:

—¡Ajualá tuviera vida y fuera hijito mío, home! ¡Lo mimaría y lo educaría para que se bebiera jugos de cualquier sabor!

Lo que el tierno abuelo no sabía es que el Hada Azul espiábale detrás de las cortinas, sentada discretamente en una silla, e invocaba las fuerzas vivas del Partido Conservador para hacer su magia:

—Pinocho Duque —díjole—: seguirás siendo de madera hasta que demuestres que puedes ser una persona de verdad, porque esto acá no es de atenidos. Pero te daré vida.

Tocó entonces al muñeco con su varita mágica, y al hacerlo la prodigiosa mujer cayose de la silla de manera cómica.

El grillo Pepe Lafaurie, que había escuchado atentamente la escena, prometió al Hada que se convertiría en la voz de la conciencia de aquel títere fabuloso. Pero luego propusiéronle ganarse un 5% en cada negocio de Fedegán y abandonó al muñeco para dedicarse a sus comisiones.

A la mañana siguiente, el abuelo despertose, calzose los Crocs y encontró al precioso muñeco dando saltos de felicidad por el taller. El anciano, lleno de alegría, abrazó al pequeño y le prometió la presidencia.

—Eh, ave maría, qué marioneta más preciosa: ¡con vos retomaremos el poder! —manifestole.

Y mandolo a la sede de su partido para que se preparara.

En el camino, Duque Pinocho conoció a un niño muy divertido a quien llamaban el Ñeñe, que lo invitaba a parrandas vallenatas; y se hizo amigo de un zorro que tenía avión privado y aullaba canciones italianas, al que por eso mismo algunos confundían con un lobo. Con ellos se fue de fiesta en fiesta y trepó a escenarios en los que actuaba como un gracioso títere que hacía maromas con la pelota, cantaba canciones con la guitarra y prometía que no subiría impuestos, mientras la gente lo vitoreaba, divertida.

Pero hete que te hete que tras cada mentira su respingada nariz comenzaba a crecer y la gente que antes lo celebrara comenzó a observarlo con desconfianza. Algunos, incluso, empezaron a protestar y a tirarle tomates y huevos de 1800 pesos, en la medida en que consiguiéranse en el mercado, porque dieron los productos en escasear.

Una carretilla tirada por Andrés Pastrana, y cargada de varios niños de la Sergio Arboleda, pasó al lado de Pinocho Duque cuando este no salía aún de su desconcierto.

—Vamos a la isla de los juegos: allá pensamos aislarnos todos, incluyéndome a mí, que soy el niño más preparado de este cuento —invitole uno de sus amiguitos.
—Vamos, amigo, que allá montaré mi protestódromo —dijo otro, de prominente mechón, para animarlo.

Cuando llegaron a la isla, todos los niños jugaban: uno se hacía llamar ministro, el otro estrenaba escoltas, el más pequeñito insistía en que era el segundo niño más importante de la isla. Este causole gracia a Duque Pinocho, al punto de que decidió meterlo en su bolsillo, junto a los demás entes de control.

Pero sucedió que la misma isla comenzose a llenar ella también de personas con cacerolas y gente que marchaba, y se hizo presente también un niño muy brioso, de pantalón corto y zapato Ferragamo, que andaba con un megáfono por todas las calles.

Tomáronse a la isla la rabia, el vandalismo, el descontrol, y a Duque Pinocho comenzáronle a salir orejas de burro, por fortuna de idéntico color al de sus canas, y huyó corriendo para buscar a su papá, el Uribeto eterno de su afecto.

—¡Perdona por haberme marchado, papá! —gritó mientras abría la puerta, arrepentido de sus aventuras.

Pero nadie contestó. Una Paloma Valencia que pasaba entregole una carta en la que el bondadoso abuelo anunciaba que iría a buscarlo en una barca para rescatarlo de su isla. O de su aislamiento.

—¡No permitiré que nada malo te suceda! —dijo entonces Duque Pinocho y partió en una vieja barca a buscar a su señor.

Llevaba unas horas navegando cuando se topó con una enorme ballena que engullolo junto a otros diminutos pececillos.

En el buche del animal todo estaba a oscuras, pero Duque Pinocho observó la silueta de un hombre y una tenue luz de vela bien al fondo, hagan de cuenta hacia el colon, y aproximose hacia ella.

—¿Eres tú, papá?
—Ni lo soy, ni no lo soy, sino todo lo contrario: soy Sergio Fajardo; estaba observando a esta bella ballena desde la playa y terminé acá adentro, un poco perdido… Si querés comer tengo acá tres platos vacíos: servite lo que querás…

Duque Pinocho propuso entonces organizar la Copa América y con la cortina de humo que produjo tal noticia, la ballena padeció un sideral estornudo que sacó disparado al títere hermoso.

En el mar picado observó que su anciano padre sobreaguaba en una balsa, y pensó para sus adentros:

—Si quiero dejar de ser un tronco, y convertirme en un presidente de carne y hueso, tengo que comenzar a decir la verdad, tanto en español como en inglés, y desobedecerle a mi padre.

Pero angustiose ante la furia de las olas y corrió hacia aquel para que lo rescatara, y padre y títere fundiéronse en un abrazo mientras el hada Madrina ocupaba la silla más importante del servicio exterior. Y se caía graciosamente de esa silla.

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