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Por Daniel Samper Pizano

CUENTO DE NAVIDAD

Aconteció que por aquellos días salió un edicto de César Augusto para que se empadronase toda la población, y la gente acudía a censarse en su ciudad. Nabor subió de Galilea a Belén con Lía, su mujer, que estaba encinta. Y cuando fue a dar abrigo y forraje al buey y la mula que los acompañaban desde Nazaret se encontró con José, un carpintero descendiente de David, y con su esposa, María, que ocupaban un rincón del pesebre por no haber sitio para ellos en el mesón. Nabor, que odiaba a los pobres, les advirtió que no intentaran robarle su equipaje ni aprovecharse de sus animales, ni alquilarlos, ni venderlos, porque los denunciaría ante las autoridades para que los expulsasen de la villa. Dicho lo cual marchose a la rica mansión de sus primos, donde lo esperaba su mujer.

Estando allí se cumplieron los días de su parto, y Lía dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en finas sedas y lo acostó en cuna mullida y lo alimentó con leche tibia de asna, miel de Egipto y papilla de trigo del Nilo. Llamaron al niño Barrabás y este distinguíase por un prematuro bozo, ojos negros que echaban chispas y cuatro dientes que con él nacieron. Era esta la razón por la que su madre, destrozada por los mordiscos del niño, negábase a nutrirlo de su propio pecho. Razón tenía Lía.

Esa misma noche dio a luz también María, la mujer del carpintero, y el buey y la mula abrigaron al niño con su vaho.

Al siguiente día, Nabor acudió a visitar a sus animales y descubrió que el aliento de las bestias calentaba al crío de María y José. Iracundo, les prohibió que volvieran a aprovechar a sus semovientes y les cobró seis denarios más IVA por concepto de “servicio de vaho”. José no pudo hacer otra cosa que empeñar sus humildes chiros para cancelar a Nabor la deuda. Era un robo miserable, pero con él se cumplía lo que había escrito el profeta: “Llegará un hombre que seguirá lo que indica su nombre al revés y despojará a la familia del Redentor de sus ahorritos”.

Y he aquí que, pasadas unas noches, apareció una estrella en lo más alto del firmamento y, guiados por ella, arribaron unos hombres sabios que preguntaban: 

—¿Dónde está el rey de los judíos, que acaba de nacer?

No bien oyó esto, Nabor corrió adonde Lía y díjole:

—Prepara a Barrabasito, que han llegado a venerarlo unos magos de oriente. 

Lía tomó entonces a su pipiolo y bañolo, afeitolo, cambiolo y vistiolo con suntuosos trajes para que los sabios se postraran ante él. La estrella luminosa, sin embargo, pasó de largo por la mansión de los primos de Nabor y se detuvo encima del pesebre para que los magos adorasen al Hijo de Dios, que era ese chino humilde nacido entre secas pajas. Y de hinojos lo idolatraron y le ofrecieron como dones oro, incienso y mirra, mientras un coro celestial entonaba cánticos desde lo Más Alto.

Al ver lo cual, Nabor montó otra vez en cólera y, ciego de la envidia, se dirigió al rey Herodes, amigo suyo y primo de un tío de la cuñada de un hermano de Lía, y denunció a la familia del carpintero por “apropiación de bien público y nacimiento en lugar no autorizado”. Entonces Herodes, en presencia de Nabor, llamó a los príncipes de los sacerdotes y ordenó el degüello de todos los niños menores de dos años. Nabor saltó alarmado:

—¡Deteneos, porque uno de ellos es mi hijo Barrabasito!

—Razón tenéis —contestole Herodes—: daré muerte a todos, menos al niño de hirsuta barba, fétido olor y duros dientes, a quien considero mi ahijado.

Y Nabor agradeció a su compadre.

Pero he aquí que un ángel del Señor advirtió del peligro al carpintero, y él y su familia lograron huir a Egipto.

Al saber que los nazarenos habían burlado el cerco, Nabor dijo a su primogénito: “Has sido insultado por un tal Cristo, que se hace llamar Hijo de Dios. Óyeme bien: desde ahora hasta su muerte, lo perseguirás y te ensañarás con él, lo difamarás y atacarás, y te convertirás, en fin, en el Anticristo”.

Pusose en pie Barrabás, a pesar de que solo tenía entonces pocas semanas de nacido, escupió el tabaco que fumaba, tosió con voz ronca, soltó un sonoro cuesco y juró solemnemente que cumpliría su promesa.

II

En aquellos tiempos Jesús había alcanzado los ocho años y coincidió en la escuela pública con Barrabás, que esperaba el momento para empezar a honrar la palabra empeñada a Nabor, su padre. Mientras aquel, como Hijo de Dios, era sabio por naturaleza, Barrabás, por ser vástago de Nabor, era vago y tan burro que cuando respondía mal una pregunta el profesor espetábale:

—¡No digas barrabasadas, niño!

Capitaneaba Barrabás una bandita de niños delincuentes que dedicose a matonear a Jesús, quien los soportaba con paciencia hasta que un día emberracose y anunció:

—¡En verdad os digo que la próxima vez que destruyáis mis cuadernos o intentéis golpearme, mi padre enviará un ángel para que os dé en la jeta!

Llegó el momento en que María y José, agobiados, retiraron al niño del colegio y durante dieciocho años no se supo de ellos. Mientras tanto, y al faltar su principal víctima, Barrabás optó por golpear y robar a otros ciudadanos, hasta que Caifás, que se consideraba a sí mismo el segundo mejor fiscal de la historia, logró que encarcelaran al bandido.  

Reintegrado Jesús a la vida pública, formó un interesante equipo de gobierno con pescadores y profesionales al cual, por desgracia, se coló un antiguo miembro de la banda de Barrabás llamado Judas Iscariote, que traicionó a Jesús. Usábase entonces que en la celebración pascual un recluso fuese liberado por petición ciudadana. Conducido ante Pilatos, magistrado célebre por su pusilanimidad, propuso el togado al populacho que escogiera entre dos reos: Cristo y Barrabás. Bajo la influencia de las intrigas, estimulado por las prebendas, intoxicado por la mala prensa y aconsejado sin tino por los políticos, equivocose el pueblo —como suele ocurrir— y votó en contra de Jesús y a favor del hampón.

Quedó entonces libre Barrabás y diose el gusto de asistir a la crucifixión de su enemigo. Con lo cual se cumplió lo que había escrito el profeta: “Dios protege a los malos cuando son más que los buenos”. 

Y así siguió ocurriendo a lo largo de la historia por los siglos de los siglos. Amén.

(Adaptado de un capítulo del libro de DSP La mica de Titanic).

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