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Estados Unidos está viviendo una elección plebiscitaria: la gente vota a favor o en contra de Trump. En una increíble paradoja Joe Biden, el eventual ganador de la contienda, resulta irrelevante.

Por Daniel Coronell

Hoy, dos días antes de las elecciones, las encuestas dicen que Joe Biden será el próximo presidente de Estados Unidos. Hay que advertir que hace cuatro años daban por segura la elección de Hillary Clinton y aquí estamos. Los encuestadores afirman que ahora es diferente porque las mediciones se han concentrado en la intención de voto en cada estado y llevan dos años poniendo “la oreja en el piso” para reflejar los movimientos en unas zonas del país que tradicionalmente estaban por fuera del radar estadístico. Son las mismas zonas de blancos empobrecidos por la globalización donde Trump logró ganar e inclinar la balanza.

La explosión del voto temprano señala que antes de abrir las urnas ya habrán votado 87 millones de personas, más del 63 por ciento de quienes lo hicieron hace cuatro años. Sostienen los expertos que esa votación anticipada refleja en proporciones parecidas el temor a las congestiones por el coronavirus y el sentimiento anti-Trump. No se puede saber cómo han votado los que ya lo hicieron pero sí a qué partido pertenecen: el 47 por ciento de ellos son demócratas y el 33 republicanos. Los demás son independientes o no declaran filiación política.

También los electores de grupos tradicionalmente apáticos parecen estar moviéndose a favor de Biden. El 43 por ciento de los clasificados como votantes no frecuentes o nuevos, dicen ser demócratas, frente al 25 por ciento que se presentan como republicanos.

Lo curioso es que este fervor inédito que recorre Estados Unidos    -y contagia a muchos países- se está produciendo alrededor de un candidato que no despierta mayor entusiasmo: Joe Biden no es un hombre particularmente carismático. Solo una persona normal, capaz de discrepar sin ofender y que presenta una serie de propuestas no muy creativas pero sí sensatas y realizables.

En tantos meses de intensa campaña las discusiones rara vez se han detenido en un punto programático. El eje del debate ha sido Donald Trump. Nada más.

Estados Unidos está viviendo una elección plebiscitaria: la gente vota a favor o en contra de Trump. En una increíble paradoja Joe Biden, el eventual ganador de la contienda, resulta irrelevante. Más que el éxito del candidato demócrata lo que está por celebrarse es el fracaso de Trump, si es que fracasa.

El actual presidente ha desafiado, con buenos resultados, la lógica política. En lugar de buscar los votos del centro, que históricamente han hecho la diferencia en las elecciones de Estados Unidos, Trump armó un discurso para activar la extrema derecha.

La retórica nativista y antiinmigrante de Trump ha calado profundo en una sociedad que conserva muchos prejuicios racistas. En esas taras, Trump encontró un filón político para ganar. Él ni siquiera cree en lo que predica. Mientras ha hecho todo para estigmatizar,  perseguir y expulsar del país a los trabajadores indocumentados, sus empresas probadamente han contratado gente sin papeles. Hasta las amas de llaves de su casa de descanso en Nueva Jersey resultaron ser indocumentadas centroamericanas.

Su silencio cómplice frente a los atropellos policiales contra los afroamericanos y su apoyo tácito a los grupos supremacistas blancos, desataron este año las mayores protestas raciales de la historia. Trump las ve como un punto a su favor. Piensa que el pánico frente a ese movimiento hará que crezca el respaldo de los votantes blancos a su causa.

Señalado adúltero y putañero, Trump se presenta ahora como el paladín de los valores cristianos. Usando la perniciosa influencia de los pastores evangélicos en la política, Trump ha convertido los templos en una maquinaria formidable para arrastrar feligreses a las urnas. Uno de los más influyentes, el pastor John Lafitte cabeza de la Iglesia del Rey Jesús, predica en estos términos: “La mujer tiene derecho a su cuerpo pero no tiene derecho al cuerpo del bebé. Vamos a votar por la vida, no por la muerte. Vamos a votar contra el socialismo”.

Para conquistar votos de cubanos, venezolanos y colombianos en Florida, Trump ha desatado una campaña que presenta a Joe Biden como un títere del castrochavismo. Nada más apartado de la realidad, pero al tambor de un grupo de políticos lagartos de Colombia, la propaganda captura incautos en la zona de Miami Dade.

Mientras tanto, internamente Trump se comporta como los autócratas que critica de dientes para afuera. Usa el ejército para reprimir una manifestación pacífica al lado de la Casa Blanca, solo para tomarse una foto empuñando una Biblia y usando la fachada de un templo como telón de fondo. Se declara en oposición a la ciencia y desacredita a los científicos que discrepan de su irresponsable manejo del que llama “virus chino”.

Es posible que por todo eso gane. Es probable que por todo eso pierda. El que menos tiene que ver es Joe Biden.

PD: Siento mucho el fallecimiento de Horacio Serpa. Un liberal de verdad. Con él se podía hablar a pesar de las diferencias.


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Categories: Daniel Coronell

One comment

EL GANADOR IRRELEVANTE

  1. Trump el falsario, el retrógrado, el hipócrita, el machista, el matón, el arbitrario, el indecente, el tramposo, el mentiroso, el disociador, el racista, el bufón, el prevaricador, el corrupto, el adúltero, el cizañero, el evasor de impuestos, el payaso, el desalmado, el negacionista del cambio climático, el ególatra, el narcisista, el idiota, el tramador, el sucio…etc., etc., etc., y muchos adjetivos peores mas. Están los gringos locos por respaldar una cosa así; pero los uribistas están relocos por sumarse a esta causa, con sus sucias estrategias y desfachatez, y por apostarle al caballo que más les conviene pero que les cobrará su servilismo bien caro en caso de que gane la carrera. Los hará sus esclavos. Porque este individuo no sabe de agradecimiento ni retribución; no tiene sentimientos porque para él el universo solo es él. Mala e insensata apuesta sres. centro-democráticos .

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