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Por Daniel Samper Ospina

Vencido por el hastío de mi vida adulta, esta semana contemplé yo también lanzarme a la presidencia: sumarme a las 60 personas que sueñan con gobernar al país; calarme una gorra como si fuera, no digo que un joven Cabal, pero sí el Álex Char, el Papi Char, acaso el candidato más erótico del país; y salir cada día a pedir firmas, por lo menos mientras empieza el programa de Amparito Grisales, Yo me llamo, para quemar tiempo.

—Yo me llamo Daniel. Y quiero ser tu presidente.

Pensaba decirlo con la misma voz que Petro usa en sus discursos, y patonearme de paso un par de barrios pobres, a los que llegaría en Transmilenio. Contemplaba lanzarme por el Pacto Histórico, aunque todos sabemos que no existe: el Pacto Histórico son los papás. Es decir, Petro: los demás sirven apenas de escenografía. O lanzarme por la “Coalición de la experiencia”, la coalición de “Los mismos con las mismas”: aquellos señores que se tomaban fotos en un almuerzo en Barranquilla, ataviados todos con la camiseta de la selección Colombia, salvo uno de ellos —el Papichar, precisamente— que vestía buzo del Júnior y cachucha de arquero. Parecía el equipo de rodillones de una empresa, acaso de Supertiendas Olímpica. Brillaba especialmente el precandidato Echeverry, quien pasó de ser un altivo economista de los Andes —acostumbrado a observar por encima del hombro a todos los políticos— a tomarse fotos en un articulado y posar en las comunas de Medellín: como todo un manzanillo. 

—Venga y alzo de una vez a este bebé, wuón… —le dijo a un asesor en Barranquilla.
—Soy el ministro Malagón, candidato. Por favor bájeme.

Pobre: ha comido mazamorra, alzado bebés y montado en buseta como nunca jamás lo había hecho, en gesto apenas comparable al de Alejandro Gaviria: allí tienen a dos tecnócratas Uniandinos, de la Facultad de Economía, que ahora se dan al pueblo como si fueran Evita Perón: de enseñar el Ebidta a imitar a la Evita. 

Podía lanzarme también por el espectro de Gaviria: el espectro que parece un espectro, porque es inmaterial, nada es concreto:  y por eso mismo asusta. 

Pero desistí de todo impulso puesto que los líderes de centro decidieron armar paseo para definir sus cosas. Lo convocó Juan Fernando Cristo y lo bautizó como cónclave. Será una suerte de encierro —en finca u hotel— del cual no se levantarían hasta que salga humo blanco.

No soy persona de ese tipo de planes, digo la verdad. En el colegio odiaba los retiros espirituales. La sola perspectiva de encontrarme al doctor De la calle en piyama de pantalón de corto de tierra caliente, en el comedor de la finca, me llena de ansiedad. Agarrarme de las manos con Robledo, con los ojos cerrados, en algún ejercicio de confianza o confesión, me pondría incómodo.

Encima de todo, los políticos de centro son incapaces de ponerse de acuerdo y la única manera de que entre ellos exista el humo blanco es que Jorge Enrique Robledo procure escapar por la chimenea. 

A la fecha, Juan Fernando Cristo no ha logrado decir exactamente dónde será el encuentro, aunque lanzó una sugerencia:

—Puede seg en Baguichagga —dijo a uno de los convocados. 

Mi sugerencia es que lo organicen en el Irotama o cualquier hotel de playa para hacerlo más agradable, a pesar de los problemas de retención de líquidos en los tobillos que se presentan a esa honorable edad. Allá podrán encerrarse a sus anchas, jugar cartas en el día y mímica en la noche y almorzar como una familia, incluso en platos con comida, como sueña Fajardo. Los hermanos Galán podrían compartir habitación y permitir que la coalición ahorre ese gasto. Y debatirían en vestido de baño sus pormenores hasta que lleguen a acuerdos.

—La coalición es libge de politiqueguía —diría Cristo.
—Entonces por favor retírate —anotaría Gaviria.
—Y libre de nepotismo y otras prácticas —diría uno de los Galán.
—Entonces guetíguense ustedes —diría Cristo.
—Debe ser una coalición que tenga agenda social —diría Gaviria.
—Entonces retírese, neoliberal —diría Robledo.
—Me serviré algo en estos tres platos. Se puede —anotaría Fajardo. 

Los presidenciables discutirían largamente, cada uno desde la superioridad moral, pero en pantaloneta y guayabera. Sería como observar un capítulo del Chavo cuando la vecindad se iba a Acapulco. La única mujer es Íngrid Betancur, a quien invitaron a última hora para que el asunto no parezca un encuentro de exalumnos del Gimnasio Los Cerros. 

He sentido conmiseración por los amigos del centro como nadie. Los observaba en sus planes de campaña y me conmovía hasta las lágrimas: viajaban a Buga, se sentaban en círculo en cuatro sillas Rimax y hablaban sobre la importancia de la educación; se citaban en la pastelería La Dacha, de Cúcuta, y pedían pastel de garbanzo. Solo debatían de verdad en el momento de pagar la cuenta, para determinar quién pidió qué. De resto, todo parecía una rutina pacífica pero triste: cinco o seis pensionados que se sentaban a “arreglar país” y a tomar tinto. Quemaban tiempo fuera de la casa de la manera menos emocionante posible, es cierto, aunque también de las más sana: recorrían la ruta de un Transmilenio de comienzo a fin, mientras cabeceaban contra el vidrio como Falcao García. Sergio Fajardo sucumbía a microsueños; Jorge Enrique Robledo se escurría en su silla a la manera de Bernie Sanders; emocionaban tanto como un matrimonio viejo, alejados del todo de esa vitalidad que uno observa en el atlético ingeniero Rodolfo Hernández, quien a los casi ochenta años se pinta el pelo de henna color cobre y sale a devorarse el mundo: graba videos de Tik Tok mientras hace ejercicio en parques de recreación pasiva. ¡Viejo hermoso! Eso sí es un candidato.

Los amigos del centro, en cambio, hacen gala de una parsimonia deprimente, pero tienen la virtud sideral de no ser los demás. He ahí su única virtud: no ser los otros. Parecen unos maridos viejos y desabridos, pero son a la vez un punto de reposo: no representan aventuras temerarias, como las de los divorciados mayores de 50 años que se lanzan a las discotecas con el pelo teñido con la patética intención de conquistar muchachas de la edad del ministro Malagón.

Me da pesar retirar mi aspiración, lo digo de verdad: pero el plan del cónclave me resulta excesivo. Además, temo el resultado final. Los miembros de la coalición solo deben llegar unidos, como los matrimonios: nada más; he ahí su misión primordial. Pero lo único que supera la dimensión de la oportunidad que tienen servida, es el tamaño mismo de sus egos. Y me temo que al final del encuentro pelarán un cobre del color del pelo del ingeniero Hernández.

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