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Por Daniel Samper Ospina

Polombianos, les pido que no toquen esta estatua. Hoy, viernes 16 de mayo de 2031, en el día número 3668 del paro nacional, permítanme tomar este megáfono para explicarles quién fue el prohombre que inspiró esta rolliza figura en bronce que ustedes pretenden arrojar al piso, como si no se tratara del doctor Duque sino de su segunda de a bordo, doña Marta Lucía Ramírez (cuya estatua, por cierto, tumbaron la semana pasada: por fortuna fue inmortalizada en el momento mismo en que se lanzaba de bruces desde una silla, con lo cual nadie se enteró de semejante acto de vandalismo. El de tumbar la estatua. No el de caerse de la silla).

Soy historiador y fui por años profesor de Historia de la Universidad Sergio Arboleda, una institución que existía en aquel momento en el devastado lote donde hoy queda el monumento a los Crocs viejos (que vandalizaron el año pasado). Antes de acabar con esta estatua, permítanme explicarles quién fue Iván Duque, el hombre que aparece erguido y férreo en posición de dormir en la frente una lustrosa pelota de fútbol. Esta mole de bronce es pieza única. No solo se trata de la última obra que dejó el maestro Botero, sino que inspiró la mascota de la Copa América del año 2021, cuya histórica final, recordémoslo, se disputó entre la selección Argentina y el escuadrón 14 del Esmad colombiano, con triunfo para Colombia. Echarla al piso significaría una injusticia histórica inmensa. Y les explico.

Sí, amigos. Los de allá atrás, los que están al lado del neumático en llamas: acérquense y guarden las pinturas. Y pónganse el tapabocas, por favor: recuerden que el virus no se ha ido de Polombia y ya y no quedan ucis disponibles.

Los de la barricada del costado también acérquense y escuchen. Por aquellos días, como digo, la mayoría del pueblo polombiano aborrecía al rollizo mandatario que acá aparece inmortalizado. Es algo que suele suceder a los pioneros, y el presidente lo era: fue el primer y único mandatario del mundo en tratar de subir impuestos durante una pandemia, asunto que originó nuestra protesta, para los jóvenes que no lo saben. Por aquellos años, el país andaba en una crisis social muy grave y, al decir de algunos historiadores, el doctor Duque tomó algunas medidas que el pueblo, generalmente ignorante, no comprendió: uno, cobrar más impuestos; dos, mandar al pobre viceministro de Hacienda a que fuera soltando pedacitos de artículos en la radio, para medir el aceite; tres, gravar el aceite. Y cuatro, impedir que el ministro Carrasquilla saliera en los medios, salvo para decir que una canasta de huevos valía 1800 antiguos pesos. (En esa época había huevos).

Todo aquello enardeció los ánimos y, bueno, ustedes lo saben: la protesta terminó obligando a Duque a salir a hurtadillas en su avión, de madrugada, ya no rumbo a Cali, sino a Sillicon Valley, donde montó un emprendimiento digital con su hermano Andrés.

Sé que pocas cosas han cambiado desde aquel difuso 2021 en que el entonces autodenominado comité de paro firmó unas concesiones para levantar la protesta, que nosotros desconocimos, porque ninguno de ellos nos representaba. Como tampoco nos representa la nueva mesa directiva, autonombrada ayer, que trajo nuevas exigencias, como la de pedir que se lance al Congreso Epa Colombia.

Y sí: el paro sigue. Nunca se acabó. Pero, sea como sea, la obra de gobierno del Presidente Duque fue definitiva para el país.

Es verdad que huyó de noche. Pero ¿no hizo lo mismo su sucesor, acaso, el doctor Petro, cuya estatua, recuérdenlo ustedes, tumbamos en las marchas de hace cinco o seis años, cuando también logramos la caída del Régimen Humano, y el propio doctor Petro tuvo que exiliarse en Italia, desde donde de todos modos gobernaba?

Dejen quieta entonces la estatua del señor Duque, compañeros. Reivindiquemos la imagen de este líder ejemplar que, entre otros logros, fundó Polombia, reinventó la gramática, consiguió acabar con Tu Voz Estéreo y, más importante aún, enterró al uribismo para siempre, todo en menos de tres años: ¿qué más pedirle a un mandatario? En vano los de aquella colectividad inventaron teorías de la revolución molecular o acudieron a los subsidios de los que denigraban ideológicamente. La labor de Duque fue fulminante al punto de que Álvaro Uribe tuvo que retirarse por siempre de la política, teñirse las canas color fucsia e ingresar a uno grupo de k-popers, desde donde trata de sabotear en vano tendencias de gobiernos de izquierda.

Borremos los grafitis que manchan la pelota… la de la frente. Lustremos el porcino sobre el que cabalga el expresidente en esta estatua ecuestre; y valoremos más bien los detalles artísticos, los pliegues realistas de hierro forjado del paquete de platanitos que sobresale del bolsillo.

En este país injusto tumbamos estatuas por deporte, o, peor, dejamos a nuestros mejores próceres sin estatua, como la excanciller Claudia Blum, un nombre que seguro no le dice nada a nadie, pero que en su momento rompió en dos la historia de la diplomacia. En dos o en más pedazos. La volvió trizas, mejor dicho: la vandalizó.

Pero no cometamos este atentado histórico contra el hombre que consiguió derrumbar al uribismo en una caída magistral, comparable apenas a la de la vicepresidente de aquella época. Y ahora tengan cuidado, que ahí vienen los del Esmad: ¡corran!

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