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Por Enrique Santos Calderón

Más allá de marchas y choques y de rabias o miedos, el interminable paro nacional ha dejado lecciones tan profundas como estimulantes. O preocupantes.

Nos mostró, a la brava, todo lo que Colombia ha cambiado. Sacó a la calle la enorme diversidad cultural, social y étnica de una comunidad marginada e inconforme, que se encontró a sí misma en medio de una protesta colectiva sin precedentes. En el Pacífico, el Altiplano y el Caribe; en barrios de las grandes ciudades; en pueblos del Putumayo o Boyacá, entre gases y piedras, tambores y comparsas, brotó un país joven y contestatario, cuya rebeldía exhibe un dinamismo infatigable y —me atrevo a decirlo— una extraña persistencia. Todo esto sin líderes ni caudillos, sin partidos políticos ni organizaciones revolucionarias, remplazados por una militancia de otro tipo donde no han faltado humor, imaginación ni irreverencia. Solo puedo imaginar —porque no salí a la calle— la manera como pelados y pensionados, afros e indígenas, mamás y desempleados se encontraron y conocieron mejor al calor de una protesta compartida.

Menos folclórico ha sido el componente destructivo y anárquico del paro nacional, cuyos efectos políticos favorecerán a los más duros exponentes de la ley y el orden. Es cierto que “la protesta no puede ser una procesión de Semana Santa”, como dijo un profesor universitario. Los desmanes garantizan eco y prensa y “los disturbios son el lenguaje de los que no han sido escuchados”, como dijo hace cincuenta años Martin Luther King.  Cierto, pero no será la izquierda la que se beneficie. En esto Álvaro Uribe se equivoca, deliberadamente, con sus machaconas advertencias sobre el peligro de acabar como Cuba o Venezuela.  Forma perversa de sembrar el miedo pues él sabe que todo esto derechiza aún más al país. Cuando revueltas prolongadas y semicaóticas sin cohesión política perjudican mucho a los de abajo y asustan a los del medio, suele ser la derecha la que cosecha. Las famosas barricadas parisinas de mayo del 68 condujeron al general De Gaulle, lo que tampoco quiere decir que el turbulento mayo que aquí vivimos vaya a terminar en un general Zapateiro. Ni en Gustavo Petro, salvo que la reinante mediocridad política sea incapaz de producir una convincente alternativa de centro. Falta el gallo, pero aún falta un año.

¿Y qué decir del neurálgico tema de los bloqueos? El Comité de Paro finalmente “invitó” a despejar las vías. Decisión que no sorprendió ante la magnitud de la crisis económica, el desabastecimiento y el desespero ciudadano. Poco efecto tuvo: a fin de semana 25 carreteras nacionales continuaban bloqueadas. Esto sí sorprende porque en el mundo de hoy no se concibe un Estado —democrático o autoritario— que aguante el bloqueo de un país durante tantas semanas. En Ecuador las marchas indígenas de años pasados tumbaban presidentes.

Iván Duque sigue ahí, pero toca peguntarse de qué manera concluirá su pobre mandato. No sería mucho pedir que lograra terminar sin más desaciertos y garantizar una transición democrática. Sobre todo cuando sombríos ideólogos del “furibismo”, como Fernando Londoño Hoyos, le piden que se haga ya mismo a un lado. Y si personajes como Londoño Hoyos le piden que se vaya, sobrarían razones para decirle que se quede. En cualquier caso, por doquier se percibe desgobierno y vacío de poder.  Y una ley universal de la física nos enseña que todo vacío tiende a llenarse. Cómo y cuándo está por verse.

Difícil creer, para rematar, que entrando en la séptima semana de paro aún no se haya instalado la mesa de negociación. El país cuesta abajo y los voceros del Gobierno y del Comité de Paro soltando inocuas declaraciones al aire. Un lúcido editorial de El Nuevo Siglo se pregunta si lo que se busca es “generar un desgaste colosal de lado y lado y, solo a partir de ahí, sentarse a pactar sobre los escombros”. Tampoco sobra preguntarse cómo estaría la cosa si aún tuviéramos ahí a las Farc, con sus diez mil guerrilleros echándole leña al fuego. Ya no existe el conflicto armado de antes, por fortuna, pero el conflicto social que hoy vivimos sigue atravesado de esa violencia atávica que nos persigue como una maldición histórica. Ahí están los narcos, y los narcoparamilitares, y los elenos de siempre y las disidencias y las reincidencias, pescando en río revuelto.

Lúgubre panorama en el que duele la destrucción del patrimonio público e indignan las decenas de muertos y desaparecidos (¿cuántos?). Y en un país donde aumenta la inequidad y no cesa el saqueo politiquero de los recursos de la salud y la educación, no es de extrañar la rabia sostenida de una juventud de barriadas marginales que nada tiene y nada teme.

Y mientras la pandemia avanza, nuestra cuota de muertos bate marcas mundiales y el Gobierno habla del “buen ritmo” de la vacunación, la pregunta final que me hago es: ¿todo esto para dónde va? ¿Cuál es la salida? ¿Pasa por referendo, renuncia, Congreso, golpe, nuevo pacto social…? No lo sé. Me declaro desbordado en mi capacidad para analizar o predecir. Y solo pienso en El gatopardo para imaginar lo imposible: “¿que todo cambie para que todo siga igual”?

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