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Por Daniel Samper Pizano

Aparte de las consecuencias sanitarias, psicológicas, económicas, policiales, jurídicas y sociales, la pandemia nos enfrenta a esa invitada impertinente y terca que es la muerte. Feo tema, pero inevitable. Nos hemos sumergido en aguas enlutadas y profundas agobiados por cifras, imágenes y noticias sobre el covid-19. Y, como si no bastara con ello, el vandalismo callejero y la brutal represión del Esmad nos obligan a reconocer que tiene razón Eduardo Carranza, el más grande poeta colombiano, al afirmar que “somos arrendatarios de la muerte”.

Desde que adquirimos conciencia de nuestro pasado los colombianos mantenemos inquietante proximidad con ella. Tribus que exterminaban a otras tribus; conquistadores que masacraban aborígenes o los contagiaban de enfermedades letales; autoridades coloniales que ejecutaban a comuneros; guerras fratricidas como nación independiente: 250.000 muertos en la guerra de los Mil Días; 300.000 durante la época de la Violencia y millones más por cuenta de los militares, la guerrilla, los paramilitares, los narcos, la policía, el hampa, el crimen al granel y esos aliados de la Flaca Señora que son la pobreza y el hambre. Añadan ahora la pandemia y su diario costalado de 500 víctimas mortales.

Cifras y comunicados detallan la hoja de muerte de los colombianos. Es hora, sin embargo, de mirar nuestra hoja de vida: ¿cuántos somos y cuantos éramos?, ¿cuánto vivíamos y cuánto vivimos?, ¿qué nos aguarda y qué espera a nuestros nietos?

Estadísticas de expectativa de vida al nacer ubican a Colombia en el puesto 54 entre 192 países. Hay, pues, 138 países que esperan aun menos que nosotros. El año pasado el promedio de mujeres colombianas vivía 80 años y 75 los varones: entre ambos, 77 años y pico. Menos que la media de los norteamericanos (79) y los europeos (78), pero más que los asiáticos (72), los latinoamericanos (71) y los africanos (58). En nuestro patio, por ejemplo, viven más años que nosotros los uruguayos, costarricenses, cubanos y chilenos, y un plazo semejante los argentinos, ecuatorianos y peruanos. Tienen más corto calendario los brasileños, mexicanos, paraguayos, bolivianos y centroamericanos (salvo ticos y panameños). Haití, con 64 años, es uno de los peores del mundo.

Según la Declaración de Derechos del Hombre, “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos”. Salta a la vista que no es así. Y resulta más evidente que también somos distintos ante la muerte. Los varones, en general, viven 4 años y medio menos que las mujeres. Una japonesa típica vive 37 veranos más que un hombre centroafricano: 87 aquella y 50 este. Una española le saca diez buenos años a un colombiano. Una anciana de Andorra, diminuto y riquísimo principado contiguo a España, pasa de los 92 y un ciudadano de Lesoto apenas llega a los 50. Sobra decir que los países más pobres registran las peores estadísticas. Por esa razón, entre las diez personas de más prolongada vida hay cuatro del Japón, dos de Francia, una de Italia, una de Canadá, una de Estados Unidos y solo una del Tercer Mundo (jamaiquina). Todas son mujeres. La más vieja, la francesa Jeanne Calment, falleció de 122 años y 164 días en 1997. Colombia alegó hace unas décadas que era patria del hombre más viejo del mundo. Se llamaba Javier Pereira y decía tener 167 almanaques. Era del Sinú. Era fumador. Era bebedor. Y era mentira. Una soberana mentira carente de todo apoyo científico.

Es verdad, en cambio, que la zona del gran Bolívar tiene fama de salubre y las estadísticas la respaldan. Hasta 2016 era la región colombiana con mayor expectativa de vida (73,34 años). A partir de 2018 esa corona la tiene Bogotá (78,87 en 2020), mientras que Chocó y los departamentos selváticos se pelean el último puesto con ocho años menos.

La progresión de la expectativa de vida en el mundo es asombrosa. Las estadísticas varían, pero las tendencias se mantienen. En tiempos de la Grecia clásica, hace 2.400 años, los ciudadanos morían en promedio antes de los 30 años. En la Edad Media la cifra europea se acercaba a los 35, levemente mayor que la de sus contemporáneos precolombinos. Al amanecer el siglo XIX, el avance respecto a los griegos era poco: entre 10 y 12 años. Bolívar murió de 47 años, más joven que Juanes, y Napoleón de 51, más joven que la Niña Mencha. Pero a partir del siglo XX la ciencia y la medicina disparan el promedio de vida: 65 años hacia 1950, 70 en el 2000 y 75.3 en 2020. En algo más de un siglo, la vida promedio se alargó 17 años.

Hay quienes auguran que estamos a tiro de conquistar la inmortalidad. Los que nazcan en 2050, afirman algunos futurólogos, vivirán eternamente merced a una enzima llamada telomerasa o bien con ayuda de robots y androides que captarán nuestra mente y se desharán de nuestro cuerpo como ropa vieja. Otros científicos afirman, por fortuna, que la inmortalidad es un imposible matemático. En medio, hay sectas y grupos que creen en mitos como la instalación del alma de los animales en seres humanos, la reencarnación frecuente en diversas épocas y la resurrección cristiana en una nueva vida. Filosóficamente, me parece que tiene razón Eduardo Ortega en su décima que reproducimos hoy en Los Danieles. Yo tampoco quiero un bis. Con lo que viví me doy por bien servido. En cuanto a la Flaca Señora, hay quienes la aguardan con esperanza redentora, quienes se resignan a ella y quienes se aterrorizan. También hay los que se sienten representados por García Márquez. Según el bellísimo libro que acaba de publicar su hijo Rodrigo, al saber Gabo que el final estaba cerca comentó que no tenía miedo. Lo que sentía, dijo, era “una enorme tristeza”.

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