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Por Daniel Samper Pizano

Un día de 1973 el consejero de cabecera del presidente Misael Pastrana, Rafael Naranjo Villegas, leyó un despacho de la Agencia France Press (AFP) sobre la situación colombiana que lo irritó profundamente. Lo firmaba un turco —Farid Camel— que, supuso Naranjo, era francés o por lo menos argelino. Abotagado de poderosas ínfulas y emitiendo bufidos, ordenó el visir que echaran del país en perentorio plazo a ese extranjero atrevido que escribía noticias contra la majestad de Colombia (léase, desfavorables al Gobierno).

La ira del asesor presidencial, sin embargo, chocó contra una barrera inquebrantable. El turco Farid Camel no era francés ni argelino sino tan colombiano como quien dispuso su expulsión, solo que de familia inmigrante. Y como la pena de destierro no existe en nuestra Constitución desde 1910, resultaba imposible echar de su propio país a este compatriota. El Gobierno tuvo que tragarse el oso, aunque aliviado por enormes venias apologéticas de la AFP.

Si hubiera sido extranjero, el corresponsal habría corrido la mezquina suerte que reserva Colombia a quienes no son de aquí, como lo saben no pocos periodistas. Aunque este tema permanece agazapado en oficinas marginales, la trayectoria de la xenofobia oficial colombiana es antigua y escandalosa. Ahora, por primera vez, la tenacidad de la profesora de periodismo Maryluz Vallejo Mejía ha hurgado archivos, interrogado testigos y repasado cientos de páginas de viejas revistas y periódicos amarillentos hasta destapar esta cara de nuestra historia que produce vergüenza. Algunas veces, porque uno de los partidos políticos purgaba al otro pateando a sus líderes más allá de la frontera; otras, porque los caídos y los rebeldes tenían como destino algo peor que el extranjero, que eran las selvas húmedas de donde ninguno regresaba con vida.

Gota a gota, año tras año, el país ha castigado con expulsiones o rechazos a miles de inmigrantes. En la prensa solo se informa ocasionalmente sobre ello y nunca con el entusiasmo que despiertan en el lector las mismas medidas cuando ocurren en las secretas pujas entre Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña, Alemania y Francia. Nosotros no damos para novela. Ni a John le Carré, por quien guardo respetuoso luto desde hace seis meses, se le ocurriría una trama de espías colombianos y venezolanos, a menos que se trate de una novela cómica. Ya sabemos lo que pasó con el famoso agente secreto colombiano en la guerra contra el Perú, que operaba abiertamente en Lima con la dirección cablegráfica de Espicol y exhibía orgulloso en los cocteles su título de espía oficial.

Pero los anales del gobierno nacional en esta materia no son cómicos, aunque haya algunos bufos semejantes a la fracasada expulsión del “argelino” Camel. No faltan episodios ridículos, ni tampoco bochornosos, como la oposición antisemita de Laureano Gómez cuando los judíos europeos huían de las cámaras de gas de Hitler, o la actitud inhumana del canciller Luis López de Mesa contra estas mismas víctimas durante el cuatrienio Santos Montejo (1938-1942). El austriaco Hans Ungar, gran benefactor de la cultura nacional, logró entrar a Colombia en 1938, pero señaló años después: “Mis padres murieron en campos de concentración alemanes porque no pude conseguirles una visa colombiana”.

Fue también ignominiosa la conducta del gobierno de Julio César Turbay cuatro décadas más tarde con los ciudadanos del Cono Sur que, tras escapar de las garras de Pinochet y otros asesinos, consiguieron refugio en nuestro país y en él trabajaban de manera legal y honrada. Aún conservo algo que escribí entonces en la revista Alternativa bajo el título “El delito de ser extranjero”. En esa columna denunciaba la persecución desatada por la derecha con la complicidad del gobierno contra los asilados por la única causa de sus ideas políticas. Álvaro, hijo de Laureano, los calificó de “aves de mal agüero” y Turbay los dejó al arbitrio de sus poco recomendables generales. “Hipócritamente los hacían entrar por la puerta grande del asilo político —escribí en 1979— y los despachaban semanas después por la puerta pequeña al negarles la visa”. Esa es la Colombia xenófoba que ha castigado a miles de extranjeros con suficiente disimulo como para que nadie se percate y cuyos antecedentes se remontan al siglo XVIII, cuando las autoridades coloniales, acatando órdenes del rey Carlos III, expulsaron de la Nueva Granada y de América a los jesuitas en 1767. Su delito había sido promover en Madrid desórdenes callejeros y motines populares como protesta por la carestía de los alimentos y la incompetencia de la Corona. Suena familiar y contemporáneo, ¿no?

Hace algunas semanas se produjeron expulsiones de diplomáticos cubanos y rusos y hace pocos días un argentino vinculado a la defensa de los derechos humanos fue “inadmitido” en El Dorado. La maquinaria expulsora procesa toda clase de oficios y personas: hampones, “extranjeros perniciosos”, comunistas, curas, putas, deudores, acreedores, enemigos de gente poderosa, líderes sindicales, vagabundos, individuos sin papeles… Muchas expulsiones son justas y se tramitan legalmente. Otras son inicuas y a las patadas. Casi todas son traumáticas, pues rompen familias, castigan años de trabajo, arruinan, humillan, exponen a la vergüenza y desconocen derechos elementales.

La generosa acogida que brindó el gobierno de Iván Duque a los refugiados venezolanos ha sido una de las páginas más decentes de nuestras relaciones internacionales. En contraste, muchas otras se han escrito a lo largo de décadas de manera oscura y callada. El informe exclusivo y de vasto espectro que hoy presentan Los Danieles, y que Maryluz Vallejo se propone convertir en libro, muestra ese costado siniestro de nuestra historia.

El rey de la crónica

El nombre de Germán Castro Caicedo, otro viejo y querido compañero que nos deja, resulta indispensable en la historia de nuestro periodismo. En Colombia, él convirtió en género literario la crónica extensa, la que exige un libro para desplegarse. Sus obras, y en particular sus relatos de selva, recibieron justa acogida entre el público y admirada atención entre sus colegas. Gran contador de anécdotas, era también narrador principal en las reuniones con amigos. Su mujer, la destacada periodista Gloria Moreno, contribuyó desde la sombra al éxito de Germán.

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