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Mi sobrina Sofía, que tiene 16 años, me envió una invitación a través de Zoom para que sostuviéramos una telellamada porque está próxima a telegraduarse del telecolegio, y no sabe qué telecarrera elegir.

 

— ¿No se te ocurre nada? –le pregunté, una vez la vi en el recuadrito.

 

— Nada de nada –me confesó al borde de las lágrimas.

 

— Pues no estudies nada –la aconsejé -: así terminas en el Congreso y te cuelgan la cruz de Boyacá, como a Ernesto Macías.

 

Y lo decía en serio: siempre había soñado para mi sobrina el destino cómodo de convertirse en congresista: se ganaría 32 millones de pesos sin mayores esfuerzos; tendría prebendas, subordinados, carros, pasajes. Y trabajaría apenas tres días a la semana. Trabajaría o teletrabajaría: porque en estos momentos estaría telegestionando un teleauxilio parlamentario y nombrando a Telésforo como teleasesor.

 

No celebró el chiste porque la angustia la carcomía, y la comprendo: ser joven en Colombia es la forma más angustiosa de sentir incertidumbre. Las carreras son carísimas y el futuro laboral es tan difuso como el manejo que el gobierno le está dando al número de pruebas para detectar el coronavirus. Porque no hay pruebas suficientes, a diferencia de lo que sucede con el Ñeñe-escándalo de la campaña de Iván Duque.

 

— Estudia ganadería, como el Ñeñe –me iluminé.

 

— ¿Perdón? –se sorprendió.

 

— El Ñeñe: ¿no sabes quién es el Ñeñe? –la recriminé-: ¿tú también lo has olvidado?

 

Me dijo que los animales no eran lo suyo, con lo cual, de paso, me dejó ver que tampoco seguiría mis pasos como youtuber.

 

— Dime qué te suena más –proseguí con espíritu didáctico-: ¿humanidades o ciencias?

 

— Humanidades –respondió.

 

— ¿Y qué tal Psicología? –la induje.

 

— Por nada del mundo: la vicepresidenta dijo que había demasiados psicólogos…

 

— Está loca… -le respondí, mientras imaginaba cómo sería una sesión con el psicólogo de la vicepresidente, y suponía que el sacrificado especialista terminaría pidiendo psicólogo él también: el tratamiento se desarrollaría en breves sesiones de quince horas; Martuchis se desjarretaría a contar detalles de su infancia mientras se toma uno tras otro 500 vasos de agua por sesión, prácticamente un galón de glifosato, y lloraría a mares al exorcizar a sus memo-fantasmas.

 

— ¿Y si mejor haces un técnico? –le sugerí- Puede ser peluquería: la cuarentena dejará mucho tipejo peludo…

 

— A veces he pensado en inscribirme en derecho, que es lo que estudiamos los que no sabemos qué estudiar –dijo sin escucharme.

 

— Sobre mi cadáver –la tranqué-, solo falta que te metas a la Sergio Arboleda para que Duque te nombre en algún puesto importante.

 

La situación no parecía sencilla, pero no pensaba rendirme.

 

— ¿Y si estudias algo que tenga que ver con tecnología? –le propuse.

 

— ¿Ingeniería de sistemas para que cotice por horas? –me respondió con sarcasmo.

 

Un breve telesilencio invadió la telecharla.

 

— ¡Voy a terminar vendiendo minutos de celular los días pares! –retomó mi sobrina, desbordada de angustia en su pantallita.

 

— Olvídate –la corregí-: es un oficio de alto riesgo: la ministra del interior dijo que mueren más personas por robos de celular que líderes sociales.

 

Terminamos la telecita sin que la supiera teleaconsejar. Pero aquella tarde, mientras miraba el programa televisivo con que Iván Duque relanzó su carrea de hombre espectáculo, se me prendió el bombillo.

 

Allí, en aquella mezcla de noticiero y magazín con que el presidente informa y entretiene a la familia colombiana en medio de cuadros sobre la pandemia y goles narrados por William Vinasco Ch, don Iván puso el ejemplo del señor que tiene una panadería y debe pagar dos millones de pesos a sus empleados.

 

Visualicé a mi sobrina como una poderosa panadera que prende los puros con billetes de cincuenta mil y se da gustos excéntricos como comprar latas de atún a 20 mil pesos

 

Amasaría una pequeña fortuna, literalmente; se especializaría en galletas, roscones y liberales, para hacer un guiño a César Gaviria; tendría laboratorios de harina en la finca del ex embajador Sanclemente. Y elaboraría un pan de molde del cual sacaría tajadas para repartir entre los congresistas de Cambio Radical: entre todos, menos Rodrigo Lara, porque para él se trataría de una pan pequeño, ínfimo, como la corrupción que le molesta menos.

 

Llamé a mi sobrina a contarle la genial ocurrencia, pero casi no me oye:

 

— Ya me decidí –me dijo a modo de saludo-: miré el noticiero y quiero ser médica.

 

Traté de disuadirla de sus sueños de heroína: ¿a quién se le ocurre estudiar medicina en Colombia, someterse a la precariedad de un salario que muchas veces les quedan debiendo, ingresar al quirófano sin trajes biomédicos, cubiertos apenas por bolsas de basura? ¿A quién se le ocurre ser víctima directa de la Ley 100, exponerse a que la discriminen en el supermercado, morir de primeras en una pandemia por curar a los demás?

 

A mi sobrina. Y a cientos de profesionales a quienes ahora les debemos la vida.

 

Contuve entonces una lágrima de emoción, para no agregar más llanto al que deja Martuchis en sus terapias de psicólogo. Y en honor a la futura médica destapé una lata de atún, para celebrar, y me comí una tajada de pan. Una tajada ínfima.

Fuente: www.losdanieles.com


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Categories: Daniel Samper

3 Comments

Gracias médicos Colombianos, por Daniel Samper

  1. Muy buena telecolumna, seguiré pensando como iniciaré mis teleclases, desde mañana con mis estudiantes que no tienen Internet, sus padres recargan datos para estar en el grupo de WhatsApp escolar. Desenme suerte en esta nueva aventura académica.

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