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Por Daniel Samper Ospina

Tras el anuncio de que el Gobierno ya había importado suficientes ampolletas para las segundas dosis de la vacuna Pfizer, esta semana salí en búsqueda de la mía vestido con la desteñida camiseta de esqueleto con que antes jugaba básquet, y ahora lavo el carro, para facilitar las cosas.

Pero todo fue en vano. Porque las que había se esfumaron.

–¡Que falta de respeto, qué improvisación tan repugnante! –exclamó mi mujer tan pronto como regresé a la casa.

–Pero así es todo en este gobierno –respondí.

–Me refiero a que hayas salido a la calle con esa facha.

Tuve la tentación de responderle que la única facha que conozco es la doctora María Fernanda Cabal, aspirante a la presidencia de Polombia, excelente candidata, por demás, que el otro día dijo al periodista Juan Pablo Calvás que, para ella, ni la salud ni la educación son derechos fundamentales;  pero preferí rumiar mi frustración en silencio, mientras el frío se me colaba en las axilas. Quién tuviera la maldita segunda dosis de Pfizer que escasea como el pudor en la canciller Martuchis cuando exige en la ONU respeto por las protestas pacíficas en Cuba, pero no por las de acá; que escasea como los puntos de Juan Carlos Echeverry en las encuestas, me lamentaba.

Por eso recibí como un bálsamo la noticia de que el dilecto científico Manuel Elkin Patarroyo está desarrollando una vacuna 100% colombiana como contribución a la crisis que atraviesa el mundo. Que Dios lo bendiga. Célebre por haber acabado con todos los micos de Colombia, salvo los que se agazapan en las leyes del Congreso nacional, la del coronavirus será su segunda vacuna, luego del exitoso antídoto contra la malaria que tantas vidas ha salvado desde que la lanzó al mercado. O cuando se lance.

Amparada por el gobierno, la vacuna de Patarroyo estará lista en cuestión de horas, como la caída de Maduro; a lo sumo en cien días, como la reconstrucción de Providencia, porque, además, el propio científico así lo afirmaba en las mismas declaraciones en que, más adelante, decía que en realidad el plan estaba en fase cero.

Algo es algo, de todos modos: mejor en fase cero que nada. Así también se encuentra la propia reconstrucción de Providencia y a la funcionaria encargada nada la salpica: a diferencia de lo que sucede cada noche con la población que duerme en carpas. O el sentido diplomático de Pachito: está en fase cero y, aun así, fue embajador en Estados Unidos: el país en que, para comer comida típica colombiana, frecuentaba sucursales de Taco Bell y se pedía un burrito, el embajador caníbal.

El propio presidente se acerca al tercer año de aprendizaje y su gobierno sigue en fase cero: ¿qué más da, entonces, que el “esperanzador biológico” del doctor Patarroyo también se encuentre a la espera de pequeños detalles para poder despegar, como la importación de un reactivo que solo se consigue en el exterior, aparentemente en Haití?

Los demás componentes ya están en la probeta principal de su laboratorio y son autóctonos de nuestra tierra. Basado en una investigación que inició años antes, incluso, de que existiera el coronavirus, la receta del doctor Patarroyo acumula los saberes ancestrales de lo que somos: contiene propóleo, sauco, eucalipto, aguapanela, limón, dos cucharas de bicarbonato, una pizca de moringa, un chorreón de aguardiente; un pelo de Paloma Valencia; un colmillo del procurador Ordóñez (que hace parte de los reactivos que están en el exterior). La bendición de la virgen de Chiquinquirá; la de la virgen de Fátima. Y un chip instalado en persona por el general Ajúa para hacer seguimientos, que no agarra señal en la carrera Circunvalar. Todo lo anterior será macerado, en fase uno, en el mismo pote de gel sin estrenar del programa del presidente, actualmente arrumado a oscuras en el estudio en que se grababa. Donde también está el pote. El de gel, quiero decir. En fase dos, la vacuna será probada en los cuatro mil colombianos más ricos que señale Gustavo Petro. En fase cinco, se promoverá su uso en programas de televentas. Y en fase seis se logrará la inmunidad de rebaño, luego de que cada colombiano se haya aplicado las 6402 dosis requeridas por persona.

El doctor Patarroyo recomienda recibir en ayunas la vacuna (a la cual se añadió a última hora el nombre del ministro de Ciencias, Tito Crissien, como coautor, para darle fuerza) y, si es preciso, a la brava, por lo cual, en caso de resistencia, el gobierno contempla copiar la exitosa estrategia de la alcaldía de París de exigir carné de vacunación para ingresar a los bistrós. En el caso  colombiano, quien quiera asistir a la feria Buró para reclamar una tajada de pizza, por ejemplo, o echar pola después de la oficina, debe demostrar que efectivamente fue inoculado con fotocopia de certificado ampliada al 150%, debidamente apostillada por notario amigo del gobierno.

Me puse, pues, de nuevo, el desteñido esqueleto para salir a la búsqueda de la primera dosis de la vacuna de Patarroyo. Pero mi mujer me atajó:

–¿Se trata de conseguir anticuerpos o de ser tú mismo el anticuerpo? –preguntó con hiriente ironía.

En ese momento me mostró en su celular la información de que la segunda dosis de Pfizer ya se conseguía en algunos puntos de vacunación. Y me dirigí entonces al más cercano, con la ilusión de salir del problema y botar para siempre la camiseta esqueleto. O donársela a Luis Carlos Echeverry, para que despegue  su campaña.

Pero nunca segundas partes fueron buenas. Las pocas que trajeron ya se habían agotado y sigo a la espera de una solución. Y con la misma facha, que me recuerda a María Fernanda Cabal. Y con miedo a morir, como el prestigio de Tito Crissien. O los micos de Manuel Elkin Patarroyo.

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