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Por Ana Bejarano Ricaurte

Entrada majestuosa de Iván Duque a Dubái, Emiratos Árabes Unidos, 4 de noviembre de 2021. Foto: Presidencia de la República.
Entrada majestuosa de Iván Duque a Dubái, Emiratos Árabes Unidos, 4 de noviembre de 2021.
Foto: Presidencia de la República.

Ya pocas cosas resultan sorprendentes de este gobierno. Pero sí llama la atención el incremento acelerado de apariciones de Iván Duque en el exterior: foto de sonrisa picarona con Jeff BezosVisita al Real MadridDesfile militar para entrar al Palacio de Planalto en Brasilia… Charla sobre el cerco diplomático con Almagro en la OEA… Recibimiento de la ciudadanía honoraria de Seúl y, así, ad nauseam.

Este año el presidente ha estado de viaje. O, tal vez, ¿desde el día de su posesión? Tan solo a partir de enero ha realizado por lo menos nueve vistas oficiales, y tengamos en cuenta que hubo más de cuatro meses de restricciones por cuenta de la pandemia. En este momento se encuentra en Israel, concluyendo un viaje en el que visitó cuatro países.

El problema es que mientras la nutrida comitiva presidencial se pasea por el mundo, aquí, en lo que va del año, han asesinado a 142 líderes sociales y se han perpetrado 77 masacres. Y estas son solo dos de las urgencias que deberían ocupar prioritariamente la atención de Duque.

Por otra parte, no resulta claro si los supuestos beneficios que traen estos pomposos periplos superan su elevado el costo. Las inversiones, ferias y acuerdos se podrían celebrar sin la intervención directa de Duque y sus peregrinos. Tan solo a la Conferencia de las Naciones Unidas Sobre el Cambio Climático en Glasgow viajaron cientos de personas en la comitiva presidencial. ¿Es justificable la presencia de tanta gente para que el presidente anuncie una nueva área marina protegida y participe en unos cuantos encuentros con otros jefes de Estado? ¿Y las promesas de austeridad desde el Palacio de Nariño en dónde quedaron?

Pero es apenas explicable el deseo de huir, porque este, más que ningún otro gobierno en la historia reciente del país, se ha negado a interactuar con la realidad. El mandato de Iván Duque es un soliloquio mezquino en el que él solo habla con su círculo de aplaudidores. Y se entiende, porque enfrenta un panorama político desolador: un jefe intransigente y un partido de gobierno que no acata sus órdenes. Por eso necesita cruzar las fronteras y escapar a otra dimensión en donde pueda ser tratado como presidente.

El escenario de los foros internacionales y las visitas de Estado es donde Duque realmente se siente cómodo: augusto y a gusto. Son un paraíso donde puede hablar en inglés, desfilar por tapetes rojos y participar en declaraciones conjuntas intrascendentes. Más de diez años de cargar maletas ajenas en el Banco Interamericano de Desarrollo lo prepararon para transitar con éxito por los vanos pasillos de la burocracia internacional.

Además, en el exterior Duque puede ser el Jefe de Estado que no es en Colombia, para promocionar agendas que internamente contraría. Afuera esparce halagos y mentiras sobre el acuerdo de paz con las FARC, y adentro libra una batalla en su contra desde todos los frentes. Afuera impulsa iniciativas de protección al medioambiente, mientras Colombia tristemente se posiciona como uno de los países en donde más asesinan líderes ambientales. Su gobierno, además, está obsesionado con la aspersión de glifosato, un veneno regado desde el cielo que causa graves daños ambientales y sociales.

Los viajes también le permiten a Duque mostrar logros fáciles, escasos en estas tierras. Y para recoger esos mangos bajitos prende todos los tambores. La asistencia a reuniones bilaterales, los pronunciamientos insulsos en cumbres, el puñito con Joe Biden: triunfos vacíos que pretende vender como las gestas de un gran estadista.

¿Qué otras cosas obtendrán Duque y su ambiciosa tropa de asesores y acompañantes de tantos viajes? No lo sabemos aún, pero en últimas, los escenarios internacionales licencian a Duque para sentirse respetado y querido. Aunque sea un cariño fugaz y postizo, es mucho más de lo que recibe en Colombia, donde es abucheado en casi todas las ocasiones en las que se ha enfrentado a la gente. A pesar de su extraña disonancia con la realidad y su incapacidad para liderar al país que lo eligió, ha descubierto que, por lo menos en otros lugares y con nuestros recursos, puede jugar a ser presidente de Colombia.

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