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Por Daniel Samper Ospina

Es una lluviosa y fría noche bogotana y el reducido equipo de confianza del presidente Duque, del que hacen parte doce comisionados, 27 altos gerentes y siete enanitos, se dispone a ejecutar el último punto de la agenda del día: adornar entre todos el arbolito de Navidad. Es en ese momento cuando irrumpe en la escena la doctora María Paula Correa.

—Los espero dentro de quince minutos en el salón de crisis. Algo muy grave ha ocurrido.

Un murmullo de preguntas acompaña a la comitiva mientras camina al salón: ¿se viene  otro huracán? ¿Confirmaron el triunfo de Biden? ¿El hermano de Duque es mamón? ¿Esa es la paz de Santos?

En el salón de crisis ya se encuentra el señor presidente. Su nerviosa mano, adornada por decenas de pulseritas de hilo, busca la bandeja de picadas. Luce más pensativo y cabizbajo que de costumbre.

—Todo se terminó —murmura la vicepresidenta, circunspecta.

—No puede ser para tanto —responde el Alto Gerente para el Optimismo.

—Me refiero a los Doritos —aclara ella—. Se los acabó todos.

—Es por la ansiedad —dice una funcionaria.

—¿Y tú eres…?

—Susana Correa, mucho gusto: soy la Alta Consejera para Huracanes. Empecé la semana pasada.

El presidente luce cansado. Se nota que los viajes le han pasado factura, aunque, para su fortuna, la ha pagado el Estado. Respira hondo. Aclara entonces la voz y se le oye más líder que nunca cuando toma la palabra:

—Señores —les dice—: enfrentamos acaso la semana más crítica desde que nuestro gobierno tomó posesión. El rating del programa se desplomó.

Juan Pablo Bieri ofrece entonces una breve exposición de la crítica situación de audiencia: efectivamente el rating está como el precio de la papa: por el suelo. Los números no mienten. Y en eso se diferencian del ministro de Hacienda.

Los colaboradores desatan una improvisada lluvia de ideas:

—Podemos crear la Alta Gerencia para el Rating —dice el Alto Consejero para la Austeridad.

—Montemos en el cierre una línea de tarot con Hassan Nassar, a la manera de Walter Mercado —sugiere el viceministro de Creatividad.

—Yo sugiero sacar una sección con los mejores bloopers —pide la Alta Comisionada para Dietas.

—Al revés: yo sugiero que no pongamos más bloopers —implora la procuradora Cabello.

—¿Qué es blooper? —pregunta el Alto Consejero para Asuntos Bilingües.

Pero la baja audiencia del programa es un problema menor y el señor presidente se dispone a informarlo:

—Eso no es todo: quieren obligarnos a tumbar la placa del túnel de La línea.

Un silencio estremece el salón. A los asistentes los recorre un corrientazo de desazón e incertidumbre. Marla Gutiérrez, una joven de 23 años que ni siquiera es egresada de la Sergio Arboleda, interpuso una acción de cumplimiento para que el gobierno retire la gigantesca placa porque es ilegal construir monumentos de funcionarios en ejercicio.

—Podríamos alegar que el presidente nunca ha estado en ejercicio —dice la secretaria jurídica.

—La gente me ha visto jugando fútbol —la corrige, triste, el mismo presidente.

La situación no es fácil: si destruyen la placa, estarán destruyendo la obra más importante del gobierno; la más perdurable; quizás la única. Y la forma más evidente de su modestia, porque el presidente descartó estrenar su placa como lo merecía una obra de semejante envergadura: con ceremonia de inauguración oficial de la placa, que a su vez incluyera otra placa inaugural.

Sencillo, como es, optó por instalar esta humilde versión en una de las obras más trascendentales de Colombia: la del Túnel de La línea. Sí: es cierto que el esfuerzo significó un desafío para la ingeniería colombiana e implicó sobrecostos e incumplimiento en los tiempos de la entrega (hablo de la fabricación de la placa; el túnel también tuvo demoras, aunque su elaboración fue menos compleja).

Pero nadie puede negar que el gobierno de Duque ejecutó la fabricación de la placa en todo su porcentaje, sin entregar tareas pendientes al próximo gobierno; que se apegó a los diseños. Y que el millonario gasto del autohomenaje permitió dinamizar la economía. Tumbarla significaría un verdadero despilfarro, para no hablar del nefasto precedente jurídico que pondría en riesgo otros monumentos públicos, como la estatua en Belén de los Andaquíes en memoria de Santos, o la nariz del diablo en Melgar, en honor a Uribe.

—Remplacemos la placa con una estatua de cuerpo completo del presidente como la del Santísimo en Bucaramanga —sugiere el gerente para la Conversación Nacional, Diego Molano.

—Y a su lado, otra mía: sería la segunda estatua más importante de la nación —interviene el fiscal general.

La idea no le disgusta. Mandatarios semejantes a él, como Stalin, han tenido la suya, y como padre de la economía naranja se siente digno de un reconocimiento semejante: siquiera de un dummy inflable que se bata al viento en los cielos de la patria.

El presidente suspira. Contempla inaugurar una placa y poner a su lado un túnel que la justifique: incluso cubrir la destrucción de la placa en vivo y en directo en su programa, para que el rating reaccione.

Piensa decirlo en voz alta pero la bandeja recargada de Doritos que dejan en la mesa absorbe su atención. Y  entonces levanta la sesión, para preocupación de la Alta Comisionada para Dietas.

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