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Por Ana Bejarano Ricaurte

“No conviertan en un mercado la casa de mi Padre” (Evangelio según San Juan, 2,13-25). Eso dijo Jesús cuando advirtió la presencia de los mercaderes en el templo de Jerusalén, a quienes sacó a latigazos. Esta semana el candidato presidencial Gustavo Petro tocó la puerta del templo de la fe evangélica colombiana. Y con ese acercamiento el líder de la Colombia Humana se expone a cometer dos pecados.  

El primero, una estrategia que ha sido ampliamente utilizada desde que existe la política: el uso de la religión para obtener votos. A lo largo de nuestra historia, la derecha colombiana ha caminado de la mano de credos. Fue durante casi dos siglos aliada electoral de la pomposa y poderosa Iglesia católica y en los últimos tiempos ha girado en busca de otras convocatorias espirituales. Entendió que en un pueblo profundamente creyente, sus votantes necesitan una propuesta emocional que los atraiga, y para eso nada mejor que la fe. 

Pareciera tener sentido: si en la congregación religiosa se puede encontrar respuestas a las preguntas más apremiantes de la vida trascendental, por qué no con voto en mano. Claro que las comunidades creyentes tienen derecho a apoyar políticos que avancen sus causas, y a encontrar afinidades entre sus programas y los textos sagrados. 

El asunto se complica cuando el púlpito impone candidatos. La religión es un poderoso motor de vida para quienes la predican y aplican. A través de sus pastores se acercan a Dios, a su palabra. Sus intérpretes gozan de liderazgo y profesan una enseñanza que los feligreses no están en disposición de cuestionar, precisamente porque esa palabra viene de un lugar místico y profundo en su sistema de creencias. 

El problema es abusar de la confianza y certeza que genera la fe religiosa para disfrazarla con colores políticos; para pretender que los hombres ocupen el lugar de Dios. Porque si eso ocurre, los políticos se vuelven incuestionables al portar el ropaje del Evangelio. Supongo, porque no lo sé, que para profesar una fe es necesario cuestionar poco y es más importante la entrega. Pero en el caso de los gobernantes es una apuesta muy peligrosa. Quienes llegan al poder en nombre de la fe pretenden gobernar sin límites, como Dios. Y esta fórmula tiene implicaciones democráticas muy arriesgadas, coquetea con la teocracia y se desdibuja el Estado laico. Miremos en qué están nuestros vecinos brasileros con Bolsonaro. (Ver columna de Daniel Samper Pizano en esta misma edición).

Como lo dijo –incluso–  la exfiscal y líder cristiana Viviane Morales hace 22 años, el Estado laico y la neutralidad ante todos los dogmas son la mejor garantía de la libertad religiosa. La política que se asigna desde el púlpito vulnera los postulados de la fe y destruye la institucionalidad secular, que nos protege a todos: a los que creen y a los que no. 

En ese quebranto acompañan a Petro muchos otros políticos, como Álvaro Uribe, que les dijo a los feligreses del Centro Mundial de Avivamiento en 2012: “Me ayudaron a ser presidente de Colombia en dos ocasiones”. Pero a Uribe le quedaba más fácil, porque sus banderas antiderechos eran las que también enarbolaban las congregaciones que lo apoyaron. Por eso la entrada de los mercaderes petristas al templo evangélico –el segundo pecado–  resulta más ruidosa. 

Petro ha trabajado por el reconocimiento del derecho a la interrupción voluntaria del embarazo. “¿Qué hacen los hombres tomando esas decisiones políticas sobre los cuerpos de las mujeres?”, preguntó hace menos de un año en el Congreso. También ha abanderado las causas de las minorías sexuales, como cuando creó el Centro de Ciudadanía LGBTIQ en su alcaldía.

Por eso el petrismo ha intentado justificar el acercamiento a Alfredo Saade de todas las maneras: “Son críticas de la élite intelectual” (cuando la prohibición del aborto afecta especialmente a las mujeres más pobres); “Se permitirá la objeción de conciencia” (pero no queda claro si el Pacto Histórico defenderá las banderas de la igualdad o las de la Biblia); “No es una alianza ideológica sino una convergencia de diferentes sectores” (Sí, lindo, pero ¿en qué convergen?).

La respuesta más común es que lo apremiante es derrotar a las fuerzas políticas que gobiernan Colombia; el resto vendrá después. Petro sabe que la política evangelista niega sus promesas de igualdad, pero no le importa, porque en el momento de recoger votos esos derechos se vuelven desechables, esas garantías pueden esperar. Es una visión monolítica de la lucha de clases: “Primero derrotemos al establecimiento, después vemos cómo entran los sectores discriminados”. Le apuestan a que en ese baile de los que sobramos haya menos votos.  

En su más reciente discurso en Barranquilla, Petro hizo alarde de ese talento único que tiene para conectar con su electorado, ese don de la palabra, como quien predica la verdad y lo hizo parado sobre una P, la P de pausa, porque el Estado laico y la conquista de los derechos de las minorías, según ellos, pueden esperar. 

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