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Por Daniel Samper Pizano

Primero que todo, muchas gracias, doctor Alberto Carrasquilla. De la misma manera como sería una simpleza atribuir la independencia de Colombia a un florero, es torpe pensar que la reforma tributaria de Carrasquilla es causa de la ola de protestas callejeras que sacudió al país en los últimos días. El esperpento fiscal convocó críticas desde todos los sectores. Pero no habrían bastado esas quejas para armar la que se armó. Se necesitaba también, como se dice en tiempos del cólera, “vulnerabilidades preexistentes” en el cuerpo de la sociedad colombiana: injusticia, hambre, temor, desesperanza, para que el presidente Duque, tan indolente como el ministro de los huevos baratos, lo dejara caer. Una vez más se demuestra que se puede ser soberbio o se puede ser mediocre. Pero el coctel de mediocridad y soberbia resulta funesto.

Agradezcamos, pues, al doctor Carrasquilla (y a su jefe, naturalmente) su reforma tributaria injusta, su presentación inoportuna, su desdén por los consejos de los sabios internacionales y el arrogante manejo del proyecto, que los condenó a muerte y destapó lo que José Asunción Silva llamaba “los duendes dormidos” de los colombianos. Mirando hacia atrás, no resulta extraño que las cosas hayan salido como salieron. Cuando la mano invisible de Uribe subió a Carrasquilla al gabinete de Duque en 2018, este neoliberal se había madurado en las barricas desarrollistas que fortalecen a los ricos para que algo caiga a los pobres. Las exenciones a las grandes empresas de la reforma pasada fueron obra suya. Y entonces llegó la pandemia, y con ella el hundimiento económico. Y con el hundimiento económico, la nueva reforma que metía la mano al bolsillo de la clase media, y luego la protesta ciudadana, esa sopa de duendes adobada con ingredientes explosivos: pobreza, violencia, corrupción, asesinato de líderes sociales, droga, desempleo, vandalismo, brutalidad policial y actitud soberbia y autocomplaciente del Gobierno… Tal vez si Duque no se hubiera atrincherado con sus cuates en las instituciones de control, en la prensa amiga y en la televisión presidencial, alguien habría podido advertirle que el río iba crecido.

El poder de la calle provocó serios traumatismos, pero conquistó como primer trofeo la cabeza sangrante de Carrasquilla y su la reforma fiscal. Gustavo Petro propuso salvar a Duque de las garras de Uribe y la alcaldesa Claudia López alertó sobre la necesidad de poner fin a los desmanes y emprender una vía pacífica en busca de soluciones. Tienen razón los dos intensos rivales. Las protestas masivas han sido factor fundamental para que el Gobierno y los dirigentes escuchen a la gente y se reúnan a acordar cambios. Pero en adelante serán los ciudadanos de a pie quienes más caro paguen la factura del vandalismo, los bloqueos, la imposibilidad de recuperar la tranquilidad y la bomba COVID que en los próximos días podría castigarnos con uno de sus peores estallidos. Las alteraciones ayudan a protestar durante un tiempo; pero, cumplido su ciclo, se vuelven herramienta al servicio de los repudiados. La extrema derecha es la mayor beneficiaria de las protestas que no saben cobrar sus éxitos a tiempo.

Recuerden la Primavera Árabe, que surgió a fines de 2010 en Túnez y se extendió a una docena de dictaduras de la zona islámica. Las primeras muchedumbres lograron fomentar reformas democráticas y derrocar a algunos sátrapas. Pero, a la postre, las protestas reiteradas perdieron fuelle, suscitaron reacciones entre millones de personas perjudicadas y llevaron a reforzar la represión oficial. Al cabo de 60.000 muertos, una guerra internacional en Siria y billones de dólares perdidos, los frutos del esperanzador movimiento han sido escasos y dolorosos. Amnistía Internacional afirma: “Mucha gente albergaba la ilusión de que la Primavera Árabe instauraría nuevos gobiernos que traerían reformas políticas y justicia social. Pero la realidad es que hay más guerra y violencia, y se reprime a quienes se atreven a alzar su voz por una sociedad más justa y abierta”.

Las protestas tumbaron la reforma fiscal. Pero más importante que lograr algunas conquistas a expensas del sacrificio de anchas zonas de la población es conseguir un cambio en la relación del Gobierno y los ciudadanos para que se los oiga y atienda y se pacten soluciones estables de fondo. Diálogo plural, concertación y transparencia. Duque tendrá que prescindir de colaboradores que le hacen daño, aunque sean amigos suyos de la universidad, inyectar nuevas ideas y acoger voces más amplias. La anormalidad constante perjudica a los ciudadanos más desfavorecidos e incuba un vandalismo que beneficia las tesis de los causantes de nuestro atraso e injusticia. Los latinos no tenemos la paciencia milenaria de los árabes, para soportar trastornos prolongados, y la poca que tenemos cojea bastante menguada por la pandemia. Camiones que cierran las carreteras por sí y ante sí, víveres que escasean, gasolineras sin combustible, buses confinados, largas caminatas a casa bajo la lluvia, violencia y sensación de peligro. Todo ello conspira contra el ánimo democrático de protesta y a favor de la mano dura. Cuidado: los duendes están despiertos.

ESQUIRLA. Mañana lunes la Academia Colombiana de la Lengua celebra 150 años de existencia. En otra ocasión contaré cómo tres jóvenes cachacos convencieron a España de abrir sucursales en toda América a fin de estudiar y promover el castellano. Hoy somos una patria de 21 países y más de 500 millones de hablantes. Colombia dio el primer paso.

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