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Por Antonio Caballero

Reconoce el embajador de Colombia en Washington Pachito Santos que pudo haber sido un error diplomático el apoyo del gobierno de Iván Duque a Donald Trump en las elecciones norteamericanas de hace seis meses. No tuvo el menor efecto en el resultado, y en cambio sí lo tuvo en las relaciones de Colombia con los Estados Unidos: al cabo de seis meses de la posesión del nuevo presidente Joe Biden, el único gobernante de los países del mundo, amigos o enemigos, que no ha podido hablar con él es el presidente Duque. Y a eso hay que sumarle el rechazo de Colombia, casi único también, a ser visitada por una comisión investigativa de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Solo la acompañan en eso la Venezuela de Nicolás Maduro y la Nicaragua de Daniel Ortega. Malas compañías.

Es que al parecer este gobierno colombiano de ciegos y sordos (y mudos) no se ha dado cuenta de que las relaciones entre los dos países no dependen de lo que quiera Colombia, sino de lo que quieran los Estados Unidos. Pero ¿es que no lo han visto? ¿No han visto lo que han sido, pongamos, las relaciones entre Guatemala y los Estados Unidos? ¿O las del pobre Haití? ¿O hasta las de Puerto Rico, miserable “Estado asociado” del imperio? ¿No se han dado cuenta de lo que son los Estados Unidos? Decía hace más de un siglo el gran poeta nicaragüense Rubén Darío:

“Los Estados Unidos son potentes y grandes.
Cuando ellos se estremecen hay un hondo temblor
que pasa por las vértebras enormes de los Andes.
Si clamáis, se oye como el rugir del león…”.

Por lo visto, no. No se han dado cuenta. No han oído el rugido. Aunque el presidente Duque hable inglés “fluently” y se haga autoentrevistas televisadas en ese idioma, y haya vivido quince años en Washington dedicado a colgar cuadros en las oficinas del BID (Banco Interamericano de Desarrollo), parece que no conoce todavía a los Estados Unidos.

Pacho, que una vez se llamó a sí mismo “la derecha ilustrada” del país porque creía que la comida típica colombiana que él echaba de menos en su embajada en Washington era la de las cadenas norteamericanas de cafeterías de Taco Bell, o de los Kentucky Fried Chicken (“¡Pide ya! ¡Ordénalo ya!”), o de las hamburguesas amarillas de MacDonald´s. Y lo malo no es que él lo crea, sino que está empezando de verdad a ser así. Aunque pronto empezará a ser el pato a la moda de Pekín. Pacho Santos, digo, no es simplemente un imbécil: es el representante diplomático de un gobierno imbécil, y de imbéciles. En realidad lo malo es que la política exterior de Colombia esté en semejantes ineptas manos. Las suyas, de la “derecha ilustrada”. Las de la excanciller Claudia Blum, esa sombra fantasmal de quien nunca se supo nada durante su breve desentierro y ministerio. Las de la hoy canciller, la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez, que es, por el contrario, incontrolablemente locuaz y está viajando como loca. Y por supuesto, detrás, las del presidente Duque: el que anunciaba hace tres años que el gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela “tenía las horas contadas”. Que se siguen contando, mientras que las de Duque se están acabando, sin que él se haya dado cuenta.

Porque tal vez no haya habido en la historia de la Colombia independiente, si es que de verdad alguna vez lo ha sido, un gobierno tan torpe en sus relaciones internacionales como este de Iván Duque, “el que dijo Uribe”. Ni siquiera el del propio Álvaro Uribe, cuya torpeza era una política deliberada. Con los vecinos: Venezuela y el Ecuador. Con las potencias lejanas: los Estados Unidos, la Federación Rusa, la China, la Unión Europea, a quienes acusa de impulsar y financiar las protestas sociales contra sus políticas antisociales. El partido de Duque y de Uribe, el Centro Democrático, acaba de mandar a Washington a pedir perdón por lo de Trump de Pachito y la canciller Blum, e instrucciones sobre la lucha contra las drogas, y ayuda contra la subversión comunista financiada desde Venezuela, a una comisión presidida por la senadora María Fernanda Cabal y la representante Margarita Restrepo. Un Centro Democrático uribista que así se llama por lo que su primer presidente fundador Fernando Londoño explicó como “una circunstancia ahí”, porque ni es de centro ni es democrático, sino que es de ultraderecha y es autocrático. Ese mismo Londoño acaba de alzarse contra el subpresidente Duque, pidiéndole que renuncie por incapaz. Hasta su jefe supremo, el expresidente Uribe, acaba de regañar a Duque por su falta de “autoridad”: por no sacar los tanques a la calle, como es de rigor en las dictaduras serias.

La Colombia de Duque está sola en el mundo. Y está sola hasta aquí en Colombia. Más sola, si eso cabe, que las islas Tuvalu, abandonadas en medio del Océano Pacífico a las aguas que van a anegarlas por el crecimiento del nivel del mar. Aquí la amenaza es otra: el gobierno. Perdón: el desgobierno.

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