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Por Antonio Caballero

Semanas terribles. Todos estamos rodeados por la pandemia del coronavirus en medio del enredo social y político y económico nacional. Al pobre presidente Iván Duque, a quien todo esto le queda grande, le corresponden las burlas. Y eso es sano: porque se dirigen al imbécil que accidentalmente dirige el Estado en este país. Pero nos queda grande a todos. Los más pretenciosos recurren a Bocaccio, a Defoe, a Camus, que describieron pestes históricas o imaginarias, y hay unos que se remontan hasta la peste del lejano siglo del emperador bizantino Justiniano, quien, como hoy Duque aquí, tampoco hizo nada en la Constantinopla de su tiempo.

Pero todos, eso sí, dan recetas.

Dice petulantemente el expresidente Juan Manuel Santos que él lo dejó todo arreglado y resuelto con su acuerdo de paz con las Farc, y que basta con mirar el artículo 27, o el 148, o el 256. Con cumplirlo como él lo redactó, todo se arregla. O si no, que para eso están los diecisiete puntos de su Desarrollo Sostenible. El punto once, el catorce, el dieciséis. Pero no hay plata. Y él tampoco la tuvo.

Otro expresidente, César Gaviria, no propone, sino que exige: que se haga otra reforma tributaria, pero bajo sus personales condiciones. No recuerdo cuántas hizo él en su gobierno.

Y ya no quedan más, porque están muertos. Andrés Pastrana, que clama sus “orientaciones” que nadie escucha, salvo su atento defensor de los intereses económicos del Estado Camilo Gómez Alzate, que ha perdido casi todos sus pleitos. Ernesto Samper, difunto grave por su desprestigio por lo de los narcos de Cali, a quien nadie le hace caso. Gustavo Petro anuncia que la solución está en su mano. El candidato presidencial “in pectore”—su propio pecho, que por la boca lo niega— Alejandro Gaviria pide una declaración conjunta de los partidos políticos, como si el problema fuera solo politiquero (que también lo es). Y, por supuesto, Álvaro Uribe, que desde su hacienda de El Ubérrimo grita órdenes: ¡Fuego a discreción!

Y le hacen caso. Ya no sé cuántos muertos van, abaleados por la policía (“¡plomo es lo que hay!”). Pero eso agrava las cosas, como suele suceder con las recetas de Uribe. ¿Qué tal su propuesta fallida del bailarín Oscar Iván Zuluaga, o la aún peor exitosa del inepto Iván Duque? ¿O sus ministros? ¿Los retirados, los difuntos?

Y el imbécil del presidente Iván Duque, con gorrita militar, lanza el grito “¡Ajúa!” desde una base militar. Ciego, sordo, sin olfato, insensible y mudo. Aunque locuaz. Quien, en uno de sus enroques de ajedrez sucesivos, acaba de nombrar canciller a su también muy locuaz vicepresidenta Marta Lucía Ramírez en sustitución de su difunta (sin que ella misma se hubiera dado cuenta, y el presidente menos) Claudia Blum. Lo decía el otro día en su columna de El Espectador Hernando Gómez Buendía: esas son las consecuencias de haber elegido presidente a un imbécil.

Y cuando se le acaben sus ministros nombrados por Uribe y sus viceministros de repuesto y sus compañeros de clase en la Universidad Sergio Arboleda para enrocar unos con otros, pasar el caballo a donde la torre y el alfil a donde la reina, ¿qué? El general Eduardo Zapateiro, comandante del Ejército: “¡Ajúa!”. Grito que quiere decir, como se les dice a los perros para lanzarlos a atacar, ¡hucha!, aunque su significado oficial sea “Arrojo, justicia, unión…” y no sé qué más.

La verdad es que ni yo, ni nadie (y todos opinamos) sabe para dónde vamos.

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