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Por Ana Bejarano Ricaurte

La ministra Karen Abudinen es la mujer de las rifas. El pasado viernes, en la moción de censura en contra de la funcionaria de Duque, presenciamos un espectáculo indigno en el que rifó la democracia, la vergüenza y la cordura. Abudinen no solo cometió el absurdo de anunciar acciones legales en contra de los congresistas citantes —a quienes protege la inviolabilidad parlamentaria— sino que exhibió una alarmante realidad paralela desde donde pretende defenderse: “los corruptos me tienen miedo”, dijo.  

Y en el Ministerio de Tecnologías de la Información y las Comunicaciones preparan otra lotería. En marzo de este año Abudinen lanzó un rescate de 85.000 millones de pesos para medios de comunicación. Convocatoria en la que se lograría la “transformación digital” y la protección de los empleos de la prensa. Ese día la jefe de cartera sumó que su iniciativa serviría para “Fortalecer la democracia de este país, a través que ustedes puedan seguir contando a Colombia…” (sic). No terminó la frase, pero se refería a la labor trascendental que ejerce el periodismo: la de contar cosas, como cuando se roban 70.000 millones de pesos en un anticipo. 

Para acceder a la donación del Gobierno —¡ay almas caritativas!— solo bastaba con postular un proyecto de digitalización de un medio o de conservación de cargos, estar debidamente constituida y no contar con antecedentes judiciales. Facilísimo. 

Es cierto que la pandemia afectó financieramente a los medios de comunicación, en especial a la prensa escrita. Pero esa repartija mal organizada viene rancia y sus efectos pueden ser devastadores para un país donde la discusión pública agoniza. 

Para empezar es inconstitucional, pues la Carta prohíbe expresamente que el Estado otorgue donaciones (Art. 355), con muy pocas excepciones, que en este caso no se cumplen.

En otros países del mundo existen antiguos sistemas de subsidios estatales a la prensa. Es una paradoja muy complicada, pues si el periodismo quiere fiscalizar al poder, pagar sus cuentas con el dinero que este le provea puede diezmar su independencia y su interés de cuestionarlo. Pero hay formas. Comités altamente técnicos donde se estudian las propuestas, preferencias a las voces silenciadas, intervención de la sociedad civil en la selección, mandatos de protección de la pluralidad de información o límites porcentuales en la asignación de recursos. 

Nada de esto ocurrirá en la rifa que la ministra Abudinen pretende celebrar el próximo 15 de septiembre, cuando se realice el sorteo para elegir a los medios que se beneficiarán de estas dádivas. (Sí. Leyeron bien: toda esta plata se asignará por sorteo).  

La entrega de 85.000 millones unos meses antes de las elecciones es una estrategia de cooptación de la prensa. Además, el hecho de que no venga en forma de una política a largo plazo, sólidamente motivada y estudiada con el gremio, sino que sea un rescate de una sola vez apunta más a la compra de conciencias y no a la reactivación de un sector trascendental para la vida democrática. 

Y también se le juntan las rifas a la ministra, porque 16 de los 18 periódicos que se postularon para recibir ayudas son regionales. Fuentes cercanas a Palacio aseguran que la orden de Duque ha sido aplazar el sorteo hasta cuando fracase la moción en contra de Abudinen. Algunos parlamentarios regionales no verían con buenos ojos la cancelación de este auxilio con sabor a propina, que desde ya avizoran como la garantía del apoyo de la prensa en sus terruños.  

Seguramente el Gobierno de Duque, experto en censura, insistirá en esta propuesta absurda, pues además ya ha visto pruebas de su eficacia. Hace menos de un mes, en la mitad del escándalo, uno de los medios que aspiran a recibir la “desinteresada” donación defendió a la funcionaria en su editorial y protestó por “El acoso mediático a la ministra TIC Karen Abudinen”. 

Muchos de los medios que se postularon hacen un trabajo trascendental para este país; no sabemos si las ayudas servirán para silenciarlos, lo que sí es cierto es que están desfinanciados. Ojalá el auxilio viniera en forma de más y mejores lectores, que entiendan que es necesario pagar para recibir información de calidad y que ese servicio es fundamental para sus vidas, como lo son la salud y la justicia. Mientras la prensa dependa de estos programas mediocres, perdemos todos, menos los que están dispuestos a rifar una fortuna para comprar un poco de silencio.

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