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Y aquella perrilla sí,/ cosa es de volverse loco,
no pudo coger tampoco/ al maldito jabalí.
J. M. Marroquín, “La perrilla”.
O el perro está rabioso, o no lo está.
Vital Aza
Callaron todos los sabios
y él dijo muy serio: “¡Mu!”
Ricardo Carrasquilla

Por Daniel Samper Pizano

Hacia 1950, un petrolero de Texas descubrió tres platillos voladores accidentados. Tenían un diámetro de 30 metros y los impulsaba un complejo sistema magnético. Procedían del espacio ultraterrestre; más precisamente, del planeta Venus. Dentro de las naves, aún vivos, aparecieron dieciséis enanoides, de menos de un metro de altura cada uno. Un periodista famoso, Frank Scully, reveló la fuente de su información: eran dos extraños científicos: un tal Silas Newton y un tal Dr. Gee. Ojo: habría “pruebas”.

Casi treinta años después surgieron extraños diseños en campos de cosecha norteamericanos. Filas de barbechos que antes revelaban la típica formación paralela de los sembrados de maíz, trigo o cebada se convirtieron en gigantescos tableros donde alguna fuerza desconocida o alguna inteligencia superior dieron en recortar las hileras de surcos para trazar figuras: círculos concéntricos, espirales, cuadrados, polígonos, rompecabezas laberínticos, todos ellos del tamaño de cuatro o ocho campos de fútbol. Un profesor ilustre dictaminó que los autores de semejantes líneas, cuya razón geométrica solo era discernible desde varios kilómetros de altura, únicamente podían ser criaturas de remotos mundos.

Estos dos episodios dieron origen a muchos más, y desde entonces, hace ya cerca de siete décadas, estalló una próspera rama de las teorías conspirativas potenciada por ingenuidad, descreste y ocultismo. Se denominó ovnilogía, a partir de la sigla ovni: Objetos Voladores No Identificados (Ufo en inglés). La frondosa necedad abarca estudios, encuestas y discusiones sobre la existencia próxima de seres interplanetarios. Enanos venusinos, geómetras de cereales, interferencias misteriosas de comunicaciones, naves que nos escrutan desde el espacio, insólitas luces celestiales… cosas así. Divisar platillos pasó a ser obsesión típica de sociedades afluentes; de similares fantasías se lucran miles de avivatos que sostienen programas y revistas, dictan cursos, organizan seminarios, piden donaciones para supuestos centros de investigación estelar y viven, en fin, de la carreta astronómica y la credulidad popular. Prácticamente todos los casos “inexplicables” terminan siendo aclarados. Los dos fenómenos que relaté no eran más que trampas engañabobos, naturalmente. Las pruebas resultaron chimbas.

En el Tercer Mundo, donde la amenaza no desciende de las estrellas sino de la pobreza y la explotación, hay poco tiempo y escasa paciencia para andar culpando a los marcianos de nuestras desventuras. Pero en el mercado consumista esta forma de esoterismo funciona, pues, como su nombre lo indica, gira alrededor del consumo, incluso el de falsas verdades y mitología seudocientífica. Ni qué decir que las redes sociales revientan de gozo ante la comilona de fraudes que sirven todos los días.

Quienes llevamos años asombrados por el éxito de tamaña farsa entendemos mejor ciertos episodios de delirio colectivo, como el ascenso de Donald Trump, otro monstruo de la estafa psicológicas de los enanos verdes. El sabio Carl Sagan (q.e.p.d.) señaló que la mayoría de los gringos cree que nos espían desde la luna. Otros sostienen que el mundo ha sido invadido por millones de seres galácticos que imitan nuestro comportamiento y nuestras costumbres. Ellos nos oyen y nos controlan. Y es que, una vez que uno da por veraz esta tontería, lo demás llega por añadidura: los extraterrestres manejan la economía, abducen a sujetos que luego cobrarán por las entrevistas, alteran las elecciones, planean las guerras, juegan con el clima y cometen misteriosos asesinatos. El de John F Kennedy, por ejemplo. O el de Juan Pablo I. Incluso la desaparición aún incomprensible de doña Trinidad Ricaurte de Marroquín, mamá del autor de “La perrilla”, cierta noche de 1828 en la sabanera hacienda de Yerbabuena. Pienso ahora que pudo tratarse de un secuestro interestelar. Son gente mala estos marcianos…

Hace pocos días el gobierno de Estados Unidos reveló, en medio de palpitante expectativa, los resultados de una larga investigación oficial destinada a dirimir las dudas sobre la existencia de platillos voladores. Tras varios años de dedicación y el examen de 143 casos raros, la Dirección Nacional de Inteligencia llegó a una conclusión: es imposible afirmar que los platillos existen, pero tampoco se puede decir que no. ¡Quién demonios lo sabe! Ni siquiera podemos imaginar si, al afirmarlo, el gobierno miente o dice la verdad. Los colosales montes parieron, pues, un enclenque ratón. Del alboroto salió una propuesta formal: en vez de llamar ovnis a estas apariciones, se recomienda denominarlas FANIS: Fenómenos Aéreos no Identificados. ¿Y en eso se tiraron una millonada de dólares, mientras cada día mueren de hambre 24.000 terrícolas?
Estamos ante una tomadura de pelo en la que creen con firmeza más de 180 millones de estadounidenses y muchos millones más alrededor del orbe. Chris Carter es un director y guionista que se ha hecho rico explotando audiencias crédulas durante años con una serie sobre platillos (Expediente X). Lo que Carter comentó al conocer los frutos de la pesquisa es lo que a mí me vale: “No he visto nunca un ovni ni un visitante ultraterrestre, a pesar de que me encantaría conocerlos”. Si él lo dice…

Nefasta coincidencia.
Una vez más coinciden varias noticias abominables bajo el rótulo de Colombia. A la estadística de que ya los líderes sociales asesinados sobrepasan los 1.200 se suma la bomba internacional del escuadrón de sicarios colombianos (la mayoría de ellos, militares retirados) que presuntamente asesinaron al presidente de Haití… justamente cuando el gobierno de Iván Duque responde a la CIDH que nuestro país no necesita lecciones en materia de Derechos Humanos. Qué bochorno mundial.

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