Comparte esta Columna...

Por Daniel Samper Pizano

No hay tragedia que no le ocurra a Haití, primer país latinoamericano que enarboló la bandera de la independencia gracias a una rebelión de esclavos contra el imperio francés entre 1791 y 1803. A Egipto, según la Biblia, le cayeron siete plagas. Haití ya perdió la cuenta de las que la han azotado, pues aparte de ser el país más pobre del continente es el más sufrido. Ha padecido reiteradas dictaduras, eterno caos político, constantes crisis de salud, invasiones, corrupción, huracanes, maremotos, pandillas, saqueos, inseguridad, epidemias de cólera y de covid-19, robo de ayudas internacionales, vías destrozadas, dos terremotos catastróficos durante los últimos años y, para rematar, el reciente asesinato de su presidente cometido por mercenarios colombianos.

Solo le faltaba un pleito internacional contra un enemigo mayúsculo, y resulta que este peligro la acecha desde hace años. Se trata de una bomba de tiempo por intereses enfrentados entre Haití, Estados Unidos y varios piratas modernos procedentes de la tierra del señor Trump. 

El objeto materia del anestesiado conflicto es la pequeña isla de Navaza, descubierta por España a fines del siglo XV, cedida a Francia en 1785, incluida en el mapa de Haití hace más de dos siglos (cuando esta antigua colonia se convierte en república), ocupada por una sucesión de aventureros a partir de 1857 y vinculada por Estados Unidos a sus territorios desde entonces. Hoy reclaman jurisdicción sobre la isla algunos invasores capitalistas y los dos gobiernos. 

Colombia limita con Haití pero no tiene arte ni parte con las aguas que la rodean por el occidente. Sin embargo, las circunstancias sirven en bandeja a nuestro país una brillante ocasión diplomática internacional para lavar la imagen que han dejado los exmilitares magnicidas y la errática cancillería colombiana, que atacó a Cuba pese a su generosa actitud con la paz y se excluyó a sí misma del juego con Venezuela por los errores de Duque. 

Volvamos a la isla. Navaza es poca cosa: mide 5.4 kilómetros cuadrados (un quinto de San Andrés), se levanta a 56 kilómetros de Haití, 152 de Cuba y 290 de la Florida. Fue rica cuando se cotizaba por lo alto el guano –abono de aves marinas y murciélagos—, pero desde hace décadas carece de pobladores y de otra actividad que la pesca en aguas cercanas. Sin embargo, ofrece lo que el gobierno de USA denomina “importantes recursos biológicos”: interesante fauna local que convive con gatos y perros salvajes, acantilados, bosques y una extraña depresión central donde, según cuentan, yacen ignotos tesoros bucaneros. 

En 1858 se produjo un conato de guerra entre la minúscula Haití y el gulliver del norte cuando un buque militar haitiano pretendió desalojar a Peter Duncan, gringo advenedizo que reclamó la propiedad de la isla, y Washington despachó un barco cañonero más poderoso para proteger al aventurero. Dos años antes Estados Unidos había proclamado la Ley del Guano, típico acto imperialista destinado a apoderarse de las islas donde la mierda producía un generoso fertilizante natural. A un aventurero siguió otro, que montó fábrica de fosfatos y desembarcó a 140 esclavos a los que explotaba y maltrataba. En 1889 los negros se rebelaron y mataron a cinco capataces blancos. Muchos esclavos terminaron condenados a pena capital o presos, la empresa quebró y Estados Unidos afirmó su soberanía con un faro y unos fareros. Entretanto, la constitución haitiana consagraba la soberanía de Navaza.

Era apenas el prólogo de males mayores. En 1915 los marines desembarcaron en Puerto Príncipe para imponer orden político y durante veinte años Washington manejó a su antojo la república afrocaribe. Antes de retirarse “ayudó” en 1932 a redactar una nueva constitución. Quizás el cónsul no la leyó bien, porque allí consta que Navaza es parte “indivisible, libre, soberana e independiente” del territorio haitiano. 

Desentendido, Washington no escucha las quejas de Haití y tolera a los aventureros cada vez que intentan adueñarse de la isla. El último de ellos, un buscador de tesoros, acepta con desparpajo que “Estados Unidos le robó la isla a Haití, propietaria legal de Navaza”. Es lo que conviene a su billetera: negociar con el más débil. 

En el área antillana apoyan a Haití, entre otras, Cuba y Jamaica. Y aquí entra a la cancha Colombia, que en 1978 firmó un tratado de límites con Puerto Príncipe. Nuestro país, que anda tan extraviado de la realidad geopolítica, podría encabezar un movimiento diplomático en pro de la soberanía haitiana sobre Navaza. Consulté al prestigioso internacionalista José Joaquín Gori Cabrera, y este opina que Haití, como Estado archipelágico, podría respaldar con buenos argumentos su pretensión, mientras que para EE. UU., a estas alturas del guano y de la vida, la pequeña isla resulta irrelevante. Es clave trabajar la histórica reivindicación con apoyo en países de la región, la OEA y la ONU. Nuevos vientos ecológicos soplan a favor de defender estos 5,4 kilómetros como santuario ambiental biodiverso.  

Lo principal: corregiría el chueco caminado internacional de Colombia e inyectaría una dosis de orgullo a esos 11 millones de vecinos, casi todos negros y mulatos, que parecen tener el monopolio de las desventuras.  

Esquirla. La candidatura presidencial de Alejandro Gaviria es una buena noticia. Su presencia aporta inteligencia, espíritu democrático, limpieza, conocimientos y altura al debate político.

Puede ver más contenidos de Daniel Samper Pizano ingresando aquí.

Descargar columna


Comparte esta Columna...
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

SUSCRÍBETE

Ingresa tu correo electrónico y entérate al instante de las ultimas Columnas y Noticias. 👇👇

Únete a otros 8.906 suscriptores

Categories: Columnas

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *