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Por Laura Restrepo

Salve, abuela, te digo aunque eres casi una niña, Lucy, porque pese a tus tres millones y pico de años, se calcula que debiste morir a los 25. Y qué pequeñita eres, y qué graciosa, una mujeruca de apenas un metro diez, y eso que estás más o menos erguida, porque inauguraste la costumbre andar de pie. Por ahí vas tú, muy desenvuelta en dos patas, o mejor dicho piernas según las llamamos hoy día: esta negrita que va caminando, esta negrita tiene su tumbao, te cantaría Celia Cruz, la guarachera mayor, para celebrar tu recién adquirido garbo.

He llegado por fin a Addis Abeba y te tengo ante mí, Lucy, remotísima madre, primera hembra humana del planeta, yo aquí afuera y ahí dentro tú, resguardada en tu urna de vidrio en medio de este museo polvoriento.

Y aquí vamos las demás, abuela Lucy, a ratos bien plantadas y a ratos a gatas, todo el mujererío del mundo siguiendo tus pasos. Mira no más qué muchedumbre, un hervidero de gente con sus vacas, sus cabras y burros en ese inmenso mercado donde se venden y se intercambian las cosas más insólitas, latones, sillas desfondadas, medallas, camisetas del Barça, trozos de manguera, periódicos de ayer. Mujeres con la cabeza envuelta en altos tocados de tela, gallardas y esbeltas como Reinas de Saba: con razón se dice que bien pueden ser las más bellas de la tierra. Elegantes de por sí, sin atuendos de marca costosa, ni modas, ni tendencias, y en cambio dotadas de una natural desenvoltura y una dignidad imperial que logran arrancarle con las uñas a la pobreza. Y niños con pestañas de muñeco y mirada adulta. Y todo el gentío por igual con el notorio rasgo común de sus grandes dientes: paradoja borgiana, la del Creador que les dio al mismo tiempo tanta dentadura y tanta hambre.

Mira no más, Lucy, abuela nuestra, grandma, nonna, ávia, amona, somos miles y miles las que recorremos los caminos de esta tierra todavía buscando, como hiciste tú, un lugar donde una vida amable nos abra la puerta. Y con nosotras van nuestros Selans, que así se llamó el Primer Niño, Selan, también él expuesto en este olvidado museo de Addis Abbeba, acurrucado y aterido en la urna de cristal contigua a la tuya. Igual a este crío, o por el estilo, debiste parir unos cuantos, fecunda Lucy, y cuando le pregunto al guía cómo se sabe que fuiste mujer, si estás en los meros huesos, me responde que por la amplitud de tu pelvis. O sea que fuiste caderona, abuela, como todas nosotras, y también tú sufriste las agonías de parto.

Porque tú eres el Alfa y el Omega, vieja Lucy, tú Madona y tú Pietá, contigo empieza el drama inmemorial de la raza humana, esta paridera y esta moridera en que andamos montadas, tú, yo, todas las demás, y también esa nena Barakat que se está muriendo a la orilla de un camino en las laderas sembradas de café del sur de Etiopía. Se nos muere  Barakat a sus trece años, embarazada y agotada tras veinticuatro horas de contracciones sin resultado. Se muere mientras susurra, como en rosario, ese ay, ay, ay tan ancestral, tan casi animal, tan igual en todas las lenguas, ese lamento que es el idioma originario, el que tú, nonna Lucy, nos enseñaste.

En una calle desolada de Sanáa, a la sombra de las altas torres de barro, se acurruca una anciana a la que no le veo el rostro porque lo lleva cubierto con tela negra. ¿Pero acaso existe todavía Sanáa, la ciudad más bella, ¡ay!, la más antigua del planeta, o ha desaparecido ya, junto con el resto del Yemen, bajo el tronar de los misiles y el zumbido de los drones?

-¿Tienes un nombre? -le pregunto a la mujer que se ovilla en la Sanáa desierta, y ella no dice nada.

-¿Tienes un sueño? -le pregunto, y ella responde.

-Tengo un sueño, sí, uno pequeñito. Sueño que alguien me da una limosna.

Para ir de su casa al trabajo en un salón de belleza, Eliana debe atravesar en su vieja motocicleta el largo puente del Morro, que une las dos mitades de Tumaco, puerto colombiano de población negra sobre el Océano Pacífico.  A la entrada del Morro la tumban de su moto los hombres de un comando guerrillero y la violan en grupo. Eliana se escabulle como puede, se arregla el pelo y  la ropa, vuelve a montar en su moto y logra atravesar el puente. Al otro extremo de este, la esperan unos policías que también la violan.

En la isla de Lesbos, desde un campamento de refugiados, una muchacha siria llamada Fatima mira hacia la costa turca, que espejea al otro lado del Egeo. Su bote de caucho se hundió al intentar el cruce y ella logró ponerse a salvo a nado, socorriendo a su hermanita menor, Huna, apenas una bebé de meses, a quien ahora arrulla en brazos. La madre y las otras hermanas sucumbieron ahogadas. Ay del Egeo, Mar de la Muerte. Los pescadores de Lesbos cuentan que cuando tiran las redes, de tanto en tanto sacan cadáveres en vez de peces.

Pero para qué contarte todo esto, Lucy leona, inicio de la estirpe, fierecilla indómita en su lucha por la supervivencia. Mejor será que me despida de ti en silencio, pequeña abuela, mejor así. Con qué palabras podría yo explicarte lo que te resultaría incomprensible, si, según dicen, tenías un cerebro del tamaño de un durazno, andabas peluda como un monito y te encantaba encaramarte a los árboles, tal como se deduce de la fotaleza de tus brazos. Cómo explicarte entonces que has dejado un interminable reguero de descendencia, porque te multiplicaste como los conejos. Y todo estaría bien, viejisísima madre nuestra, pero en el fondo no tanto, la cosa no ha salido tan bien al fin y al cabo, porque eres el Alfa, sí, pero también el Omega, principio  de la Historia y a la vez anuncio de lo que podría ser el final: tu celo tropieza hoy contra enemigos demasiado grandes, ni te imaginas cuán grandes, te ves mínima y encogida frente a la magnitud del drama, hasta risa daría si no fuera asunto de lágrimas,  piensa que te estoy hablando de guerras, hambrunas, odios, racismos, pobreza, fascismo, sequías, pogromos y catástrofes y peste, para no hablar de las tres caras más antiguas de la muerte, según Malraux: la tempestad, la soledad y la bruma.

Danos tu fuerza, madre milenaria, pequeña Lucy. No habrás sido Virgen, ni siquiera reina, apenas una mujeruca del montón, la más arrugada y chuchumeca, y sin embargo qué bríos los tuyos, abuela, qué resistencia y qué poderío, qué inquebrantable ha sido tu compromiso. Ante ti me inclino, ya ves, y si no fuera por este vidrio que nos separa besaría tus pies, infantiles, requemados, mínimos, y sin embargo incansables, empecinados, trashumantes. Cuánto no habrás trajinado tú, vieja andariega, para arriba y para abajo por esta tierra tan bella y tremenda. ¿A lo mejor puedes vernos, allá desde el fondo de tus ojos huecos? Aquí vamos nosotras, Lucy Austrolopithecus, míranos, pues, y sonríe, muestra esos dientes que ya no te quedan, con los que ahuyentabas la adversidad a tarascazos. Llora y ríe con nosotras, somos el río desbordado de tus tátara, tátara, tátara, tátara nietas.  Diminuta y poderosa homínida, échanos la bendición con tu manita enjuta. Cuentan que los arqueólogos que te descubrieron escuchaban Lucy in the sky with diamonds al momento del hallazgo. Lucy in the sky with diamonds, esa canción de los Beatles, y de ahí el nombre que para ti eligieron. ¿Allá arriba tú, Lucy coronada de diamantes, como en un delirio alugnógeno?¿Acaso eres santa, entonces, y de veras estás en el cielo? De acuerdo, pues. Haremos relicarios  con los 52 huesillos que nos has dejado por herencia.

Dale, Lucy Afarensis, dulce abuela, hoy que cumples años (tres y medio millones de ellos) acuérdate de nosotras, dinos cómo honrar tu ejemplo y seguir tu huella, hoy que la mano viene brava y el futuro es tan incierto, ay, abuela, ay, ay, ay, mira que la vaina se está poniendo fea.


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Categories: Daniel Coronell

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