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Por Daniel Samper Ospina

Guardo profundo cariño por Arturito Char, el presidente del Senado, porque su historia me recuerda a la de Billy Elliot, aquel niño que soñaba con ser bailarín, y lo logra, si me permiten anticiparles el final de la película, para que no la tengan que ver. Arturito es el Billy Elliot de la política colombiana, pero, a diferencia de la historia original, la suya carece de final feliz. Hasta ahora. Hace apenas unos años, el ahora presidente del Senado se enfundaba en una trusa, tomaba un cepillo a modo de micrófono y daba rienda suelta a su sueño de convertirse en estrella musical cantando frente al espejo.

Lo hacía a escondidas de su papá, don Fuad Char, hasta que una mañana, durante el desayuno, tomó fuerzas para confesar su verdadera ambición:

—¡Quiero bailar, quiero cantar, papi! —le dijo.
—¿Se te mojó la canoa? Te me quitas esa trusa y te me vas ya pal Senado —lo regañó, severo, don Fuad, mientras se limpiaba el suero de la comisura.

Tuvo entonces que echar candado a su maleta de sueños, pobre, y aterrizó en el Congreso convertido en presidente: maldita paradoja la de presidir una corporación cuyos miembros nunca cantan, así les prometan rebajas de pena.

Esta semana, aprovechó su buen oído de músico para escuchar los reclamos de la calle. Agendó entonces, de modo prioritario, aquellos proyectos de ley que en verdad pudieran satisfacerlos. Algunos provenían de la oposición, como la ley que permite alterar el orden de los apellidos. Margarita Cabello Blanco, por ejemplo, podrá llamarse Margarita Blanco Cabello. Su propia tía, doña Magda Cucalón de Cabello, ahora podrá llamarse Magda Cabello de Cucalón (o Cabello Crespo, si lo acepta el notario).

Apoyaron la iniciativa personas como doña Mónica Mier Dávida y su tocaya, Mónica Correa. También el doctor Miguel Polo Polo. Arturito la agendó porque ha padecido las vicisitudes cacofónicas del apellido Char, como puede asegurarlo su libidinoso primo Juan Pablo, a quien todos llaman Juanpi. En la ley procuraron colgar un inciso, a modo de mico, que autorizara de una vez el cambio de nombre. Lo impulsaba Temístocles Ortega.

Ayudó en esa, pero por poco no agenda la ley de comida chatarra, cuyos conciliadores, enemigos de la medida, querían meterle muela para suavizarla. La norma obliga a etiquetar en envases y paquetes advertencias sobre el contenido malsano de la comida chatarra, asunto que debería ampliarse a los políticos en campaña. Si Duque hubiera venido con el sello de advertencia de que su gobierno traía exceso de mermelada; si Uribe se hubiera presentado a elecciones con una etiqueta octogonal que alertara sobre los 6402 falsos positivos de su presidencia, otro gallo nos cantaría: como a Arturito en ciertos coros.

Es cierto que por su culpa se hundió la ley de jurisdicción agraria, punto clave de la implementación del acuerdo, presentada y abandonada a la vez por el mismo gobierno, supone uno que por orden de Álvaro Vélez Uribe: ¿o qué supone uno?

También se le puede echar en cara que, bajo su presidencia, el Congreso, en plena crisis fiscal, concedió cientos de nuevos cargos burocráticos a la procuradora Blanco Cabello, y la potestad ilegal de que desconozca a la CIDH; que empujó la nociva reforma al código electoral; que mató el acuerdo de Escazú (y con él a los líderes ambientales); y que hundió la ley contra el fracking. Aunque, en defensa del medio ambiente, precisamente, aprobó una reforma a la justicia cargada de micos.

Pero podrá mirar a las nuevas generaciones a los ojos —si es que les quedan después de los enfrentamientos con el Esmad— para decirles que sí: que, como el intérprete que es, supo interpretar sus reclamos. Y que, gracias a su diligencia, quedaron en pie proyectos de ley como estos:

  1. Rendir homenaje público al municipio de Guacarí.
  2. Crear la fiesta nacional del campo y la cosecha.
  3. Declarar zona de interés el embalse del Guájaro.
  4. Declarar patrimonio cultural el concurso de bandas musicales de Paipa.
  5. Exaltar a los habitantes del municipio de Chiquinquirá (gesta admirable de Paola Holguín).
  6. Regular principios para la exploración y utilización del espacio ultraterrestre y cuerpos celestes. La autora es la excanciller Claudia Blum. Por eso vivía en la luna: estaba investigando sobre este importante tema.
  7. Crear el Día Nacional de Esthercita Forero: uno de los autores de esta ley —crucial para el empleo de los jóvenes— es, cómo no, Arturito Char, colega de Esthercita.
  8. Conmemorar el Día Nacional de la Mutualidad.

Y más importante que todo lo anterior, gracias al compromiso incansable de la comprometida uribista Rubi Chagüí, declarar al carriel antioqueño patrimonio cultural de la nación: merecido homenaje a aquella prenda insignia del uribismo donde se pueden guardar los subsidios de Arias, las armas preferidas de Christian Garcés y demás implementos de los hombres de bien.

Impecable gestión de nuestro Billy Elliot que esta semana abandona la presidencia del Senado después de sofocar el estallido social con leyes vitales para la delicada coyuntura. Deja la vara muy alta. Merece ahora desempacar su maleta de sueños para cantar de verdad: acaso aproveche su experiencia legislativa para grabar un disco de covers, a dúo con el propio Iván Duque, en que canten El serrucho o El títere en sabrosas versiones de salsa que los conecten con su esencia. Si su papá se opone, podrá poner el apellido Char de segundo, en venganza: Chalhubchar, que parece un verbo. El verbo de hacernos suspirar a todos con sus canciones, incluyendo a la ultrapoderosa Margarita Blanco, a su tía Magda Crespo. Y también a su primo Juanpi.

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