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Por Ana Bejarano Ricaurte

El pasado diciembre volvieron a quedar vacías las calles bogotanas, aunque infestadas de ómicron. Al recorrer el pueblo fantasma, en el barrio Santa Teresita de la localidad de Teusaquillo se encuentra el complejo cultural Casa Gaitán. En la manzana entre la calle 43 y carrera 15, persiste la casa que habitó el caudillo liberal hasta el día de su asesinato, el 9 de abril de 1948. A su alrededor, impávido, yace en ruinas el centro cultural que diseñó el arquitecto Rogelio Salmona, para que un día fuese un espacio público que celebrase la memoria de Gaitán y sirviera para lo que el expresidente Alfonso López Michelsen describió como un “instrumento premonitorio de lo que iba a ser la democracia participativa”.

Con el tiempo, el proyecto inconcluso adquirió el nombre de El Exploratorio. Pero ha habido poca exploración en este hermoso esqueleto oculto entre rejas, pues décadas de desidia estatal lo han convertido en un emblema de la batalla campal que ha librado el establecimiento colombiano en contra de la memoria histórica.

Dijo Salmona: “sólo una buena arquitectura será una bella ruina, porque será juzgada por el tiempo”. Esta fotografía de Mauricio Salazar Valenzuela le da la razón. 
Dijo Salmona: “sólo una buena arquitectura será una bella ruina, porque será juzgada por el tiempo”. Esta fotografía de Mauricio Salazar Valenzuela le da la razón.

El más reciente embate proviene de las quejas del uribismo y otras voces de “centro” por el dinero que costó el funcionamiento de la Comisión de la Verdad en 2021. Disgustos infundados y miopes. Los 117.000 millones que invirtió la entidad liderada por el padre Francisco De Roux el año pasado permitieron el adelantamiento de una tarea fundamental para la consolidación de la paz en Colombia. En tan solo doce meses, la Comisión escuchó a 4563 personas, recibió 485 informes y 358 casos. ¿Cuánto gastaría la suntuosa y ostentosa Fiscalía de Barbosa en esta labor? En cualquier caso, la paz siempre será menos costosa que la guerra.

Y lo más antipático, nada han dicho estos mismos quejosos sobre el vergonzoso despilfarro del erario liderado por la administración de Iván Duque, al crear cargos innecesarios, realizar contrataciones inútiles y usar los bienes públicos a su antojo para dar sosiego a sus inseguridades y las de sus amigos del recreo.  

Duque ha sido un fiel soldado de la causa de las élites políticas en contra de la remembranza de la guerra. Por eso se ha empeñado en acabar con cualquier labor trascendental que pueda adelantar el Centro Nacional de Memoria Histórica, para lo cual nombró como director a un negacionista del conflicto. Y reemplazó a los directores del Archivo General de la Nación, el Museo y la Biblioteca Nacional por funcionarios que considera sintonizados con el proyecto amnésico que lidera.  

Es la Colombia que se rehúsa a mirar para atrás; a entender el pasado. Parece simple: la memoria histórica permite identificar los patrones que autorizan violaciones a los derechos humanos, actos de corrupción y demás males endémicos que no hemos sido capaces de erradicar, ni siquiera de admitir. El uribismo y otras fuerzas políticas se resisten a reflexionar, porque eso implicaría admitir que han vivido de una guerra interminable que ellos mismos han consentido.  

Un país sin consciencia de sí mismo es incapaz de repensarse y, por la misma vía, le resulta imposible apropiarse de los espacios públicos; de lo que es de todos y de nadie. Si no sabemos quiénes somos, en qué o dónde converge la comunidad, no hay noción de lo público y esa es otra consecuencia de un pueblo desmemoriado.  

El genio de Rogelio Salmona en El Exploratorio trasciende el acierto de la propuesta estética y social de la estructura, de las sombras, de los ladrillos, de los cuerpos de agua y tantos otros gestos que lo consagraron como el arquitecto más importante del siglo XX en Colombia. Salmona diseñó el homenaje perfecto para nuestra ausencia de memoria: un espacio que terminó convertido en ruina. Y tal vez era eso lo que le hubiese gustado. Junto a su escritorio colgaba una frase de Apollinaire escrita de su puño y letra: “Dar al presente unas ruinas tan bellas como las que sobrevivieron a los tiempos”. El problema es que cuando la memoria histórica se convierte en ruina, a diferencia de las piezas arquitectónicas, no sobrevive.   

El Exploratorio, hoy en cabeza de la Universidad Nacional, no ha sido una celebración de la memoria de Gaitán, ni un centro de pensamiento para entender las tensiones de la democracia participativa, ni un espacio público que dote de vida a la comunidad que lo rodea, pero sí es un potente símbolo de una clase dirigente cobarde y farsante que teme verse en el espejo. 

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