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Por Daniel Samper Ospina

Cae la tarde del lunes en el Palacio de Nariño y el presidente Duque enfrenta la semana más crítica de su Gobierno: eleva su teléfono Falcon, oprime tres teclas, activa el altavoz y dice en voz alta:

—Señores: declaro el Gobierno en crisis.

Del altavoz emerge como única respuesta una grabación que le indica la hora. Ha marcado al 117, el número que se sabe desde niño. Rápido en la reacción, como suele ser, llama entonces a María Paula Correa, su mano derecha, para que sea ella quien convoque a su equipo principal, que en este momento ingresa al salón de crisis. Vemos a ministros, viceministros, consejeros. Aún a funcionarios recién nombrados, como el alto consejero para la Revolución Molecular.

Carraspea el presidente para que hagan silencio y expone sus preocupaciones. El paro ha resultado costoso. Tuvo que cancelar su participación en la conferencia Cómo liderar un país dinámico y las emisiones de su programa de televisión. Por si fuera poco, informes de inteligencia indican que Justin Bieber podría convocar un concierto en la frontera para presionar su salida del poder, y la ONU y las embajadas de Estados Unidos y la Unión Europea le han exigido frenar los crímenes de la fuerza pública, en lo que constituye un verdadero cerco diplomático.

El presidente pide conectar por Zoom a la canciller. Pero la canciller está desconectada. Ella también.

—Creo, presidente, que con tanto atenido en la calle debes nombrar un negociador —plantea la veterana vice.

Miguelito Ceballos siente entonces que ha llegado su cita con la historia: acomoda el pañuelo en la solapa y pide la palabra:

—Me ofrezco, presidente. Ya he tenido éxito en varias negociaciones. La última fue con el ELN…

Tras las ventanas suenan estallidos y se observan relumbrones. ¿A quién se le ocurre celebrar en estos momentos?, piensa el presidente. Entonces habla:

—Para tener capacidad de maniobra, he decidido hacer un remezón en el gabinete.

Gestos de preocupación recorren la cara de los presentes.

—¿Quién está en el Ministerio de Comercio? —indaga.
—Yo, presidente.
—Tú pasas al Ministerio de Hacienda: Carrasquilla sacó la mano, se va para la CAF…
—Tiene huevo —dice el nuevo ministro.
—¿Y quién será el nuevo ministro de Comercio, entonces? —pregunta el vice ministro del Hacienda.
—Tú. Recuérdame tu nombre.
—Londoño, presidente. Soy el vice de Hacienda.
—Tú pasas a Comercio entonces.
—¿Y quién me reemplaza en el viceministerio?
—Camargo, el defensor del pueblo —ordena.

En efecto: el presidente se la juega por alguien que represente a las regiones, en concreto Anapoima. Pero el doctor Camargo no aparece y el cargo queda vacante.

Los presentes aplauden las medidas y felicitan al presidente. El secretario general y alto comisionado para Twitter, Víctor Muñoz, observa la pantalla de su celular:

—Presidente, chequeaba nuestra bodega y veo que en redes piden que se reúna con los del paro —advierte.

Amplio de formas pero también de fondos, el primer mandatario ordena a María Paula Correa que los convoque. Pero el reto no resulta sencillo: la agenda presidencial se encuentra llena hasta el viernes.

Conocedora de la premura de la situación, anticipa una importante cita con directivos de la Conmebol, pospone la cita de la tintura y halla, al fin, un espacio:

—Hay un huequito el fin de semana —informa.
—Que así sea, entonces: esto no da espera.
—Así se habla, presidente —felicita la vicepresidenta.
—Felicitaciones, presidente —le dice el ministro de Minas.

El secretario general carraspea:

—En Twitter también le piden reunirse con los jóvenes.

Viejo zorro del poder, hombre democrático por excelencia, el mandatario reacciona sin ambages:

—Citemos entonces al ministro Jonathan Malagón como representante de las juventudes —resuelve, mientras los demás felicitan al ministro.

Pegado a la pantalla, Muñoz insiste:

—Juan Manuel Santos se ofrece para reunión —indica.
—Con el señor _________ no me reuniré —dice el mandatario sin mencionarlo.
—Ah: y acá el presidente Uribe sugiere que los militares disparen —añade.

El ministro Molano sonríe, gustoso, y propone además convertir el protestódromo en polígono y declarar la asistencia militar, por si llueve y se requiere la presencia de fuerza pública para sostener la sombrilla de la primera dama. El presidente saca, divertido, la tarjetica verde que usaba en su programa: es su propia forma de decir “proceda, doctor Diego, que usted hace las cosas bien hechas”.

El ministro del Interior saca entonces un as de debajo de la manga:

—Presidente: decretemos el estado de conmoción interior —plantea.
— Eso es exactamente lo que estoy sintiendo: ¿cómo es esa figura? —se interesa.

El ministro le explica que bastaría un decreto de su puño y letra para maniobrar sin permisos, restringir la información, obligar a la gente a que proteste contra los violentos y no contra un gobierno que siempre ha escuchado, ¡ampliar a dos horas el programa Prevención y acción!

—¡Así lo querí! —asiente el presidente.

En ese momento, sin embargo, una bronca bocina se filtra por la ventana: es el fiscal Barbosita, que acaba de decomisar su primer camión y los saluda con el claxon desde la calle.

Su presencia inspira al presidente para lanzar una ráfaga de órdenes: ordena copar su agenda con reuniones de todos los sectores, por separado: una reunión con los congresistas de su partido; otra con su gabinete; otra con su hermano Andrés. ¿Querían política? Acá la tienen. Pide llamadas. Pide sándwiches. Organiza. Y al final dice a los presentes, inspirado:

—¡Calmaremos las cosas para emitir de nuevo el programa, así debamos llamarlo Conmoción y acción!

El ministro Palacio se pone de pie e inicia un aplauso lento, pero creciente. Uno a uno lo imitan los demás ministros y se suman a la más emocionante ovación que mandatario alguno haya recibido. El presidente se pregunta qué suena allá afuera: ¿otra vez lloviendo? El fiscal Barbosita vuelve a pitar desde el camión.

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