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Por Raquel Coronell Uribe*

Cuando la magistrada de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos Ruth Bader Ginsburg era todavía abogada litigante, planteó un alegato ante ese tribunal en el caso Weinberger v. Wiesenfeld. En su demanda, Ginsburg combatía una ley que le negaba a un hombre los beneficios del seguro social tras la muerte de su esposa. La lógica de la ley consistía en otorgar a las mujeres el derecho a heredar los beneficios de la seguridad social de sus cónyuges, pero no al revés. Es decir, el viudo no podía reclamar el seguro social de su difunta esposa.

Ginsburg dijo que este tipo de leyes, que presumían proteger a las mujeres, no servían para ponerlas en un pedestal sino para enjaularlas.

Del mismo modo, el diálogo que pretende privilegiar la belleza, sensualidad o fragilidad de las mujeres por encima de su capacidad intelectual no les hace un cumplido sino que las reduce a una jaula.

En reciente columna de Los Danieles, Antonio Caballero — maestro de mi papá, es decir, maestro de mi maestro — calificó a Margarita Rosa de Francisco de bonita y talentosa recitadora sugiriendo que lo mejor que hace es interpretar los guiones de otro. Es decir que solo repite, con algún talento, lo que un libretista escribe (Reflejando de paso cierto desprecio por el trabajo de los actores). El ambiguo elogio a su inteligencia combinado con la descalificación de sus opiniones por “ingenua y novata” no hicieron las veces de pedestal para Margarita sino de jaula.

No es que seamos unas feministas histéricas dispuestas a afirmar que a las mujeres “ya ni se les puede decir bonitas”. Lo que sucede es que no se nos puede reducir a un papel estético, ni la belleza es incompatible con la inteligencia, ni alguien racional puede usarla como un atributo descalificador.

Los argumentos estereotipados contra las mujeres hablan peor de quien los esgrime que de quien los recibe. Qué fácil es creer que un ser humano —capaz de elaborar pensamientos complejos y desarrollados— puede reducirse a la simpleza de un plano. Semejante línea argumental desalienta un debate serio y lógico y estimula los ataques ad hominem, aunque en este caso tal vez sería ad feminam.

Leo las columnas de Antonio Caballero todos los domingos y aprendo de ellas, casi siempre. Lo considero un escritor de avanzada, un intelectual brillante y un valioso ejemplo del periodismo de opinión en Colombia. Ha trazado un sendero por el que quizás aspire yo misma a caminar. Y, sin embargo, es humano y por ende tiene imperfecciones, incurre en vanidades, comete ligerezas y cae en errores.

Me siento obligada a escribir esta columna por dos razones. Primero, porque pienso que los líderes de opinión colombianos deben aspirar a argumentos de mejor calidad e integridad. No hay lugar para la pereza intelectual ni el machismo en publicaciones sin techo.

Los lectores de Los Danieles tenemos derecho a ser exigentes. Para conformarnos con menos, leeríamos otras cosas. Alguien de la talla de Caballero tiene que amarrarse al mástil para no sucumbir a los cantos del argumento fácil.

Segundo, porque razonamientos parecidos se han empleado durante siglos para someter a las mujeres y subestimar su valor intelectual.

Es importante desbaratar desde su base la pirámide del odio, que a veces comienza con una descalificación gratuita y a medida que sube y avanza desarrolla prejuicios cada vez más dañinos y puede llegar a provocar violencia. Si no combatimos el desprecio por la mujer en sus manifestaciones cotidianas, a veces apenas perceptibles, consolidaremos una cultura de la discriminación capaz de volver normal el sometimiento, el maltrato y el feminicidio.

Hay numerosas razones por las que Caballero y muchos otros pueden estar legítimamente en desacuerdo con las opiniones de Margarita Rosa. Pero que la opinante sea actriz, bonita, o sexy no es una de ellas.

No digo que Antonio Caballero sea un machista o un misógino. Solo que esta vez escribió como si lo fuera.

* Raquel Coronell Uribe es estudiante en la universidad de Harvard e hija de Daniel Coronell, columnista de Los Danieles.


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