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Por Antonio Caballero

Acaba de publicar la editorial Random House unas fragmentarias memorias del escritor Plinio Apuleyo Mendoza tituladas Postales de una vida. Cuenta las mismas cosas que ha contado ya treinta veces, en libros y en periódicos: pero qué bien las cuenta.

Episodios de una vida partida en dos según ha contado no menos de treinta veces —por el asesinato, en su adolescencia, de Jorge Eliécer Gaitán, que según él partió también en dos la historia del país. Plinio estaba ahí. Estaba exactamente al otro lado de la calle, comiéndose un helado, cuando oyó los tres tiros y vio cómo caía “un señor de abrigo oscuro y sombrero que iba con mi (su) padre”, el político liberal boyacense Plinio Mendoza Neira. Corrió a ver, y fue el primero —y tal vez el último— en ver al caudillo agonizante. A mí me dijo un día Gloria Gaitán, su hija, que había sido Plinio Mendoza padre quien había sujetado a Gaitán por las solapas para que no fuera a errar la puntería el asesino, Roa Sierra. Plinio Apuleyo no menciona ese incómodo detalle. Pero tampoco, que yo sepa, lo ha mencionado nadie más. Lo de Gloria es tal vez una filial obsesión paranoica. El caso es que Plinio Apuleyo estaba ahí, mirando. Plinio Apuleyo estuvo siempre ahí, mirando.

Y ¡qué memoria la suya!  Y también, qué humor. Sus reflexiones, casi al final del libro, sobre el peso de llevar a cuestas el nombre de Plinio y por añadidura el de Apuleyo, o el de cargar con sus descomunales orejas —que alguna vez yo critiqué, sin la consecuencia que él señala de que, al verlo más tarde en un restaurante, me hubiera levantado “con aire de pavor”. Plinio no inspira pavor, ni a los bebés, que, tal como cuenta, estiran los bracitos para acariciarle las orejas como si fueran cosas de comer. Aunque se esfuerza. Quiere ser amenazante, como sus amigotes los generales en retiro de las Fuerzas Armadas o su amiguete el exministro Fernando Londoño (cuya condena a no ocupar cargos públicos por su pasado delictivo debe de estar, por cierto, a punto de vencer). Pero, volviendo a Plinio, no consigue amenazar: es demasiado simpático.

Y ya digo de nuevo: qué bien escribe. Cómo describe la Bogotá provinciana de los años cuarenta del siglo XX, y la provincia verdadera de la que llama “la Colombia olvidada”, y la Barranquilla de entonces, y Caracas, y también París y la Unión Soviética. Y después la isla de Mallorca, y Roma, y Madrid, y Lisboa, y Turín. Siempre como paseante interesado y curioso, olvidando decir que paseaba por ahí con sueldo de embajador. Pero memorioso. ¿Tomaba notas en una libretica? Su narración del entierro del poeta Pablo Neruda (él fue, por supuesto, según cuenta, el primer periodista en llegar a Santiago de Chile después del golpe de Pinochet y la muerte del poeta), su narración del entierro de Neruda, digo, es impresionante: uno llora al leerla.

A veces exagera en el lirismo, hasta caer en la cursilería. La cursilería patriótica, que es la peor de todas. Una cita de su libro (de la página 147) :

…”la materia, como en la tela de un imaginativo pintor expresionista, es rica, profusa, casi siempre sensual. El todo nos da un espléndido retrato de Colombia, algo que sin dejar de ser la realidad la trasciende y la exalta convirtiéndola en una fascinante creación pictórica. El paisaje aquí se vuelve arte puro”.

Pero claro: el libro tiene una segunda parte. Los personajes. Los amigos. Los muertos.

Resulta que Plinio Apuleyo no ha tenido sino amigos famosos. En primer lugar, Gabriel García Márquez, Gabo, inevitable, sobre quien ha escrito varios libros. Y a partir de ahí cae Plinio en el gran pecado colombiano de la lambonería. Pero gracias a él, en cuya larga vida no ha faltado ningún famoso, los conocemos a todos, desde el cadáver de Gaitán en adelante. García Márquez (Gabito), el cura guerrillero Camilo Torres (Camilo), Neruda (Pablo), su viuda Matilde Urrutia (Matilde), Alejandro Obregón (Alejandro), Fernando Botero (Fernando), Marta Traba (Marta), todos los escritores del llamado “boom” literario latinoamericano, encabezados por su amigo Vargas Llosa (Mario) —cuyo hijo Álvaro Vargas Llosa, sea dicho de pasada, le escribe un prologuito neoliberal a estas memorias—, el poeta inglés de Mallorca Robert Graves, el entonces recién derrocado dictador argentino Juan Domingo Perón. Perón, que en respuesta a la entrevista que le hizo le escribió una carta, cuenta Plinio, “con algunos errores de sintaxis”. También de pasada, el novelista Álvaro Cepeda y el poeta Eduardo Carranza, el arquitecto Rogelio Salmona y el intelectual y poeta Andrés Holguín. Sus hermanas, en particular Elvira Mendoza, la directora de diez revistas. Sus mujeres, la escritora Marvel Moreno y la pintora Patricia Tavera.

Curioso: no menciona a ninguno de sus amigos militares.

Y la vejez. En donde nos volvemos a encontrar.

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