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Por Daniel Samper Ospina

 

El mismo día que Johnson & Johnson inició pruebas de vacunas en 18 voluntarios colombianos, el país parecía irrespirable: Álex Char (conocido como Apapa cuando está consentido: Apapa Char) resultó  involucrado en un escándalo de coimas denunciado por María Jimena Duzán; reapareció Néstor Humberto Martínez para decir que según la ley 5, en su numeral 12, parágrafo 3, el proceso de paz se debe acabar; heredero de ese campeón mundial de oratoria que fue su señor padre, Carlos Holmes Trujillo contuvo una pálida moción de censura a punta de vibrato. Y los mismos políticos uribistas —con Iván Duque a la cabeza— que ponían el grito en el cielo porque las FARC no confesaban sus delitos, ahora pusieron el grito en el cielo porque las FARC confesaron sus delitos. Con un nuevo elemento: exigir que, contra lo pactado, los congresistas que ordenaron crímenes pierdan sus curules: y si se extiende el precedente, ¿con quién piensan legislar, irresponsables? ¿Pretenden acaso que el Congreso cierre por sustracción de materia?

 

Mientras lo anterior sucedía, el coronavirus expandía su marcha por todas las ciudades y algunos medios advertían que la vacuna estaría disponible apenas en el 2023: ¡en el 2023, bajo el gobierno de Álex Char! ¡Quedaremos a merced de miembros del charismo como la gerente para el covid, Elsa Noguera, y del ministro de salud (e), Julio Comesaña, que es población de alto riesgo, por lo demás!

 

No aguantaba más. Quise entonces largarme a vivir afuera del país: concretamente a Estados Unidos, concretamente a la Florida, concretamente a Miami: concretamente a la Álvaro Uribe Way, aquella calle bautizada en honor al expresidente y expresidiario colombiano, paradójicamente de libre circulación: una calle muy bonita, con unas boutiques preciosas a lado y lado en que venden bridas, Crocs y hasta testigos, algunos en rebajas (en rebajas de pena). Después de la nariz rocosa en la carretera a Melgar, es el segundo homenaje que recibe el expresidente en una ruta.

 

Vivir en Estados Unidos, además, me permitirá sentir algo de alivio ante la amenaza del virus. Allá sí saben cómo contenerlo. Donald Trump, por ejemplo, estuvo unas cuantas horas en un hospital, se tomó un menjurje que mezclaba tres tipos de remedios, y no solo se salvó de contraer el coronavirus, sino que el coronavirus se contagió de Trump: a la ameba verde y acuosa le crecieron de pronto cachumbos dorados y comenzó a hablar bellezas de sí misma mientras causaba estragos únicamente en latinos o personas de raza negra, y dejaba sanos a los supremacistas blancos, únicos humanos inmunes que podía saludar de mano, incluso estirando el brazo; y no requería el uso de mascarilla, ni siquiera capucha del KKK.

 

Desistí de mis planes de exilio cuando, como comentaba en el inicio, la multinacional Johnson & Johnson informó que 18 voluntarios habían servido como conejillos de Indias para la vacuna en Bucaramanga. Según un confidencial de la revista Semana, Germán Vargas Lleras podría haber sido uno de ellos, porque lo invitaron a hacer parte de las pruebas, pero no se animó: les hizo conejillo. Don Germán temía los efectos secundarios de la vacuna: que lo volviera de buen genio, por ejemplo; o que le desarrollara las falanges y el gusto por no fumar, y al final tuviera que dictar su veredicto en una revista científica: “esas vacunas… tan chimbas”.

 

De la noticia me gustó el responsable protocolo de la gente de Johnson & Johnson que pretendía probar la vacuna en políticos y posteriormente en humanos, y ahora creo que esa podría ser la salida a esta coyuntura. Demostrar que los políticos colombianos sí pueden ser útiles. Encerrarlos en Corferias e ir ensayando la vacuna uno por uno, e iniciar con el doctor Carlos Holmes Trujillo: no en vano es el ministro de defensa por eso mismo, por sus defensas, y podrá demostrar que ese cuero duro, producto de su trasegar eterno en la política tradicional, se presta para ser chuzado como si se tratara de un miembro de la oposición.

 

—Ministro: la vacuna es en el hombro, recoja los calzones.

—Ese es mi tapabocas, doctor.

 

Los científicos podrían organizarlos por pabellones, según la afiliación.

 

—Senador Alape, este es el sector uribista: regrese a su zona, por favor.

—Soy Jaime Granados, doctor: la vacuna me adelgazó.

 

Pueden probar una vacuna oral para Marta Lucía Ramírez y estudiar si recupera el habla; otra en el exfiscal Montealegre, para que la pierda; incluso intentar una nueva vacuna para la rabia en Álvaro Uribe.

 

En Gustavo Petro estudiarían si el efecto secundario es volverlo humilde; en Carlos Lozada, si le sale pelo; en Néstor Humberto Martínez, si le sale alma.

 

—Doctor: a don Luigi Echeverry la vacuna le dañó los ojos; ahora tiene gafas.

—Es el Fiscal Barbosita, enfermera: anote que a la segunda dosis el penacho de la frente se le pasó a la nuca. Solo falta que también se haya vuelto independiente.

 

Si la vacuna sirve, podríamos exportarla a Estados Unidos, concretamente a Florida, concretamente a Miami: a la Álvaro Uribe Way, para que Donald Trump la compre. Y asegurar unas dosis para que reparta Álex Char, conocido como Despa en su labor de domiciliario: Despa Char. Podría entregar la primera a su ministro (e) de salud.

 

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