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Por Antonio Caballero

Dice Malcolm Deas, el hiperultraconservador historiador inglés que lleva cincuenta años estudiando a Colombia, que aquí los conflictos se resuelven —o no — en unas negociaciones en las que se promete pero no se cumple. Y que esto de esta vez va a ser así. Otra vez. Como cuando, hace dos siglos y medio, el arzobispo virrey Caballero y Góngora negoció con los sublevados Comuneros de Galán en su calidad de arzobispo, y les prometió unas reformas y unas cosas; y unos meses después, como virrey, incumplió todas sus promesas de arzobispo y los condenó a muerte.

Estoy de acuerdo con el ultraconservador historiador Malcolm Deas. Nunca lo hubiera creído.

Pero la novedad es que este terco gobierno del presidente Iván Duque no promete. (Salvo, claro, en su campaña electoral: bajar impuestos, subir salarios, austeridad en la administración: lo contrario de lo que ha hecho). Y ni siquiera negocia para prometer. Las que desde el presidente para abajo llaman “conversaciones” o “diálogos”, solo lo son del gobierno consigo mismo. No cumple, sin haber prometido. Era la falsa promesa la que calmaba las aguas. Duque no habla, no mira, no ve. Es decir: sí habla. Todos los días tiene un programa de televisión. Y él mismo se hace grotescas pero fáciles entrevistas en inglés. Pero ni él mismo ve el programa, y en Colombia es muy baja, dicen las encuestas, la comprensión del idioma inglés.

Pero Iván Duque no es arzobispo, aunque apele en su ayuda a su fe en la milagrosa Virgen de Chiquinquirá. En contradicción con su vicepresidenta y hoy canciller Marta Lucía Ramírez, que cree más bien en la también milagrosa Virgen de Fátima: una extranjera, intrusa de Portugal: no es “nuestra”, como la otra, nacida en Boyacá. Iván Duque tampoco es virrey, es decir, sustituto y representante del rey: aunque lo llamen subpresidente del “presidente eterno” que lo nombró, el ya bastante desprestigiado y acorralado por la justicia Álvaro Uribe Vélez. Otra historia.

O la misma. No conocemos la historia precolombina de los taironas, de los quimbayas, de los muiscas o chibchas. Pero sí la que contaron los conquistadores españoles, curas o soldados, de hábitos de sayal o de corazas de hierro. Y es la misma siempre. Prometer para no cumplir —porque es más fácil. Y los colombianos nos inclinamos siempre hacia el lado de la facilidad. Acaban de tumbar las estatuas de Belalcázar en Popayán y en Cali, y la de Jiménez de Quesada a un paso de la avenida Jiménez —llamada así en su honor— en el centro de Bogotá: los primeros que prometieron, y no cumplieron, ni siquiera a los suyos, ni a su rey. Siglos después, cuando vino la llamada Independencia tras unas guerras sangrientas, confesó el llamado Libertador Simón Bolívar (en torno a cuya estatua en el sitio de la misma Bogotá, llamado de Los Héroes, se agrupan hoy las protestas contra las mentiras, que después desembocan en la plaza llamada de Bolívar. Y a propósito: ¿por qué no derriban sus estatuas?) en un discurso (ah, los discursos) ante un Congreso que él mismo llamó “admirable”, confesó Bolívar, digo: “Solo hemos ganado la independencia, a cambio de todo lo demás”.

¿Y cuántas estatuas de Bolívar hay, sin contar esa de Los Héroes que el gobierno hispanófilo (del franquismo fascista o fachista) de Laureano Gómez compró del reciclaje de un escultor francés animalista? Cientos. Las hay hasta en España, en reconocimiento de quien le quitó a España la mitad de su imperio americano.

Es una tontería eso de tumbar estatuas. Se erigirán otras nuevas, de otros héroes. Hay una en Santa Marta, horrorosa, del futbolista el “Pibe” Valderrama; y otra en Duitama, horrenda, del torero César Rincón. Lo que habría que tumbar, en mi opinión, son los pedestales de las estatuas. Nadie merece un pedestal. Los héroes son cambiantes.

Un ejemplo: la de Gattamelata en Padua, de Donatello. ¿Y quién recuerda a ese condottiero renacentista? Más: ¿quién sabe en dónde diablos queda Padua?  Yo, que fui una vez, por ver a Donatello. Una bella ciudad, como todas las de Italia. Pero ¿quién viene a Bogotá para ver el Bolívar de Los Héroes esculpido por Emmanuel Frémiet? Más: ¿quién sabe en dónde diablos queda Bogotá, una ciudad tan fea como casi todas las de Colombia? ¿Quién sabe quién fue Emmanuel Frémiet, escultor animalista decimonónico?

(Este dato erudito lo saco de Wikipedia).

Pero Duque no se va a caer. Nadie se ha caído aquí por incumplir promesas. Alguna vez sí, pero al revés: por haberlas cumplido.

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