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Por Daniel Samper Ospina

La semana ha estado cargada de noticias graves: que Uribe culpó a los soldados por los falsos positivos; que los dueños del Club de Pesca estucaron y pintaron la centenaria muralla de Cartagena como aporte a la ciudad, en un atentado todavía más grave que el de los precios de su carta; que Claudia López quiso montar un comando policial para detener venezolanos: ¿leímos mal, acaso? ¿Cómo puede funcionar semejante comando? 

—Alto, ratero, baje el arma: ¿se dice pana o llave?

—Llave, agente.

—Adelante, amigo, lo siento: por un momento creímos que usted era de allá.

Y, sin embargo, la noticia de la semana, al menos en mi fuero interno, no fue ninguna de las mencionadas: ni siquiera los tics de la ministra de las TICS al explicar nuevas irregularidades cometidas en su despacho. Fue, en realidad, la constatación puntual de que me volví viejo, asunto que sucedió en términos oficiales el viernes pasado, cuando mi hija adolescente hizo su primera rumba. 

Ya el jueves anterior su mamá me lo había informado:

—La niña quiere hacer una fiesta —me dijo.

—¿Y qué damos de sopresa? —pregunté, mientras preparaba argumentos para que no fueran pollitos, mucho menos de colores. 

—Me refiero a que quiere hacer una fiesta, fiesta: con niños, con música. No como la que tu papá le organizaba a tu hermana. 

Efectivamente, en su momento mi papá organizó la fiesta de 15 años de mi hermana Juanita y para entonces contrató payasos: Pernito, Tuerquita y un político costeño del Partido Liberal que ya no recuerdo cómo se llamaba: ¿Salcedo Collante, quizás? ¿Gustavo Vasco? 

—No hay la más mínima posibilidad de que eso suceda —reaccioné—: la niña es apenas una niña.

—Es apenas una niña de catorce años —contratacó mi mujer.

—Por eso: ya veremos en diez años, cuando tenga la edad.

Pero en la jerarquía de la casa mi mujer es la mujer eterna de nuestro afecto, mientras yo soy modestamente el Iván Duque de la relación: un hombre que, con suerte, se autoconcede entrevistas. Y el viernes por la noche a la casa fueron llegando, uno tras otro, monstruosos adolescentes de chaquetas largas y barros en la nariz que se acomodaron en la sala sin pedir permiso, mientras ponían un estridente ritmo de reguetón a todo volumen.

—¿Y la pandemia? —me quejé ante mi mujer como recurso de última hora.

—Todos tienen prueba.

Prueba, en realidad, resultó espiarlos desde el comedor para saltar sobre el primer adolescente que procurara amacizar a mi hija. 

Del escondite me sacó mi mujer, sin embargo, que alcanzó a descubrirme y me confinó en el cuarto como un reo. 

—Yo me encargo de todo mientras tú te comprometes a dejarlos en paz: ni que no hubieras sido adolescente —me recriminó.

Procuré paliar el nerviosismo de la noche mientras veía un documental de la Segunda Guerra en Netflix, pero el ritmo del reguetón se filtraba en el cuarto como una gotera. Un cantante, con evidentes problemas de dicción, afirmaba que su pareja era mujer de pocas palabras, y enseguida lanzaba una serie de aseveraciones difíciles de comprender.

En lugar de juzgar la calidad de su música, valoraré el esfuerzo de aquel cantante presuntamente boqueto. “Ella es calladita” es la versión moderna del poema 15: el de “Me gusta cuando callas porque estás como ausente”, que era la forma en que Neruda criticaba las cantaletas de su amada. Era como decirle: “Me gusta que no hables: es como si no estuvieras”. 

En vista de que resultaba imposible observar el documental con el ruidoso telón de fondo del reguetón (como resultaba imposible vivir, en general, con aquel ruido infernal), me asomé a la ventana desde el cuarto de mis hijas sin ser visto: la sala estaba invadida por decenas de adolescentes que compartían gotículas a una sola voz mientras gritaban con el boqueto —ya entendía la letra— que su pareja, si bien es calladita, ingiere trago y fuma marihuana mientras tiene sexo. No es que sea calladita, entonces: es que está completamente drogada. 

Me puse el vestido por encima de la piyama (como lo hizo Iván Duque cuando viajó de madrugada a Cali, durante el paro) y quise bajar a la sala para suspender la fiesta. La incitación al abuso que cantaba el tal Bad Bunny —después averigüé el nombre— me obligaba a eso y a mucho más: ¿qué le espera a una juventud que canta semejantes atrocidades? 

Mi mujer me atajó de nuevo mientras el boquinche degenerado gritaba como loco “ella no era así, ella no era así, no sé qué le pasó”, y yo buscaba en las Páginas amarillas el teléfono del Esmad, decidido a que llegaran a la sala a poner orden: que prendieran todas las luces  y recostaran a  aquellos quinceañeros contra la pared para una requisa que seguramente arrojaría la incautación de cartones de aguardiente: envases que soñaba con exhibir en una mesita, a modo de evidencia, ante los papás que los recogieran.

Entre canciones de reguetón la fiesta fue avanzando, mientras yo me preguntaba en qué momento me había convertido en lo que soy:  en este padre de familia que trata de ver documentales de la Segunda Guerra mientras patrulla en secreto la fiesta de su hija adolescente y cree que las Páginas amarillas todavía existen. 

Cuando, hacia la media noche, mi mujer logró despedir al último invitado, supe oficialmente que estaba viejo; que ya no necesito soñar: me basta con poder dormir; que envejecer consiste en renunciar a cualquier aspiración a cambio de que no pongan reguetón.

Esa noché soñé que era un adolescente feliz, al que nada le importaba. Y por la mañana desperté cantando los versos nerudianos de Bad Bunny: “ella no era así, ella no era así, no sé qué le pasó”. 

Y, mientras los cantaba, se los dedicaba a Claudia López.

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