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Por Daniel Samper Ospina

No he terminado de llegar de vacaciones y ya necesito vacaciones. El tan esperado 2021 no fue el bálsamo de borrón y cuenta nueva que el planeta entero necesitaba, sino una cepa más dañina del 2020: en apenas un par de semanas se agotaron los cupos en las unidades de cuidados intensivos; Claudia López decidió tomar vacaciones en el peor momento de la epidemia y tuvo que regresar al país de emergencia y aún en piyama; la Nasa predijo el choque de un meteoro gigante para mayo; detectaron una mutación colombiana del virus con la que, si en verdad queremos apoyar lo nuestro, todos nos deberíamos contagiar (en lugar de hacerlo con la china o la británica, reservadas para esnobs); la OMS advirtió que, debido al exceso de antobióticos en la pandemia, el coronavirus engendrará lo que ellos llaman, abro comillas, una supergonorrea: la cual —apuesto desde ya— terminará obteniendo la victoria en las elecciones de 2022.

Y cuando uno imagina que no puede suceder nada más estrambótico ni estrafalario, que estas postales del apocalipsis eran suficientes, una turba de locos envueltos en disfraces y banderas, que lo mismo podría ser una comparsa del Carnaval de Barranquilla que la pandilla más patética de supremacistas blancos americanos, irrumpe en el corazón de la democracia de Estados Unidos para infartarlo: ¿estamos ante un nuevo abuso de los gringos contra los países del tercer mundo? ¿A cuenta de qué quieren quitarnos a los países del Caribe el monopolio de ser republiquetas folclóricas?

Fui testigo de aquellas escenas con la misma perplejidad con que, también en vivo y en directo, hace casi veinte años observé el choque de dos aviones contra las Torres Gemelas. A diferencia de Sarmiento Ángulo, mis ojos no daban crédito: al menos no a tasa justa. Personajes blancos y barbados se echaban atriles al hombro, posaban de modo obsceno frente a las estatuas. El más insólito de ellos era el musculoso hombre que parecía la mascota de un equipo de fútbol americano. Lucía una piel en la cabeza que sostenía lo que le importa la democracia a Trump: dos cuernos. Desde Pasión de gavilanes no se ve a un hombre con semejantes cachos. Parecía un minotauro, un ser mitológico: mitad humano, mitad trumpista: ¿quién diablos era? ¿Era Búfalo Bill? ¿Uno de los bisontes de Altamira, acaso? ¿Esa es la paz de Santos? ¿El hermano de Duque es mamón?

No puedo negar que mi primer instinto fue observar minuciosamente si dentro de aquella turba de fanáticos de Trump había compatriotas criollos. Así somos en el trópico. Colombiano busca colombiano. Cualquiera que protagonice una escena en el extranjero es motivo de orgullo nacional y en cualquier momento podrían aparecer en la pantalla  Alejandro Ordóñez con los pies puestos abusivamente sobre el escritorio de Nancy Pelosi; el profesor Ernesto Macías con un atril al hombro; la mismísima María Fernanda Cabal pidiendo a las fuerzas supremacistas que no fueran damas de la caridad vestidas de rosado (y enlazando al señor de los cachos para afiliarlo a Fedegán, como ganado). Y el propio Pachito Santos con el dorso destapado, la cabeza envuelta en una piel coronada de cuernos y la cara pintada como la vez en que en su partido le birlaron la candidatura a la alcaldía de Bogotá. La presencia de todos ellos en el Capitolio era un gesto de coherencia elemental frente al apoyo que ofrecieron a la campaña republicana.

Qué momento. Ya no se puede confiar en nada. La nación que lidera el mundo parece un país tropical. Estados Unidos debería invadir a Estados Unidos para hacer respetar su democracia. En este momento de la semana, el único consuelo es que aquella toma de locos no hubiera sucedido en el Capitolio colombiano. Las imágenes habrían sido todavía más lamentables. Para empezar, la mayoría de congresistas no se encontrarían en el recinto: estarían sesionando por Zoom para subirse el sueldo. El vándalo que se echó al hombro un atril terminaría siendo cooptado por Cambio Radical (y presidiría una comisión). Los militantes más furiosos se alinearían a la bancada del Centro Democrático y dejarían notas amenzantes en el escritorio a Angélica Lozano (y, por qué no, una piyama nueva para próximos viajes). Arturito Char comenzaría a entonar una canción de su propia cosecha ante lo cual los manifestantes huirían en estampida. Y ya sobre la carrera séptima todos ellos se darían cuenta de que les faltaban la billetera y el celular.

En la segunda semana de este año, echo de menos el año 2020: su parsimonia, su tranquilidad. Mal que bien uno sabía cuál país era subdesorrollado y cuál no; Claudia López no había perdido prestigio; Duque no le había subido el salario a los congresistas. Y Trump no se había convertido en el más aberrante presidente americano de toda la historia, al punto de que su reinvención política solo podría suceder en Colombia. No lo descarten. Es cuestión de que Tomás, la nueva cepa de Uribe, le ceda  la candidatura del Centro Democrático para el 2022. Su fórmula vicepresidencial podría ser el señor de los cachos, que para entonces ya estará adscrito a Fedegán. El presagio de la OMS se hará realidad. Y entonces echaremos de menos la tranquilidad de este 2021.

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