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Por Antonio Caballero

Se van las tropas norteamericanas de Afganistán, al cabo de veinte años de una guerra perdida. Y cuentan las agencias de prensa que, por ejemplo, en su base de Bagram, donde llegó a haber una fuerza permanente de hasta cien mil soldados, y la que abandonan a la mitad de la noche sin avisarles a sus aliados afganos, dejan lo siguiente: cientos de miles de botellas de plástico de gaseosas fortificantes, miles de vehículos civiles sin las llaves para prenderlos, cientos de vehículos militares blindados y armados —aunque las armas pesadas no las dejaron ahí—, incontables armas personales con sus municiones respectivas. Y cinco mil prisioneros. Afganos. Talibanes, es de presumir. Pero los combatientes talibanes ya controlan, al cabo de dos décadas de guerra contra la primera potencia militar del mundo, la mitad de su país.

No he visto que el presidente Joe Biden haya anunciado públicamente la súbita retirada nocturna, que había previsto para septiembre. Pero ya se sabe qué poco de fiar son los presidentes de los Estados Unidos. Qué poco de fiar son los Estados Unidos.

Las fuerzas británicas también se van. Porque en la guerra de Afganistán participaban tropas de casi todos los países de la OTAN, y —después de las norteamericanas— las del Reino Unido eran las más considerables. Nada menos que 150 mil soldados británicos pasaron en estos veinte años por sus campos de batalla. Fueron allá huchados por esos tres criminales de guerra —que no han sido ni serán juzgados— que eran el presidente George W. Bush, su vicepresidente Dick Cheney y su secretario de Defensa Donald Rumsfeld, que acaba de morir. En santa paz. El repliegue británico, al cabo de veinte años de esa guerra absurda contra un país que no era responsable de lo que se lo acusaba (el ataque contra las Torres Gemelas de Manhattan), sí fue anunciado a su país por el primer ministro, el payaso Boris Johnson. Que se atrevió a decir esto:

“Espero que nadie pueda llegar a la falsa conclusión de que esto supondrá el final del compromiso británico con Afganistán”.

Todo el mundo va a llegar a esa certísima conclusión. Salvo que por ese “compromiso” Johnson entienda los negocios del opio.

A los norteamericanos, republicanos y demócratas revueltos, les encanta creerse los más fuertes, y por eso se embarcan en guerras de las que después, cuando empiezan a perderlas, no saben cómo salirse: Corea, Vietnam, Afganistán, Irak, Siria… y otras menos estruendosas pero igualmente interminables y perdidas, como la de Somalia o la de Libia. En Afganistán los talibanes acaban de ganar la suya.

Los norteamericanos aman la violencia: de ella está hecho todo su cine, que es el arte que los define, desde El Nacimiento de una nación de D.W. Griffith o el How the West was won de Henry Hathaway y John Ford hasta el Hollywood de Tarantino. Pero centrado en la violencia blanda, por así decirlo, de las películas de John Wayne: la violencia a puñetazos (yo llegué a ver, en una película de John Wayne, a John Wayne conquistar a puñetazos contra un rinoceronte a la bella actriz italiana Elsa Martinelli). En los tiempos modernos, los Estados Unidos han practicado también la violencia en la escala genocida en que lo han hecho otras naciones: los rusos, los alemanes, los japoneses, los chinos: todas las que han ambicionado convertirse en imperios y dominar a los demás. Pero sin declararlo. Y siempre en nombre de la democracia y de los derechos humanos. Y, por supuesto, con la excusa de su “excepcionalidad” y de su “Destino Manifiesto”. Los bombardeos sobre Alemania, en colaboración con los británicos, los suyos propios en Corea, donde derramaron más toneladas de bombas que sobre Alemania en la Guerra Mundial, y sobre Vietnam, al que le lanzaron más que las de Corea (porque el poderío militar de los Estados Unidos, si no se mide en logros sino en gastos, no ha dejado de crecer, y hoy triplica o cuadruplica al de todos los demás países del planeta sumados, amigos y enemigos), y sobre Irak, atacado con base en sospechas que se sabían falsas.

No la aman ni siquiera por sí misma, como los alemanes o como los ingleses de los que están hechos: el amor vikingo de la batalla. No es la suya una violencia romántica sino una violencia práctica. Ellos son prácticos. Y así conquistaron el mundo. Y así lo están perdiendo.

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