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Por Catalina Botero Marino

Yo no me llamo Daniel ni soy periodista. No soy tampoco promesa de un aumento en el número de lectores, y temo que parte de mi contribución puede ser ahuyentar algunos. La pregunta que me hago es por qué, si saben eso, me invitan a escribir en Los Danieles. O están muy aburridos de liderar la tendencia en Twitter todos los domingos, o se enteraron de que alguna vez fui hincha de Santa Fe (y me quieren rescatar) o realmente no toman decisiones basados en el rating. Las tres opciones los enaltecerían, pero me inclino más por la última. Coincidimos en el principio de no tener el rating como guía. Porque donde manda el like se pone en riesgo el buen periodismo.

El periodismo profesional e independiente, el que pasa a la historia, está atento a otras cosas: a descubrir aquello que el poder (cualquier poder) quiere ocultar, a mostrar la complejidad de lo que parece simple y la simplicidad de lo que parece complejo; a hacer preguntas incómodas y a encontrar (y encarar) respuestas aún más incómodas. Ese periodismo tiene menos audiencia que otras formas de comunicación, de la misma manera como la noticia sobre la mejor y peor vestida en un reinado de belleza tuvo más interacciones y circuló seis veces más rápido que la noticia sobre la muerte de nueve personas bajo custodia policial. Pero justamente ese periodismo es el que es indispensable para limitar los abusos de poder y para informar sobre lo que resulta verdaderamente importante en una democracia.

Un ejemplo de ese periodismo valiente, de reportería audaz y análisis sosegado e inteligente, está en los trabajos que ganaron los últimos premios de periodismo Simón Bolívar. En medio de las noticias desgarradoras de estas semanas; del mar que se tragó a varias islas del Caribe y dejó desolación y toneladas de plástico a su paso; de la impunidad por los asesinatos de quienes se atreven a reclamar sus derechos en territorios abandonados; del cinismo estatal frente a los graves abusos policiales; de los campesinos que regalan sus cosechas agobiados por una situación económica desesperada: en medio de este panorama doloroso, digo, fue emocionante ver que en la ceremonia de los premios, celebrada de manera virtual, se nombraba una a una a personas que de forma meticulosa y pulida, sin más expectativa que la de realizar bien su trabajo, hacen el periodismo que necesitamos. Se trata de periodistas que rescataron las historias de Dilan Cruz o Dimar Torres, que ya no están acá para contarlas. O que revelaron —a un alto costo para su propia seguridad— operaciones de macrocorrupción o violaciones de derechos humanos amparadas en la opacidad (y la soberbia) del poder. Historias de líderes y lideresas de comunidades rurales e indígenas que pocas personas parece querer oír en las ciudades. Entrevistas e investigaciones agudas e inteligentes sobre los impactos de importantes y complejas políticas públicas.

En una democracia también caben —faltaba más— el periodismo amarillista que busca interacciones a cualquier costo; o el periodismo militante o de propaganda que —como dijo Fernando Alonso, presidente del jurado del premio de periodismo— busca probar a toda costa una tesis que satisfaga sus propias convicciones, aunque los puntos nunca se conecten. Pero el periodismo por el que vale la pena jugársela, ese indispensable, el que está siempre en riesgo porque desafía al poder y molesta a quienes no quieren oír nada que sea contrario a sus intereses, es el periodismo profesional, independiente, serio y riguroso. Solo esa estirpe de periodismo nos ayuda verdaderamente a entender un poco mejor el mundo en que vivimos.

Aunque no soy periodista, como he dicho, mi trabajo durante años ha sido defender la libertad de expresión y el periodismo independiente. Por eso me alegra unirme a este portal que es una muestra de lo que considero el más valioso de los ejercicios periodísticos. Sospecho que mis artículos sobre el derecho a la libertad de expresión y otros derechos serán poco virales y probablemente un tanto aburridos para algunos lectores. Pero es el tema que más me importa y es lo que sé hacer.

Mi vinculación es la prueba reina de que en este espacio el rating es lo de menos. Gracias a Los Danieles por esta generosa invitación.


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Categories: Columnas

4 Comments

YO NO ME LLAMO DANIEL

  1. Señora Catalina Botero: Muy valiosas y precisas anotaciones de su parte , y como asi que dejo de ser hincha de Santa Fe de ninguna manera un equipo no se deja asi como asi y mas del primer y glorioso campeón, no señora en nuestras toldas hay mucho espacio y usted es bienvenida. Caso cerrado

  2. Gracias por estimular el pluralismo. Para complementar : hay cinco clases de periodistas : los que reciben paga por hablar mal de alguien ; los que la rciben por hablar bien de ese alguien; los que escriben sobre lo que les da la gana, pero las ganas se le acaban cuando llegan a las gradas del poder; los periodistas “SELFIES” que, a falta de tema sólo hablan de sí mismos; por último, los verdaderos periodistas : los que van en busca de la verdad, donde quiera se encuentre, para compartirla con los lectores

  3. Ya sufrimos el “capitalismo de parceros”; solo nos faltaba extender esa politica al periodismo.
    Es imprescindible darle espacios al libre pensamiento.
    Vuelvan a publicar NOTAS CIUDADANAS.

  4. Muy bien, agradezco su participación para mejorar esta situación del deprimente periodismo que se toma a Colombia. Lo que pasó con Semana son síntomas de esta enfermedad que hay que combatir. Gracias.

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